capítulo 5

1438 Words
En la entrada del salón varios reporteros se acercaron a nosotros, intentando obtener una entrevista de parte de Vladímir. Era un enjambre de flashes, voces y micrófonos que me hicieron sentir atrapada en un torbellino. Aprovechando un descuido, me solté de su agarre y, caminando con paso firme hacia el valet parking, entregué las llaves y el boleto de estacionamiento. Quería un respiro, un instante de libertad. No pasó mucho tiempo hasta que el auto de Max llegó. Desde la distancia vi cómo Vladímir giraba la cabeza en todas direcciones, buscándome con su mirada intensa. Me subí al vehículo y, tocando la bocina, atraje su atención. —Sube… —dije con voz segura, aunque en mis labios se dibujaba una sonrisa desafiante. Él dudó apenas un instante, evaluando la situación, pero finalmente abrió la puerta y tomó asiento a mi lado. Me observaba con curiosidad mientras preguntaba: —¿A dónde vamos? —A un lugar tranquilo donde podamos hablar… —respondí con un aire enigmático. Y, al notar la sonrisa que se dibujaba en su rostro, añadí con picardía—: Tranquilo, galán, no te emociones. No duermo con nadie en la primera cita. Él arqueó una ceja, divertido. —¿Y eso es lo que esto es? ¿Una cita? —No. Para que fuera una cita debería haber vino, y en este caso no lo hay. —Eso se soluciona fácil. Una llamada y… —empezó a decir, buscándose los bolsillos. —¿Buscas esto? —levanté el celular entre mis dedos y luego, en un movimiento rápido, lo guardé en mi escote. Sus labios se curvaron en una sonrisa peligrosa. —¿Debo empezar a preocuparme? —Por supuesto que no —contesté con calma—. Solo quiero conocer qué clase de hombre eres. —Un caballero, señorita Cinthia. Pero le aconsejo que no pruebe mi paciencia. —Me alegra escuchar eso. El resto del trayecto lo hicimos en silencio, hasta llegar a la playa. Allí detuve el auto, le devolví el celular y bajé. La brisa nocturna me recibió con fuerza, trayendo consigo el olor a sal y mar. —Muy bien, señor Salvatore —dije, estirándome levemente—. Hemos llegado. Él me siguió con pasos seguros. —¿Cuánto escuchaste? —pregunté, girándome hacia él. Su mirada se endureció, pero respondió sin titubeos: —Todo. Respiré hondo. —Antes del brindis no sabía quién eras. Camila siempre hablaba de ti, pero nunca tuve el gusto de conocerte. Él ladeó la cabeza, intrigado. —Entonces explícame algo. ¿Por qué mi hermana dijo que habías muerto? Incluso Adrián lo mencionó, aunque evitó dar detalles. La pregunta me atravesó como un cuchillo. Bajé la vista hacia la arena y contesté: —Porque, en cierto modo, así fue. Hace dos años tuve un accidente. Estuve en coma durante un año y nueve meses. Cuando desperté, descubrí que mi madre había muerto, que mi padre había perdido la empresa y que mi mejor amiga… —tragué saliva— era la mujer que mi novio tanto se empeñaba en ocultarme. Vladímir no me interrumpió. Me observaba en silencio, como si intentara leer cada palabra en mi rostro. —Después vino la rehabilitación. Al salir, descubrí que todos me creían muerta. Imaginar lo que mi madre debió sentir al reconocer un cuerpo que no era el mío… fue devastador. Me quité los zapatos y sentí la arena fría bajo mis pies. —Esto también lo extrañaba —dije, con una sonrisa nostálgica—. Caminar descalza por la arena es un placer que nunca supe valorar. —Ve, yo te espero aquí —respondió él. —¿No vendrás? La noche está preciosa para nadar. —¿Nadar? ¿Ahora? —preguntó, incrédulo. —Por supuesto. Es la única hora en la que puedo hacerlo desnuda sin que nadie me juzgue. Caminé sin mirar atrás y comencé a quitarme el vestido. Como era escotado, no llevaba sujetador, así que quedé prácticamente desnuda bajo la luna. Me lancé al mar, sintiendo cómo el agua me abrazaba con calidez. La voz grave de Vladímir llegó hasta mí. —Sigues tentando tu suerte. Prometí ser un caballero… —Nadie te pidió que lo fueras —repliqué, riendo. Él no tardó en desvestirse y entrar también al mar. Pronto nadábamos juntos bajo la