La ausencia de Lady Valerius no trajo la paz inmediata que Astrid esperaba. Aunque Elijah la había escoltado personalmente fuera de las tierras de Fuego Sagrado, el aire en la mansión seguía sintiéndose pesado, como si las paredes hubieran absorbido años de resentimiento y secretos. Astrid caminaba por los pasillos con una mano apoyada sutilmente en su vientre. Ya no era solo por protección, sino por una necesidad de conectar con esa vida doble que crecía en su interior. Sin embargo, cada vez que se cruzaba con algún m*****o del servicio o con los guerreros veteranos, sentía una barrera invisible. —Buenos días —saludó Astrid a una de las encargadas de la limpieza que pasaba por el corredor. La mujer apenas inclinó la cabeza. No hubo respuesta verbal, solo un gesto seco antes de segu

