La biblioteca de la mansión Blackwood era un lugar de paz y mucho silencio. Había miles de libros forrados en cuero que llegaban hasta el techo, y ese olor a papel viejo y madera de cedro te abrazaba apenas entrabas. Elijah se pasaba ahí metido horas y horas, no solo leyendo sobre las leyes de las manadas, sino también armando rutas para el comercio y planes de defensa. Desde que River se escapó, el trabajo se le había triplicado y no tenía descanso. El Alfa Rey estaba hundido entre mapas y pergaminos. Tenía el entrecejo arrugado y la camisa remangada, dejando ver los músculos de sus brazos que se veían bien fuertes. Un toquecito suave en la puerta lo sacó de su concentración. —¿Astrid? —preguntó Elijah sin levantar la cabeza. —No, Alfa... soy yo, Lorna —respondió una voz bien suave, c

