Pensaba, en forma equivocada, que mi vida estaba encarrilada y que al fin había logrado equilibrar mi profesión con mi lado personal y que ya nada podía afectarme, cuando Galarreta, de repente, me gritó desde su oficina, -¡Roxana!, un suicida quiere volarse la tapa de los sesos en una azotea, quiero una transmisión en vivo para la web-, estaba eufórico. Ramírez me facilitó el mejor celular de todos, con un trípode para no perder detalles del acontecimiento que remecía la ciudad y tenía en vilo al país entero. Subrayó que la conexión era al momento y que tuviera cuidado porque el aparato era sumamente sensible. -El micrófono lo capta todo, no estés requintando ni hablando cosas fuera de lugar, maldiciendo ni hablando cosas soeces-, me advirtió. ¿Qué se habrá creído ese hombre?, protesté p

