La mansión Blackwood se sentía más fría que de costumbre. El incidente de la noche anterior había dejado una marca de desconfianza que flotaba en el aire como una niebla espesa que no dejaba ver la verdad. Elijah no había dormido nada bien. El peso de liderar una manada bajo ataque y tener que lidiar con los conflictos internos entre su esposa y sus amigos más cercanos le estaba pasando la cuenta. Estaba encerrado en su despacho, revisando mapas de suministro, cuando Lorna entró sin hacer el más mínimo ruido. Llevaba un vendaje limpio en el cuello y una cara de humildad que ocultaba perfectamente su triunfo. —Alfa... perdone que lo moleste —susurró Lorna, dejando una bandeja con té y galletas sobre el escritorio—. Supe que no bajó a desayunar y me preocupé por usted. Elijah suspiró, f

