-Hola-, me dijo Carolina muy seria, sin ninguna tilde romántica o tierna, parada en la puerta de los vestidores, con los brazos cruzados, la cara ajada y visiblemente molesta. Había terminado su turno y estaba con un vestido largo hasta las rodillas, se puso, además, un sombrero coqueto y llevaba un chal sobre los hombros. Tenía la cartera colgando del brazo. Pese a su enfado yo la veía muy hermosa, provocativa y ciertamente quería acariciarla y estrujarla entre mis brazos, disfrutar de todos su encantos con embeleso y hacerla mía entre canciones que hablan de amor. Intenté besarla pero ella no me dejó. Carolina estaba ciertamente furiosa. Lo veía fulgurando en sus ojos. La ira se pincelaba, en forma encendida, en sus divinas y mágicas pupilas -¿Por qué te fuiste corriendo el otro día,

