capítulo 3

1341 Words
Por la tarde, después de planear todo con Max para la noche y arreglarme un poco, pedí al chofer, el señor Ferrer, que me llevara a mi antigua casa. Mientras el auto avanzaba por las calles de la ciudad, mi mente estaba dividida entre la ansiedad y el rencor. Habían pasado demasiados meses desde mi “muerte”, y aunque el regreso a ese lugar no estaba en mis planes iniciales, algo en mi interior me exigía enfrentar ese capítulo. Cuando por fin nos detuvimos frente al portón, quedé helada. La casa en la que crecí jamás había sido un hogar cálido ni lleno de luz, pero lo que vi entonces fue mucho peor: ventanas sucias, la pintura descascarada, las plantas marchitas… todo tenía un aire lúgubre, como si se tratara de una casa abandonada o peor aún, embrujada. El señor Ferrer me miró por el retrovisor, con una expresión que no necesitaba palabras. Su rostro parecía preguntar si estaba segura de que aquel era mi hogar. Asentí lentamente, conteniendo la punzada en mi pecho. —Muchas gracias, señor Ferrer —dije con una sonrisa forzada—. Puede venir a visitarme cuando quiera. Él asintió, bajó del auto para sacar mi maleta del baúl y me la entregó con un gesto amable antes de despedirse. Lo vi marcharse hasta perderse en la esquina, y entonces, con la maleta en mano, crucé el portón oxidado y avancé hacia la entrada. No quería asustar a nadie con mi repentina aparición, así que avancé despacio. Sin embargo, apenas toqué los primeros escalones, las puertas se abrieron de golpe. Un hombre tambaleante salió, con la botella aún en la mano y los ojos vidriosos por el alcohol. Se detuvo en seco al verme. —Ya he dicho que no quiero… —gruñó con voz ronca, pero se cortó de inmediato al enfocar mi rostro. Sus pupilas se dilataron, incrédulas, y murmuró—: C–Cinthia… Me quedé inmóvil. Mi corazón latía con fuerza en el pecho. —Hola, papá… —dije con voz suave. Él retrocedió, llevándose la mano al marco de la puerta para no caer. Sus labios temblaban. —No… no puede ser… —Papá, tranquilo. Soy yo. El hombre que tenía delante estaba lejos de la imagen imponente y elegante que había conocido toda mi vida. Siempre había sido un hombre de porte impecable, de corbatas finas y zapatos brillantes, pero el sujeto desaliñado que apenas podía sostenerse en pie era un completo extraño. Su rostro estaba demacrado, su barba crecida y su mirada cargada de dolor. Avancé con cautela hasta quedar frente a él. Vi cómo levantaba una mano temblorosa y la acercaba a mi rostro. Cuando comprobó que no era una ilusión, me abrazó con fuerza, como si temiera que me desvaneciera. Entre lágrimas murmuró: —Hija mía… perdóname… perdóname por no estar para ti. No sabía que tú… que tú te sentías así… —Shhh… papá, cálmate —le susurré—. Entremos. Al principio dudó, pero luego asintió y juntos pasamos a la sala. El shock de verlo así me golpeaba tanto como el suyo al verme a mí. Me había preparado para enfrentar a mis enemigos, no para reencontrarme con un padre destrozado. Sin embargo, entendí que aquella era también una consecuencia de mi “muerte”. Le conté, en la medida de lo posible, lo que había vivido en los últimos meses. Él lloró sin control, pidiendo perdón una y otra vez, hasta que el cansancio lo venció y terminó dormido en el sillón. Lo observé en silencio. Durante años había guardado resentimiento hacia él: por ser un esposo infiel, por no detener a mi madre cuando me culpaba de sus desgracias, por no protegerme de sus ataques psicológicos. Pero verlo allí, tan vulnerable, me recordó que al menos como padre nunca me había fallado del todo. Suspiré y decidí ocuparme de lo básico. Fui a la cocina y preparé espaguetis para ambos. No pensaba marcharme sin asegurarme de que comiera algo. Más tarde lo desperté suavemente