capítulo 4

2018 Words
El evento había sido anunciado en todos los portales de farándula y en las revistas de sociedad. La inauguración del nuevo hotel de la familia Salvatore prometía convertirse en la fiesta del año, y nadie quería perdérsela. Camila Salvatore, la heredera más consentida de la costa de Miami, era la anfitriona perfecta. En su mundo no existía el concepto de austeridad; todo debía brillar, resplandecer y dejar huella. La acompañaba, como era de esperarse, su actual pareja: Adrián, el hombre que había logrado catapultar su imagen gracias a aquella relación. Adrián siempre había soñado con ser reconocido, con verse rodeado de cámaras y con tener un nombre propio en la industria. Ahora lo había conseguido. Max, mi socio y confidente, me había informado que estaba a punto de filmar una serie donde él sería el protagonista. Obviamente, ser el futuro cuñado de Vladímir Salvatore tenía sus ventajas. Vladímir no solo era seis años mayor que Camila, también era su única familia tras la muerte de sus padres. Había heredado y expandido los negocios hoteleros hasta convertirlos en un imperio. Recuerdo con claridad cómo Camila solía presumir la devoción de su hermano: lo pintaba como un hombre implacable en los negocios pero absolutamente vulnerable a sus caprichos. Esa dependencia emocional era, para mí, la grieta perfecta. Si quería cumplir mi objetivo, sabía muy bien que Adrián no era mi blanco. No. Mi verdadero objetivo era Vladímir. Perdida en mis pensamientos, no noté que la limusina ya se había detenido. Solo reaccioné cuando Max abrió la puerta y extendió su mano hacia mí. —Cariño, vamos, ya estamos aquí. Sonreí en forma de disculpa y acepté su mano. Apenas descendí, una nube de flashes iluminó la alfombra roja. Decenas de fotógrafos y reporteros nos rodeaban. Me incliné hacia él y susurré cerca de su oído: —Vaya, parece que querían que esta fuera la gala del año. —Eso parece… —respondió con una sonrisa discreta, aunque sus ojos seguían analizando cada ángulo, cada presencia, como si ya estuviera calculando posibles alianzas. Caminamos juntos por la alfombra hasta el vestíbulo principal. Apenas ingresamos, Max se excusó; sabía que aprovecharía para saludar a empresarios y viejos conocidos. Lo conocía demasiado bien como para ofenderme, así que simplemente asentí y me dirigí a la barra. Pedí un martini, con el hielo justo y la aceituna perfecta. No tenía intención de llamar demasiado la atención antes de tiempo, pero resultaba imposible pasar inadvertida con el vestido que había escogido. Era una de mis últimas creaciones: un diseño que rozaba lo indecoroso sin caer en la vulgaridad. Escote profundo, espalda descubierta, abertura que dejaba al descubierto mi pierna derecha hasta el muslo, largo hasta los tobillos. El color champán se fundía con mi piel y realzaba el n***o azabache de mi cabello suelto. El maquillaje, en tonos suaves, no buscaba competir con el vestido, pero resaltaba lo suficiente mis ojos oscuros. Aunque mi intención no era destacar, disfrutaba la manera en que las miradas masculinas se detenían en mí. Esa mezcla de deseo y curiosidad alimentaba mi seguridad, me hacía sentir que cada paso que daba estaba cuidadosamente planeado, aunque en realidad no fuera así. Fue entonces cuando lo vi. Vladímir Salvatore hizo su entrada con la majestuosidad de alguien que sabía que dominaba la sala. Alto, impecablemente vestido con un esmoquin a la medida, acompañado de una mujer que se aferraba a su brazo como si su vida dependiera de ello. No parecía importarle que todos se giraran para observarlo; de hecho, lo disfrutaba. Clavé mis ojos en los suyos, sosteniendo la mirada con la determinación de quien lanza un reto silencioso. Tardó unos segundos en notarlo, pero cuando lo hizo, sentí la descarga. No aparté la vista, y apenas sus labios esbozaron una sonrisa ligera, supe