capítulo 2

1286 Words
Los días pasaban y, mientras mi cuerpo se recuperaba lentamente, mi mente se aferraba a los recuerdos. Revivía una y otra vez aquel último año junto a los dos traidores que me habían condenado a esta vida. Todo comenzaba a encajar como piezas de un rompecabezas maldito: las llamadas a horas extrañas, las excusas sin sentido, los viajes pospuestos… Mientras más repasaba los detalles, más coincidencias encontraba y más odio me invadía. Ellos habían jugado conmigo desde el principio, sin detenerse un instante a pensar en el daño que podían causarme. Por eso yo tampoco me detendría. En cuanto pusiera un pie fuera de ese hospital, arruinaría sus vidas hasta que me suplicaran piedad. *** Pasaron meses hasta que logré recuperar mi movilidad. Cada paso era un recordatorio de la fragilidad de mi cuerpo, pero también de la fortaleza que mi rabia me había regalado. Finalmente, el médico me dio el alta. El hombre que me atropelló cumplió con todas sus responsabilidades, aunque la corte lo declaró inocente. La culpa lo mantenía atado a mí. Se llamaba señor Ferrer, un hombre mayor, elegante, con porte de caballero antiguo. Había perdido a su hija en un accidente automovilístico y, según él, mi caso lo tocaba de manera especial. Desde que desperté, me visitaba a diario, cubría mis gastos y hasta ayudaba con mis terapias de rehabilitación. Era más de lo que podía decir de mi propio padre. Él no se había presentado ni una sola vez desde que abrí los ojos. La mañana de mi salida, mientras terminaba de cerrar mi maleta, escuché el golpecito característico en la puerta. Al abrir, allí estaba el señor Ferrer con su uniforme impecable y esa sonrisa cálida que me transmitía cierta paz. —Buenos días, señorita Cinthia. ¿Ya está lista? Pedí unas horas en el trabajo para llevarla a casa. Suspiré con suavidad, agradecida y un poco apenada. —Señor Ferrer, le dije que no era necesario. Podía volver sola. —Nada de eso. —tomó mi bolso antes de que pudiera protestar—. Déjeme ayudarla con las maletas. Sonreí con ternura ante su insistencia y lo dejé hacer. La verdad es que si no hubiera estado él, probablemente habría enloquecido en esos meses de hospital. Durante el trayecto hacia mi hogar, me dediqué a observar por la ventana. Las calles lucían idénticas a las de hacía dos años, pero para mí todo se sentía distinto. El tiempo había seguido su curso mientras yo dormía. De pronto, un cartel llamó mi atención. Allí estaba él. Adrián. Sonriente, con traje a medida, posando junto a Camila en la portada de una revista. El eslogan celebraba a la “pareja del momento”: el actor prometedor y la heredera de una de las familias más influyentes del país. Mi sangre hirvió. Busqué en mi celular la noticia y al leerla confirmé lo que más temía: su compromiso se había convertido en un espectáculo mediático. Mientras yo agonizaba, ellos habían seguido adelante como si yo jamás hubiera existido. Mis manos temblaban, apretadas con furia contra el teléfono. El señor Ferrer notó mi expresión sombría. —¿Señorita Cinthia, se encuentra bien? Respiré hondo y traté de suavizar mi voz. —Sí, tranquilo… Solo recordé que esta noche tengo un compromiso pendiente. ¿Podemos hacer una parada antes de ir a mi casa? Necesito visitar a un viejo amigo. El anciano asintió con gesto comprensivo y me llevó hacia el lugar indicado. Si Camila creía que le dejaría vivir en paz, estaba equivocada. Había analizado cada escenario durante mi convalecencia. Reconquistar a Adrián sería un juego estúpido. Lo que yo deseaba era algo distinto: que Camila probara mi mismo veneno, que de un momento a otro lo perdiera