El olor a pan recién horneado y al tocino frito debería haberle abierto el hambre a cualquiera, pero para Lía, que venía entrando al salón, el ambiente olía más bien a peligro. Elijah estaba sentado a la cabecera de la mesa, como siempre. Pero lo que no era para nada normal era quién estaba sentada a su derecha, justo en el lugar que siempre ocupaba Astrid. Lorna estaba ahí, con una libreta abierta y una pluma en la mano. Se veía impecable, con el pelo recogido en un moño elegante, pero dejando unos mechones sueltos para que le enmarcaran esa carita de pobre niña rescatada que tan bien le salía. —Aquí tiene su café, Alfa —dijo Lorna con una voz bien dulce, poniendo la taza humeante frente a Elijah—. Dos de azúcar y apenas una gotita de leche fría, tal como le gusta para que el cerebro l

