Luego de aquella conversación con mi hermano, volví con Max, quien estaba increíblemente alegre conversando con uno de los custodios de Vladímir. Al verme llegar, levantó la mano y dijo entusiasmado:
—De ella te estaba hablando. —Me miró con esa sonrisa suya, demasiado feliz para mi gusto—. Cinthia, te presento a Dylan. Dylan, ella es Cinthia Mussicardi, mi mejor amiga. Parece medio ácida, pero en el fondo es un amor.
Vi cómo se empinaba su copa y levantaba un dedo para pedir otra.
—Max... ¿estás bien, amigo? —pregunté con desconfianza.
—Sí, solo que estoy muy feliz. —Su tono era tan eufórico que ya sabía por dónde iba la noche.
Cuando el camarero le trajo otra bebida, tomé el vaso de su mano y lo dejé en la charola.
—Es suficiente, mi amigo ya bebió demasiado.
—¡Pero aún tengo sed! —protestó con dramatismo infantil.
—Entonces tomemos agua —repliqué seria.
—¿Lo ves, Dylan? Te dije que era ácida. —El custodio intentó mantener la compostura, pero no pudo evitar sonreír. Max, por supuesto, continuó sin filtro—. En fin, como te decía, ahora ella no sabe qué hacer con el tipo. Por un lado, está su rivalidad con su archienemiga, la perra loca, y por el otro, el papucho del hermano... que además de estar buenísimo, tiene los millones de los millones. ¿Tú qué harías, Dylan?
Mi mirada se giró lentamente hacia él, fulminante.
—¿Max, qué estás diciendo? —pregunté, con la paciencia a punto de agotarse.
—Nada, cariño. Solo le pedía una opinión al chico. Una tercera opinión puede aclarar todo el asunto.
El pobre Dylan abrió la boca para responder, pero me adelanté:
—Ni una palabra de lo que acaba de decir es verdad.
—Tranquila, señorita, yo no escuché nada —respondió el custodio, esforzándose por mantener la seriedad.
—Aun así, quiero dejarlo claro —recalqué con firmeza.
Max intentó hablar de nuevo, pero le puse la mano en la boca.
—Suficiente. Creo que mejor nos vamos.
Justo entonces, Vladímir y mis primos aparecieron en la entrada del club. Al verme con intenciones de irme, mi hermano fue el primero en hablar:
—¿Ya te quieres ir?
—Max no se siente bien —mentí sin dudar—. Creo que bebió demasiado y le cayó mal.
Gian se sentó junto a él con una sonrisa socarrona.
—¿Eso es verdad, amigo Max? ¿Te sientes mal?
—No, para nada —contestó Max, riendo.
—¿Lo ves, Cinthia? Está bien —replicó Gian divertido—. No te preocupes.
Lo miré con desconfianza, rezando para que mi amigo no soltara ninguna tontería más. Pero, por supuesto, mis plegarias no fueron escuchadas.
—Y cuéntame, Max —preguntó Gian con falsa inocencia—, ¿de qué hablaban?
—De nada —dije rápido, intentando cortar el tema.
Pero Max, con la lengua suelta por el alcohol, soltó justo lo que no debía:
—Del futuro novio de Cinthia...
Lo miré con una expresión que podría haber congelado al mismísimo infierno. Si hubiera estado sobrio, habría corrido. Pero no. Max seguía en su nube de alegría, completamente ajeno al desastre que acababa de provocar.
Sentí las manos de Vladímir sobre mis hombros, su voz resonando detrás de mí.
—Ah, sí... cuéntame más de él, Max. ¿Quién es el futuro novio de mi hermana?
Me levanté enseguida, tomando a mi amigo del brazo.
—Como dije, nos vamos. Max ya no sabe ni lo que dice.
Sin darle tiempo a nadie de intervenir, comencé a caminar hacia la salida. A lo lejos, escuché a Estéfano gritar:
—¡Espera, Cinthia! ¡Dinos quién es el cuñado!
Apreté el paso y murmuré entre dientes, sin dejar de arrastrar a Max conmigo:
—Amigo, espero que tengas todos tus asuntos en orden, porque después de esto eres hombre muerto.
Max solo sonreía, todavía en su mundo de copas y confusión, siguiéndome como si nada. Al llegar a la entrada, uno de los custodios —el mismo con el que hablaba antes— se acercó.
—Señorita Cinthia, entrégueme las llaves. Yo conduciré.
Sonreí levemente ante su tono tan profesional y le pasé las llaves.
—Llévalo a su casa, por favor. Esta es la dirección. Gracias, Dylan.
Su expresión cambió un poco, quizás sorprendido por mi confianza. Pero antes de que pudiera decir nada más, vi cómo dos camionetas negras se estacionaban frente al club. Mis “niñeras” enviadas por Vladímir.