todo. Sus privilegios, su seguridad, sus sueños. Y esa noche daría el primer paso. Veinte minutos después, llegamos al salón de belleza de Max, un viejo amigo. El señor Ferrer se ofreció a esperarme en el auto mientras yo entraba. El salón estaba lleno de clientas distinguidas. Al cruzar la puerta, una de las asistentes se me acercó con gesto altivo. —Buenos días. ¿Tiene cita? El señor Máxime solo atiende a celebridades y personas muy importantes. Sonreí con ironía. —¿Máxime? Así le dicen ahora, qué curioso. —La joven me escrutó de arriba abajo, incómoda—. Soy una vieja amiga. Estoy segura de que él me atenderá. —Su nombre, por favor. —Cinthia. La muchacha giró sobre sus tacones y fue a hablarle. Bastó con que Max escuchara mi nombre para que soltara lo que tenía en las manos y corriera hacia mí. Me envolvió en un abrazo inesperado, tan fuerte que casi me deja sin aire. —¡Dios mío! ¿Eres tú de verdad? ¿No estoy soñando? Me removí incómoda. —Oye, cálmate. Todo el mundo está mirando… —¡No me importa! Cinthia, ¿es realmente cierto? —Sí, soy yo. Suéltame ya. Al apartarse, me miró con lágrimas en los ojos, como si estuviera frente a un fantasma. —¿Dónde demonios estuviste? Todo el mundo te creyó muerta. Camila, Adrián… todos piensan que falleciste en un accidente. Mis ojos se abrieron como platos. —¿Qué dijiste? —Que estás muerta para ellos. Salió en todos los noticieros. Tu padre perdió la empresa porque no soportó tu “fallecimiento”. Y tu madre… —su voz se quebró. Me tomó unos segundos procesar esas palabras. —Max… sí tuve un accidente, pero estuve en coma. Dos años de oscuridad. Él se desplomó en una silla, conmocionado. Yo lo abracé suavemente. —Tranquilo. Estoy aquí. Él asintió y me llevó a su oficina, donde me pidió que le contara todo. Y lo hice: el accidente, el hospital, la indiferencia de mi padre, la presencia constante del señor Ferrer. Mientras hablaba, veía en sus ojos la rabia crecer, el desprecio que siempre sintió por Camila confirmándose. Cuando terminé, dejé escapar la verdadera razón de mi visita. —Necesito tu ayuda, Max. No pienso dejarles su vida en paz. Ellos van a rogar de rodillas que los perdone. Él apretó los dientes con furia. —¡Maldita perra! Te lo advertí. Te dije que esa víbora no era de fiar. —rodeó su escritorio, tomó mis manos y me miró fijamente—. Cuenta conmigo para lo que sea, cariño. No voy a perderte otra vez. Sentí un alivio inmenso. Lo abracé con fuerza. —Gracias. Y me alegra que lo digas porque necesito que me prepares para esta noche. Él frunció el ceño. —¿Qué planeas? —Voy a su fiesta de compromiso. —Cinthia, eso es una locura. ¿Cómo piensas entrar sin invitación? —Yo no la tengo… pero tú sí. Max esbozó una sonrisa torcida. —¿Planeas arruinar la fiesta? Le devolví la sonrisa, venenosa. —Por supuesto que no. Solo quiero hacer un brindis por la feliz pareja… y desearles mis más sinceros deseos de felicidad. Él rió entre dientes. —En ese caso, no pienso perderme el espectáculo. Voy contigo. Nos miramos cómplices. Esa noche sería el inicio de mi venganza. Mientras Max preparaba lo necesario, mi mente viajaba atrás en el tiempo. Recordé el rostro de Camila cuando fingía ser mi amiga, los mensajes escondidos de Adrián, la promesa de que siempre estaríamos juntas en todo. Cada recuerdo era gasolina al fuego que ardía en mi interior. Ellos habían tejido su felicidad sobre mis ruinas. Pero ahora me tocaba a mí mover las piezas. Ya no era la muchacha frágil que temía a la soledad. Ahora era Cinthia, la mujer que había vuelto de entre los muertos. Y esta vez, yo escribiría el guion.
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