-¿Por qué saliste con ese futbolista malazo?-, retumbó el fono. Yo quedé congelada y pasmada sin saber qué hacer ni qué decir. Estoy segura que empalidecí y mis pelos se erizaron como las púas de un puerco espín, desconcertada e incrédula a la vez. Ahhhhhh, exclamé desconcertada, dibujando una o en mi boca, sorprendida, estupefacta, petrificada y entumecida. Era Maicol. Había llamado al fijo de la casa y estaba furioso. Por largos minutos no sabía qué decirle. Él se había enterado de todo. -Le hice una entrevista para el periódico, ya sabes, es mi trabajo, los jefes me lo ordenaron, no hay nada de malo que le haga un reportaje, es lo que hago siempre-, se me ocurrió decir aunque lo hice trastabillando, susurrando las palabras, con tilde miedo y desconcierto a la vez, casi amordazada por

