El amanecer en Fuego Sagrado no trajo la calidez de la primavera, sino un frío gris que se filtraba por las rendijas de la mansión. Astrid se miró en el espejo por última vez. No eligió un vestido pomposo; optó por un atuendo sencillo pero elegante, en tonos oscuros que resaltaban la palidez de su piel y la determinación en sus ojos azules. Sabía que hoy no iría a una fiesta, sino a una actuación pública de su reputación. Elijah la esperaba en la puerta de la habitación. Llevaba su traje de gala n***o, aquel que solo usaba para los asuntos de estado más graves. Su presencia era imponente, pero sus ojos reflejaban una preocupación que no podía ocultar del todo. —No tienes que hacer esto, Astrid —dijo él, tomando sus manos—. Puedo ir yo solo y ponerlos en su sitio. No necesito que te exp

