El aire fresco que bajaba de las montañas ayudaba a que las heridas de Lorna cerraran más rápido, pero las que tenía en el alma eran otro cantar. Lorna estaba sentada en un banquito de piedra en el jardín privado de la Luna. Tenía una manta de lana sobre las piernas y un libro que Astrid le había prestado, aunque la verdad es que no había pasado ni de la primera página. Tenía la mirada perdida en el horizonte, viendo de lejos cómo entrenaban los guerreros. —Te ves mucho mejor hoy —una voz suave y profunda la sacó de su mundo. Era Osiel. Se acercó con un poquito de timidez, escondiendo algo detrás de la espalda. Lorna forzó una sonrisa, esa expresión dulce y medio desamparada que ya sabía usar a la perfección. —Me siento mejor, Osiel. El aire aquí se siente... distinto. No huele a mi

