El amanecer en el frente norte no trajo ni un rayo de esperanza. Solo una claridad grisácea y gélida que hacía que el lodo acumulado en el campamento pareciera plata derretida y sucia. El aire pesaba, cargado con el olor a humo de las fogatas que luchaban por no apagarse y el rastro de la sangre que la lluvia de la noche no había terminado de lavar. El campamento de Elijah Blackwood estaba en máxima alerta. El ataque sorpresa de la noche anterior había dejado bajas, nervios destrozados y un Alfa cuya furia amenazaba con desbordarse. Elijah caminaba entre las tiendas, con su armadura salpicada de barro y sangre enemiga, buscando respuestas que sus rastreadores no podían darle. —¡Alfa! —gritó un guardia desde el linde del bosque—. ¡Algo se mueve en el sector oeste! Elijah desenvainó s