que había logrado lo que quería: captar su atención. Tomé mi copa y, fingiendo indiferencia, me alejé hacia los jardines exteriores. La noche estaba tibia, adornada por una brisa de verano que me envolvía como un recuerdo lejano. Cerré los ojos un instante. Por un segundo, olvidé mis planes, mis intenciones, y me permití disfrutar de ese respiro. No advertí la presencia a mi lado hasta que una voz grave rompió el silencio. —¿Está disfrutando de la fiesta? Abrí lentamente los ojos y sonreí. —No… estoy disfrutando de la brisa de verano. Es curioso lo mucho que se puede extrañar algo tan simple como una noche así. Giré el rostro y lo vi. Vladímir Salvatore estaba parado junto a mí, tan cerca que pude notar el leve brillo de ironía en su mirada. Al notar que era él, hice un ademán de retirarme, pero su voz me detuvo. —Espere. Continúe. No quise interrumpirla. —No se preocupe —respondí con calma, tomando otro sorbo de mi copa—. Ya iba a entrar. La pareja del momento está a punto de llegar, y quería sorprenderlos con mi presencia. Él arqueó una ceja, divertido. —¿Conoce a mi hermana? —¿Su hermana? —pregunté fingiendo sorpresa—. Ahora entiendo por qué me resultaba familiar. Sí, conozco a Camila. Fuimos compañeras en la universidad. También conozco a Adrián. De hecho, se podría decir que gracias a mí ellos están juntos. Yo los presenté. Vladímir me observó con atención, como si intentara descifrar la verdad detrás de mis palabras. Finalmente asintió. —Ya veo. ¿Y por qué dijo que le resultaba familiar? Durante los años de universidad de Camila yo nunca pude visitarla. —Lo sé —respondí, ladeando la cabeza—. Y justamente por eso muchas de nosotras la considerábamos egoísta. Tenía un hermano como usted y nunca nos lo quiso presentar. La osadía de mi comentario logró lo que buscaba: una sonrisa ladeada, breve, pero sincera. Extendió su mano hacia mí. —Muy bien. Entonces hagámoslo ahora. Vladímir Salvatore. Un gusto conocerla. Apreté su mano con delicadeza, dejando que mis uñas rozaran levemente su piel. —El gusto es mío, señor Salvatore. Mi nombre es Cinthia Mussicardi. Pero… puede decirme Cinthia. No me gustan las etiquetas. —En ese caso, llámeme Vladímir. Antes de que pudiera continuar, la mujer que lo había acompañado desde su llegada irrumpió en la escena. —Cariño, hasta que te encuentro. Camila y Adrián acaban de llegar. Sus ojos se posaron en mí con evidente incomodidad, aunque trató de ocultarlo tras una sonrisa falsa. —¿Y quién es ella, Vlad? Sonreí con igual falsedad y extendí mi mano. —Mucho gusto, señorita. Mi nombre es Cinthia Mussicardi. Ella me observó de pies a cabeza con desdén y ni siquiera aceptó el saludo. —Mmm, ya veo. —Se aferró con más fuerza al brazo de Vladímir—. Debemos irnos, Vlad. Por un segundo vi un gesto de fastidio cruzar el rostro de él, pero terminó asintiendo. —Espero volver a verla, señorita Cinthia. —Lo mismo digo, señor Salvatore. Los vi marcharse, ella lanzándome una mirada venenosa que parecía querer atravesarme. Sonreí, complacida, y regresé a mi copa. Aún quedaba mucho de la noche por delante. Mi momento llegaría, y estaba segura de que Vladímir Salvatore no olvidaría mi nombre. Me recosté contra la baranda del jardín, observando cómo las luces del interior destellaban como si fueran parte de una constelación artificial. En algún rincón, Max estaría cerrando un trato, y en otro, Camila sonreiría como si la vida fuera perfecta. Pero yo sabía que nada era perfecto. Y estaba dispuesta a demostrárselo *** La noche avanzaba entre risas, música y copas alzadas. Los invitados celebraban en armonía hasta que llegó el momento de los brindis. Uno a uno, los amigos más cercanos de la pareja se acercaron a felicitarlos. Fue entonces cuando decidí que había llegado mi turno para hacer mi gran entrada. Con paso firme me dirigí al centro del salón, tomé una copa de champán