La noche en la mansión del Alfa Wilde era pesada, cargada de una humedad que se sentía en los huesos. Sin él ahí, porque estaba en la mansión Blackwood cuidando a Astrid y a sus nietos, la casa se sentía vacía, como si hubiera perdido el alma. Los cuadros de los abuelos en las paredes parecían mirar con ojos tristes a la última de las Wilde que quedaba en el lugar. Osiris, con sus dieciséis años recién cumplidos y esa belleza que recordaba tanto a Astrid, caminaba por el salón principal. Tenía una manta sobre los hombros, pero el frío que sentía no era por el clima. —¿Nana? —llamó, y su voz rebotó en los techos altos. La vieja nana salió de la cocina con una bandeja y un té calientito. Sus manos, llenas de arrugas, temblaban un poco. —Aquí estoy, mi niña. Bebe esto para que puedas do

