capítulo 1
CINTHIA.
Esta historia no comienza con un típico romance, tampoco con un cuento de hadas. No esperes encontrar aquí princesas salvadas por caballeros o finales envueltos en flores. No. Mi historia comienza con una traición, con una puñalada certera en el centro de mi pecho que convirtió mi corazón en un pozo de rencor. Desde ese instante, la venganza se volvió el único idioma en el que podía pensar.
¿Quién dice que quienes arruinaron mi vida merecen ser felices? Si ellos fueron capaces de llegar hasta las últimas consecuencias para vivir su historia de amor, ¿por qué los que quedamos en medio debemos apartarnos y dejarles el camino libre? Yo no estoy de acuerdo. Podrán decir que no soy lo suficientemente mujer para retirarme con dignidad y rehacer mi vida, pero aprendí algo a la fuerza: el valor de una mujer no se mide en cuán “digna” es, sino en cuánto se valora a sí misma. Y yo me valoro. Yo valgo demasiado.
Por eso juro por Dios que no descansaré hasta verlos suplicar mi perdón, arrastrarse ante mí, rogando clemencia.
Pero para que entiendas cómo llegué hasta aquí, debo empezar desde el principio.
Cuando tenía dieciséis años conocí a Camila. Era una muchacha alegre, de sonrisa fácil, el tipo de persona que parecía tener el mundo en sus manos. Sus padres eran cariñosos, su vida estaba llena de lujos, y además tenía un hermano mayor que la adoraba y le cumplía cada capricho.
Yo, en cambio, vivía un infierno de puertas adentro. Mi padre era un mujeriego empedernido y mi madre, alcohólica, me culpaba a mí de su fracaso. “Si no hubieras nacido, yo habría sido actriz, yo habría sido modelo”, solía gritarme entre vasos rotos y olor a whisky barato. Su frustración se convirtió en rabia y esa rabia tenía nombre y rostro: el mío.
Crecí con miedo de regresar a casa. El daño psicológico que ambos me causaron me arrastró a años de trastornos alimenticios. La comida era mi único refugio, una prisión disfrazada de consuelo.
Camila, que por fuera parecía tenerlo todo, resultó ser también una niña solitaria. Se acercó a mí y poco a poco tejimos una amistad que me sostuvo en los momentos más oscuros. Pasaron doce años de confidencias, risas y sueños compartidos. Juntas entramos a la universidad, elegimos la misma carrera —moda y diseño— y hasta planeamos abrir nuestra propia firma algún día.
El dinero de su familia provenía de hoteles, pero eso no nos importaba: nuestro mundo estaba hecho de telas, bocetos y pasarelas.
En el último año de universidad apareció él.
Adrián.
Lo conocimos en un seminario. Estudiaba diseño textil, aunque confesó desde el principio que su verdadera pasión era la actuación. Tenía una sonrisa magnética y una seguridad que lo hacía destacar en cualquier lugar. Era guapo, sí, pero lo que realmente atrapaba era la ambición en sus ojos, esa certeza de que un día el mundo entero sabría su nombre. Y no se equivocó.
Al principio fuimos un grupo de tres. Compartíamos proyectos, cafés interminables, discusiones sobre cine, moda y teatro. Yo no supe en qué momento exacto ocurrió, pero terminé completamente enamorada de él. Y para mi sorpresa, Adrián también se enamoró de mí.
Me sentí afortunada. Como si la vida, por una vez, me estuviera recompensando. Pero pronto descubrí que no era la única que lo veía así.
Camila también lo amaba.
Cuando se enteró de nuestra relación, su actitud cambió. Ya no me buscaba tanto, dejó de contarme sus secretos, y cada vez que mencionaba a Adrián parecía irritarse. No entendía qué le ocurría hasta que un día la verdad se mostró sin máscaras.
Fue una mañana cualquiera. Yo iba camino a su departamento con la intención de visitarla sin avisar, como solía hacer antes. Pero al doblar la esquina me detuve en seco: frente a su edificio estaba el auto de Adrián. Dentro, los dos discutían con gestos violentos.
Me quedé paralizada. La voz de Camila atravesó el cristal del vehículo:
—¡No entiendo por qué sigues con ella! Dijiste que ibas a dejarla.
Él suspiró, con una mano en el volante y otra en su cabello desordenado.
—Dame tiempo, Cami. No quiero lastimarla. Necesito encontrar el momento indicado.