Y, justo frente a la entrada, un grupo de motociclistas conversaba animadamente. Sonreí con picardía.
Caminé directamente hacia ellos y pregunté:
—Chicos, ¿quién de ustedes me lleva a casa?
Me miraron confundidos, pero uno de ellos —alto, de mirada firme— respondió sin dudar:
—Sube.
No lo pensé dos veces. Me puse el casco y me acomodé detrás de él.
—Necesito perderlos —le susurré al oído—. ¿Puedes hacerlo?
Los hombres de mi hermano ya se acercaban. El motociclista asintió, encendió el motor y dijo:
—Sujétate.
Aceleró de golpe, y en segundos dejamos atrás las luces del club, las camionetas y el eco de mi hermano gritando mi nombre.
Treinta minutos después, llegamos frente a mi casa. Pero mi alivio duró poco. El auto de Vladímir y el de mis primos estaban estacionados justo en la entrada.
Golpeé suavemente el hombro del motociclista.
—Oye, es mejor que me dejes aquí y te vayas.
—¿Qué?
—Frena. —El grito fue más fuerte de lo que pretendía, pero me obedeció. Bajé rápido de la moto, me quité el casco y le dije—: Vete o te irá mal.
Me miró confundido, pero al ver las luces de las camionetas acercándose, encendió de nuevo la moto.
—¿Qué esperas? ¡Vete! —agregué, y antes de que arrancara, sonreí—. Por cierto... gracias.
Él frunció el ceño, pero aceleró y desapareció doblando la esquina.
No pasaron ni tres segundos cuando escuché la voz furiosa de mi hermano:
—¡CINTHIA!
Me giré despacio, fingiendo satisfacción.
—Dijiste que tus hombres estaban bien entrenados —dije con una sonrisa cínica.
Vladímir caminó hacia mí con el rostro encendido de ira. Me tomó del brazo con fuerza.
—¿Qué demonios pasa contigo?
—Suéltame, me duele.
—Me importa una mierda. ¿Cómo se te ocurre subirte a la moto de un desconocido?
—¡Que me sueltes, carajo! —le grité, intentando zafarme.
Estábamos a punto de enzarzarnos en una pelea digna de niños de cinco años cuando Estéfano y Gian intervinieron.
—Vamos, cálmense los dos —dijo Gian, poniéndose entre nosotros.
Vladímir me soltó, pero su mirada seguía llena de furia.
—No debiste hacerlo, Cinthia.
—Y ustedes no debieron ponerme niñeras —repliqué, cruzando los brazos.
—Es por tu seguridad —insistió Gian—. No queremos que te pase nada.
—No necesito guardaespaldas —dije seca—. Mientras más rápido lo entiendan, más rápido terminaremos con esta discusión absurda.
Fue entonces cuando escuché la voz de mi padre acercándose desde la entrada.
—Pues yo estoy de acuerdo con ellos —dijo, entrando con paso firme—. Voy a estar más tranquilo sabiendo que la familia te cuida.
Lo miré mal, sintiendo la rabia subir por mi garganta. Vladímir sonrió de satisfacción, lo que solo empeoró mi humor.
—Perfecto —respondí con sarcasmo—. Espero que sepan manejar la frustración, porque están locos si creen que van a controlar mi vida.
Pasé entre ellos con la cabeza en alto y entré a la casa. Odiaba este lado sobreprotector de todos. Si se lo proponían, podían ser una pesadilla.
A los pocos minutos, escuché los pasos de mi padre siguiéndome. Me giré al pie de la escalera, con los brazos cruzados.
—No me mires así —dijo él, suspirando—. Ellos solo quieren cuidarte, y yo también creo que necesitas protección.
—¿Ahora sí quieres su ayuda? —pregunté con frialdad.
—Mi relación con la familia es complicada, hija. Pero no por eso voy a negarte su protección. No voy a perderte otra vez.
—Y por eso me caías mal —dije entre dientes—. Nunca te pusiste de mi lado. Siempre preferiste ser mi enemigo. ¿Acaso no te importa lo que yo quiero?
—Espero que algún día entiendas que esto lo hago por tu bien.
Lo miré con una mezcla de enojo y decepción. Sin decir una palabra más, subí las escaleras. Cada paso resonó con fuerza, acompañado del mismo pensamiento que me taladraba la cabeza desde que todo esto empezó:
Había cometido un error al volver a verlos. Había olvidado lo mucho que dolía sentirme vigilada, acorralada, controlada.
Y esa noche, mientras cerraba la puerta de mi habitación, juré que nadie —ni Vladímir, ni mi padre, ni nadie más— volvería a decidir por mí.