luz plateada. —Creí que me esperarías en la orilla —dije. —¿Y perderme la oportunidad de nadar desnudo junto a una bella dama? Reí ante su comentario. Aunque coqueteábamos, había algo en su mirada: no cedía, como si estudiara cada uno de mis movimientos. Tras un rato, el frío empezó a calarnos, así que salimos del agua. Mientras nos vestíamos, nuestras miradas se mantenían unidas. El cuerpo de Vladímir era perfecto: músculos definidos, piel húmeda, cabello oscuro cayéndole sobre la frente. Era difícil no mirarlo. Y en sus ojos veía el mismo deseo reflejado hacia mí. Entonces, su voz cortó el momento. —¿Por qué fuiste a la fiesta de mi hermana? ¿Qué pretendías al presentarte allí? Me senté en la arena, mirando el vaivén de las olas. —Quería cerrar un ciclo. Esta segunda oportunidad que recibí decidí vivirla sin arrepentimientos. Antes de mi accidente buscaba la perfección en todo: ser la hija perfecta, la novia perfecta, la amiga perfecta, la mejor diseñadora… Nunca me detuve a disfrutar lo que tenía. Y cuando desperté, entendí que lo sencillo también es un logro. Hace un año los médicos no sabían si volvería a abrir los ojos, y hoy puedo decir que nadé bajo la luna junto a un hombre que, hasta ahora, se ha comportado como un caballero. Él se sentó a mi lado, sonriendo apenas. —Pero aun así fuiste con la intención de arruinar su día. —No. Fui a dejar en claro que, pese a todo, decidí no arrastrar sombras a sus vidas. Camila y Adrián me creían muerta; aparecer después de dos años podía convertirse en una amenaza para ellos. Conozco a Camila, sé lo paranoica que es. No quiero que imagine que volví para recuperar a Adrián. Como se los dije: no me gustan las sobras de otra mujer, mucho menos cuando esa mujer pisoteó una amistad de años. Él me miró con atención. —¿A qué te refieres? —A que lo sabes tan bien como yo. Pero si lo digo yo, parecerá que no acepto la derrota. Y no es así. Acepto que perdí: una amiga a la que consideré una hermana. Lo que lamento es haberla perdido por alguien que no vale la pena. Adrián es un oportunista que solo busca escalar en su carrera. Espero que Camila lo descubra antes de cometer un error. A pesar de su traición, no quiero verla sufrir como yo lo hice. Vi el rostro de Vladímir tensarse. Me puse de pie, sacudiendo la arena de mis manos. —Creo que es momento de irme. Mi padre se preocupará si tardo más. —Lo entiendo. Vamos. Caminamos juntos hasta mi auto. Una camioneta negra esperaba estacionada detrás. Vladímir se detuvo. —Puedes ir directo. Mi transporte ya llegó. —¿Iremos por caminos separados? Pensé que me dejarías llevarte. Quería ser caballerosa yo también. Él sonrió, negando con la cabeza. —Tal vez lo hagamos en nuestra próxima cita. Sonreí divertida. —Lamento decirte que no habrá próxima cita. Su expresión cambió. —¿Por qué? —Porque no sería correcto. Mañana escucharás la otra versión y me odiarás. Seguramente seré la ex loca y obsesionada que no supera a su exnovio, la que quiere destruir la relación de tu hermana con Adrián. Él sostuvo mi mirada, con una sonrisa desafiante. —¿Y si no es así? —Si no es así, en tu celular dejé mi número agendado. Pero no me hago ilusiones. Sé cuánto influye tu hermana en ti y en tus decisiones. Su rostro se endureció otra vez. Yo, con una sonrisa traviesa, me subí al auto y me marché. Esa noche no solo intenté ganarme su confianza y sembrar dudas sobre Adrián y su relación con Camila. También procuré dejarlo intrigado, con el interés suficiente para que buscara una segunda cita. Era el paso más arriesgado de mi plan: debía convencer al hombre más poderoso del país de mi historia sin parecer una mujer resentida. Por la forma en que insistió, supe que había ganado el beneficio de la duda. Pero no era mentira que Camila tenía una enorme influencia sobre él. Solo los próximos días revelarían la verdad. Esperaba, con todo mi corazón, que mis esfuerzos no hubieran sido en vano.
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