de la bandeja de un mesero y llamé la atención de todos, en especial de la feliz pareja. Nunca imaginé que mi repentina aparición lograría lo impensado: el rostro de Camila se tornó blanco como la cera, como si estuviera viendo un fantasma. Adrián no estaba en mejores condiciones, aunque intentaba mantener la compostura. Guardé mi satisfacción bajo una sonrisa medida y hablé: —Gracias, amiga, por invitarme a este día tan especial. Sé que, aunque hace tiempo que no nos veíamos, tú y Adrián son la pareja perfecta. ¿Ya les contaron cómo se conocieron? El color desapareció aún más de sus rostros. Los invitados no comprendían su reacción hasta que Camila, recuperando el aliento, balbuceó incrédula: —¿Cinthia?... ¿Cómo es posible? Tú… tú estabas muerta. El ambiente alegre se quebró en un instante. Las conversaciones se apagaron, dejando un aire de tensión en todo el salón. —¿De qué hablas, Camila? Por supuesto que no estoy muerta —reí suavemente—. ¿O acaso crees estar viendo un fantasma? —Algunos invitados rieron por lo bajo, y añadí con ironía—: Es cierto que hace mucho que no nos vemos, amiga, pero hice todo lo posible por llegar a tiempo a tu gran día. Adrián, aún conmocionado, tomó la mano de Camila con fuerza para intentar calmarla. El gesto me arrancó una sonrisa mordaz. —¿Dónde me había quedado? Ah, sí… en cómo se conocieron. Digamos que, sin mí, esta bella historia de amor no sería la misma, ¿o no, Adrián? —Lo vi tragar saliva y esconderse tras un sorbo de champán, incapaz de sostener mi mirada. Alcé mi copa y concluí con una sonrisa gélida—. De todas formas, estoy convencida de que ustedes debían encontrarse y terminar juntos. Son tal para cual. Así que les deseo que reciban todo el amor y el cariño que un día me prometieron a mí. Un brindis por los novios. Los presentes, aún confundidos, alzaron sus copas siguiendo mi movimiento y brindaron con cierta incomodidad. Caminé hacia Max, que me observaba con una mezcla de sorpresa y admiración por mi autocontrol. Me incliné hacia él y susurré: —Necesito irme. ¿Vienes o me voy sola? —Toma las llaves de mi auto. Yo me quedaré un rato más y luego te cuento lo que ocurra. Asentí, tomé las llaves y mi bolso, y me dirigí a la salida. Apenas crucé el umbral del salón, Adrián me alcanzó, me tomó del brazo con brusquedad y me arrastró por un pasillo apartado. —¡Adrián, suéltame! Si no lo haces, juro que voy a gritar. Se detuvo de golpe, con el rostro desencajado por la furia. —¿Qué diablos, Cinthia? ¿Cómo pudiste hacerme esto? Desapareces por dos años, finges tu muerte y ahora apareces solo para humillarme frente a todos. —¿Perdón? ¿Yo te hice algo? —repliqué con sarcasmo—. Fueron ustedes quienes jugaron conmigo. ¿O creías que no sabía lo de su aventura? Lo vi vacilar antes de contestar: —Nuestra relación empezó después de que tú desaparecieras… después de que fingieras tu muerte. —No me subestimes, Adrián. No olvides con quién hablas. De todas formas, ya es pasado. Solo vine a desearles lo mejor y a decirles que no se preocupen, yo no como de platos de segunda mesa. —Dirigí mi mirada hacia Camila, que había salido de su escondite y ahora me observaba con un atisbo de culpa. Bajó la vista y aproveché para clavar la estocada final—. Es una lástima que una amistad de tantos años terminara por algo tan miserable. Me di media vuelta hacia la salida. Al final del pasillo, me encontré con Vladímir observándome con expresión severa. Lo miré de frente y murmuré: —Ya me retiro, señor Salvatore. —Creo que es lo mejor. Asentí y avancé unos pasos, pero al notar que aún me seguía con la mirada, añadí: —¿No viene? Su seriedad se mantuvo por un instante, hasta que finalmente asintió. Se acercó, me rodeó la cintura con firmeza y juntos cruzamos la salida, dejando atrás el murmullo escandalizado de los invitados.
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