Las palabras fueron cuchillos. No me dolió tanto la traición de Adrián como la de ella. Camila… mi amiga, mi hermana de corazón. ¿Cómo había podido clavarme esa daga por la espalda?
Tragué las lágrimas que amenazaban con delatarme. Saqué el celular, lo marqué y observé su rostro transformarse al ver mi nombre en pantalla: disgusto, fastidio, como si yo fuera una molestia.
Aun así contestó con un tono fingido.
—Hola, nena. Ahora no puedo hablar, ¿es urgente?
Respiré hondo, luchando contra el nudo en mi garganta.
—No… solo quería saber si esta tarde estás libre. Hace mucho que no te veo y quería saber cómo estás.
—Mmm… déjame revisar mi agenda y más tarde te confirmo, ¿vale? Besos, te dejo.
Y colgó.
Me quedé con el teléfono en la mano y la certeza de que todo lo que había creído era una mentira. Las lágrimas rodaron sin control. No soporté verlos más y me marché tambaleante, con el pecho desgarrado.
Caminé durante horas sin rumbo, perdida entre la rabia y el dolor, hasta que crucé una avenida sin mirar. Un automóvil apareció de repente y no alcanzó a frenar. El impacto me lanzó al asfalto y la oscuridad me envolvió.
Cuando desperté, el mundo había cambiado.
Estaba en una cama de hospital, conectada a máquinas que pitaban sin cesar. Un tubo en mi garganta me impedía hablar. Intenté moverme, pero las alarmas comenzaron a sonar y una enfermera corrió hacia mí.
El médico llegó poco después. Me examinó con calma y entonces soltó la noticia que me quebró por segunda vez:
—Has estado en coma casi dos años.
Dos años borrados de mi vida.
El accidente no había sido leve como supuse. Había permanecido en un sueño profundo mientras todo a mi alrededor se derrumbaba. En mi ausencia, mi madre había muerto, mi padre perdió la empresa familiar y, lo peor de todo, Adrián estaba a punto de casarse con Camila.
Mi vida entera, arruinada.
Me pregunté qué mal estaba pagando, qué pecado había cometido para que el universo pareciera ensañarse conmigo. Pero pronto encontré una respuesta. Todo se resumía en una sola palabra: traición. Si ellos no me hubiesen engañado, yo no habría terminado bajo las ruedas de aquel coche. Si no me hubieran apuñalado por la espalda, quizá hoy estaría cumpliendo mis sueños.
Ese pensamiento me consumió.
El odio se convirtió en el único alimento que mantenía viva mi alma. El rencor me sostuvo cuando todo lo demás me había sido arrebatado. Y comprendí algo: así como una vez juré proteger a Camila como a una hermana, ahora juraba lo contrario. Si yo no podía ser feliz, ellos tampoco merecían serlo.
Conocía a Camila mejor que a nadie. Sabía cada una de sus debilidades, sus miedos, sus anhelos ocultos. Y si algo aprendí en esos años de amistad fue que el amor, en sus manos, era su mayor fortaleza y al mismo tiempo su más grande vulnerabilidad.
Sonreí, amarga y decidida.
Podría arruinar su vida como ella arruinó la mía.
Y lo haría.
No quiero que pienses que hablo desde un simple berrinche juvenil. No. Cuando pierdes todo lo que amas, cuando despiertas de un coma y descubres que tu mundo se borró mientras dormías, entiendes que la vida no tiene piedad. El dolor me moldeó como el fuego a un metal.
A veces me preguntan si no sería mejor soltar, dejar ir, buscar una nueva oportunidad. Pero ¿cómo? ¿Cómo renunciar a la justicia que me merezco? Porque esto no es solo venganza: es justicia.
Si ellos decidieron amarse a costa mía, entonces deberán pagar el precio. Y yo misma me encargaré de que lo hagan.
He renacido de las cenizas. Ya no soy la misma muchacha ingenua que creía en la amistad eterna. Soy otra mujer. Una mujer que aprendió que la vida no premia la bondad, sino la fuerza. Y mi fuerza será su ruina.
Así comienza mi historia. No con un beso, no con un “érase una vez”, sino con una traición que me enseñó el verdadero rostro del amor: un rostro que también sabe sonreír mientras te clava un cuchillo en la espalda.
Ellos lo eligieron.
Yo elegiré el final.