capítulo 12

1153 Words
Desayuno con trampas La mañana llegó nuevamente y, al abrir los ojos, supe que sería un hermoso día. La luz del sol se filtraba entre las cortinas, cálida y brillante, como si el universo quisiera darme una tregua después de tantas tormentas. Me duché, me vestí con algo cómodo y bajé las escaleras. En la cocina, encontré a mi padre preparando el desayuno. Aún estaba molesta con él por lo ocurrido la noche anterior, así que solo caminé hacia la heladera, serví un vaso de jugo y me dispuse a marcharme sin dirigirle la palabra. Pero su voz me detuvo a mitad de camino. —Cinthia… hablemos. —¿Cambiaste de decisión? —pregunté sin mirarlo. —Hija, tienes que entender que… —Entonces no hay nada de qué hablar —lo interrumpí con frialdad. Sentí su mirada sobre mí, llena de preocupación, pero no cedí. Entonces el timbre de la entrada sonó y ambos nos giramos. —¿Esperas a alguien? —pregunté. —No —respondió él frunciendo el ceño—. ¿Y tú? —Tampoco. Mi padre fue a abrir la puerta, y unos segundos después escuché una voz demasiado familiar. —Buenos días, primita. Era Gian, mi primo. Entró directo a la cocina y me saludó con un beso en la mejilla, tan despreocupado como siempre. —Buenos días, Gian. ¿Qué haces aquí? —pregunté arqueando una ceja. —Vine por ti. Quiero llevarte a desayunar. Vi la mirada reprobatoria de mi padre hacia él y, sin contenerme, respondí con ironía: —No, gracias. No tengo ganas de salir rodeada de un séquito de gorilas. Gian soltó una risa divertida. —¿Aún sigues enojada? Vamos, Cinthia, no te pongas así. Sabes que solo queremos tu bien. —¿Mi bien? —bufé—. Más bien me quieren tener bien encerrada. Ambos sonrieron, pero aproveché el momento para lanzar mi bomba. —Ya que, por lo visto, no podré hacer nada sin que ustedes se enteren, quiero informarles que planeo hacer un viaje. Los dos se quedaron en silencio. Mi padre frunció el ceño y Gian levantó una ceja. —Voy a retomar mi carrera donde la dejé antes del accidente. Para eso necesito ir a París —continué—. La semana de la moda está cerca, y debo reunirme con algunos contactos si quiero volver a las pasarelas. Gian cambió de postura, visiblemente preocupado. —¿Marco ya lo sabe? —No, y no pienso decírselo todavía. Te lo estoy diciendo a ti. —Cinthia… —empezó mi padre, suspirando—, no creo que sea buena idea. Recién te recuperaste, pasaste por mucho. —Papá, ya no soy una niña. Además, París es solo una parada técnica. Pienso instalarme en Milán por un tiempo para prepararme y volver por la puerta grande. Sé que ustedes también tienen negocios allá, así que, si les preocupa tanto, pueden seguirme después. Sabía que, si quería irme, debía ceder un poco. En esta familia nadie se salía con la suya sin lidiar con la sobreprotección de los Mussicardi. Gian guardó silencio unos segundos antes de hablar. —Está bien. Yo me encargo de organizar todo y voy contigo. —Yo no estoy de acuerdo —intervino mi padre. —¿Por qué? —pregunté, cruzándome de brazos. —Porque Gian tiene razón, recién te estás recuperando. No quiero que te sobre esfuerces. —No lo haré, y además —dije mirándolo con una sonrisa traviesa—, ahora que ya no tienes compromisos, podrías venir con nosotros, ¿no? Mi padre dudó unos segundos antes de asentir con resignación. —Está bien. Organiza todo, Gian, y me avisas. No podía creer que hubiera aceptado tan fácilmente, aunque estaba segura de que Marco no lo haría. Pero si había alguien capaz de enfrentarlo y salir vivo, era Gian. El ambiente se relajó un poco. Gian cambió de tema, mirándome con una sonrisa pícara. —Muy bien, primita, ¿ahora sí quieres ir a desayunar conmigo? Prometo llevarte a tu lugar favorito. —Está bien —acepté—. ¿Vienes, papá? —No, cariño, vayan ustedes. Tengo cosas que organizar aquí. Miré el desayuno que había preparado: tostadas quemadas y huevos revueltos con más aceite que un motor viejo. —¿Y si mejor nos quedamos a desayunar aquí? —sugerí con una sonrisa diplomática. Gian frunció el ceño al ver el desastre culinario. —¿Estás segura de que eso es comestible? —susurró. Le pellizqué la mano disimuladamente. —Por supuesto. Mi padre es un gran chef —dije en tono exageradamente dulce. Mi padre rió divertido. —No hace falta mentir, hija. Vayan tranquilos, tengo que limpiar este desastre. Tomé mi bolso y mi suéter, y nos dirigimos hacia la salida. —Gracias, primo, te debo una. La última vez que papá cocinó casi terminamos en urgencias. —No me sorprende —dijo Gian entre risas. Apenas llegamos al auto, noté cómo un grupo de hombres trajeados se acercaban a nosotros. —Buenos días, señora —dijo uno de ellos con tono profesional—. Mi nombre es Donato, y seré el encargado de su seguridad personal. Cualquier consulta o duda que tenga, puede comunicarse conmigo. Rodé los ojos y miré a Gian, que se estaba aguantando la risa. —Está bien, Donato, pero quiero dejar algo en claro —dije con una sonrisa falsa—. Mi hermano insiste en que necesito seguridad, pero en mi opinión está exagerando. Solo espero que puedan seguirme el paso. —Perdóneme, señora, pero creo que el líder Marco hace bien en preocuparse por su seguridad. Le lancé una mirada fulminante a Gian, quien levantó las manos como diciendo “yo no fui”. —¿Ah, sí? Ya veremos si piensa lo mismo dentro de una semana. Miré a Gian y agregué con una sonrisa burlona: —Le doy tres días. Cuatro, si tienen suerte. —Eso lo veremos —respondió él divertido. Subimos al auto y nos dirigimos hacia uno de los restaurantes más finos de la costa de Miami. Al llegar, nos sentamos en la terraza con una vista espectacular al mar. El aire era cálido, con aroma a sal y café recién hecho. —Sabía que te gustaría venir a este lugar —dijo Gian, sonriendo. —Lo admito, tienes buen gusto. El mesero se acercó a tomar nuestro pedido, y pronto estábamos disfrutando del desayuno. Por unos minutos, sentí algo parecido a la paz. Hasta que, de pronto, una sombra se acercó a nuestra mesa. Sentí el impacto del agua fría en mi rostro antes de procesar lo que ocurría. Me levanté sobresaltada, empapada, mientras el vaso rodaba por la mesa. Frente a mí, una mujer me observaba con odio puro. —A ti te quería encontrar… perra —escupió. Reconocí su voz antes de siquiera mirarla a los ojos. Camila Salvatore.
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