El sonido de los motores rompió el silencio de la tarde en la mansión Blackwood. Astrid, que estaba en su habitación terminando de peinarse, sintió un vuelco en el corazón. Sabía que era él. No necesitaba asomarse a la ventana para reconocer la energía que emanaba de la caravana que regresaba de Valkyria. Elijah estaba de vuelta. Bajó las escaleras casi sin aliento. Sus manos buscaron instintivamente su vientre, guardando el secreto más grande de sus vidas. Se detuvo en el último escalón, tratando de recuperar la calma. No quería parecer desesperada, pero su loba, Kala, aullaba de alegría en su interior. Las puertas principales se abrieron de par en par. Elijah entró con paso firme. Traía el abrigo de cuero oscuro salpicado de polvo y el rostro marcado por el cansancio del viaje.