y nos sentamos a la mesa. Mientras comíamos, recordé con nostalgia aquellas tardes de mi infancia en las que, después de la escuela, solíamos cenar juntos. El pasado dolía, pero esa escena me devolvía un pedazo de lo que creí perdido. Mi padre me miraba como si temiera que desapareciera en cualquier momento. Yo sabía que debía decirle la verdad: que esa noche tenía un compromiso del cual no podía ausentarme. —Es verdad… —dijo de pronto, adelantándose a mis palabras—. Hoy es el compromiso de Camila, ¿no es así? Me quedé en silencio y asentí. —Ella va a estar mucho más sorprendida que yo al verte… —su voz se quebró—. Todavía no entiendo cómo la policía pudo cometer semejante error… asegurando que la mujer que murió en ese accidente habías sido tú. Sus palabras me hicieron estremecer. —Papá… cuéntame qué fue lo que te dijeron exactamente. Él suspiró y tomó un sorbo de agua antes de responder. —Llegaron un día para informarnos. Según los testigos, alguien te había lanzado frente a un auto. Dijeron que la ambulancia llegó a tiempo y te dieron los primeros auxilios, pero tu cuerpo no resistió y tu corazón se detuvo de camino al hospital… —cerró los ojos y tragó saliva—. El reconocimiento del cuerpo fue casi imposible. Tu rostro estaba destrozado, quemado por el pavimento… Me quedé sin palabras. —Aun así, tu madre reconoció tu ropa… y al verte así, no permitió que nadie más se acercara. Se negó a una autopsia. Dijo que las causas eran obvias, que no tenía sentido prolongar más nuestro sufrimiento. Decidimos dejarte descansar en paz. Su voz temblaba y por un instante volví a sentir culpa. Mis padres nunca habían sido los mejores, sus problemas siempre habían sido una carga para mí, pero no merecían ese dolor. Ninguno de nosotros merecía lo que ocurrió. Esa noche, después de cenar, subí a mi habitación. Necesitaba preparar mi regreso, el verdadero. El regreso que iniciaría la caída de mis enemigos. Mientras me duchaba y me arreglaba, mi mente repasaba cada detalle. Había un único culpable de todo lo que había sucedido: Adrián y Camila. Mi exnovio y mi mejor amiga. Ellos fueron la raíz de mi accidente, los detonantes de la cadena de desgracias que siguieron. Si no me hubieran traicionado, si hubieran tenido el valor de enfrentarme en lugar de apuñalarme por la espalda, nada de esto habría pasado. Mi odio crecía con cada recuerdo. Muchos podrían decir que lo ocurrido con mi coma no tenía relación con su traición, pero para mí no había duda: ellos eran los responsables. Y juraba que ninguno de los dos sería feliz a costa de mi dolor. Terminé de arreglarme y me miré en el espejo. La mujer que me devolvía la mirada no era la misma Cinthia de antes. Los meses de rehabilitación habían tonificado mis músculos, mi cuerpo se veía más firme, más seguro. Nunca fui obesa, pero mis curvas ahora se mostraban con un aire de fortaleza. Sonreí al ver mi reflejo: era irreconocible. Y esa era mi mayor arma. Si quería destruirlos, debía convertirme en alguien completamente diferente a la Cinthia que conocieron. Tomé mi bolso y bajé las escaleras. Mi padre dormía otra vez en el sillón, esta vez con una paz ligera en el rostro. Lo cubrí con una manta y salí por la puerta. En la entrada, Max me esperaba en un impecable traje n***o. Al verme, se llevó la mano al pecho y soltó una carcajada traviesa. —Cariño, ¿dónde tenías todo eso guardado? ¿Estás segura de que estuviste en coma? Rodé los ojos y sonreí. —Cállate, tonto. Vámonos. Hoy comienza el principio de su caída. Ambos subimos al auto. El motor rugió y nos dirigimos hacia el salón donde se celebraría el compromiso de Camila y Adrián. La noche apenas empezaba, y con ella, la primera jugada de mi venganza.
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