Capítulo 5 : El Rumor No Pide Permiso

1248 Words
Abrí los ojos lentamente. El techo de mi habitación seguía siendo el mismo: alto, elegante, demasiado pulcro para un lugar como Redwood Falls. El bosque se asomaba por el balcón, inmóvil, fingiendo calma. Nada había cambiado. Y aun así, todo se sentía distinto. Me levanté, me vestí de n***o como de costumbre y bajé a desayunar. Mi padre ya estaba sentado a la mesa, hablando por teléfono con voz baja y firme. Mi madre hojeaba una revista local con una sonrisa que no alcanzaba del todo a sus ojos. Nana Matilde servía el café. —Dormiste poco —dijo sin mirarme directamente. —Lo suficiente. Ella no insistió. Nunca lo hacía. Pero dejó la taza frente a mí con un cuidado que delataba preocupación. —Hoy el pueblo estará lleno —comentó mi madre—. Hay una especie de feria esta tarde. Música, comida, partidos... quieren que todos participemos. —¿Todos? —pregunté. —Todos —confirmó—. Supongo que es su forma de darnos la bienvenida. Mi padre colgó la llamada. —Conviene ir —dijo—. Dejarse ver. Los negocios se mueven mejor cuando la gente siente cercanía. Asentí sin opinar. Ellos hablaban de relaciones, de imagen, de estrategia. Yo pensaba en miradas. En susurros. En cómo, incluso antes de salir de casa, ya sentía que algo me esperaba. La feria ocupaba la plaza central. La misma donde estaba la cafetería antigua. Ahora había luces colgadas entre los postes, puestos de comida y música sonando demasiado alegre para un pueblo tan acostumbrado a callar. Redwood Falls socializando. Bosco estacionó el auto a una distancia prudente. Se bajó primero, atento, observando el entorno con la calma profesional de quien siempre está alerta. Caminamos los cuatro: mi padre, mi madre, Alondra y yo. Bosco, un paso atrás, como una sombra discreta. Desde el primer segundo lo sentí. Las miradas no eran iguales que el día anterior. Ya no eran solo curiosidad. Eran evaluación. Susurros que se detenían cuando pasaba. Sonrisas tensas. Cabezas que se inclinaban unas hacia otras. El rumor no gritaba. Respiraba. —¿Te sientes bien? —preguntó mi madre en voz baja. —Sí. Mentí. Vi a Mila cerca de uno de los puestos. Me hizo un gesto rápido con la mano, pero su expresión era seria. Harper estaba a su lado, rígida. Sienna miraba alrededor como si contara salidas. Me acerqué a ellas. —Ya empezó —murmuró Mila, sin saludar. —¿Qué cosa? —Las habladurías sobre ti. —¿Qué están diciendo? —pregunté. Mila dudó. —Que te vieron ayer —intervino Harper—. Caminando. Con él. —¿Con Jax? —dije sin rodeos. Sienna asintió. —Alguien exageró —añadió—. Como siempre. Sonreí apenas. —Claro. En un pueblo así, caminar se convierte en promesa. Hablar, en confesión. Y el silencio... en culpabilidad. —Vera está contando una versión exagerada —susurró Mila—. Ya sabes, alimentando el chisme. Miré alrededor hasta que mi mirada se detuvo. Logan estaba apoyado cerca del escenario improvisado, rodeado de chicos que reían demasiado alto. Su mirada se cruzó con la mía y no se apartó. Más allá, cerca del borde del bosque, Jax Cole estaba solo. Observando. No hablaba con nadie. —No digas nada —me aconsejó Mila—. Aquí los rumores mueren si no se les da oxígeno. —Aquí los rumores se vuelven leyendas si no se enfrentan —respondí. Ella suspiró. —Eso es lo que me asusta de ti. No le temes a nada. Me alejé de ellas. Sentía el peso en la espalda. No como vergüenza. Como desafío. Mi madre hablaba con unas mujeres cerca del puesto de tartas. Sonreía, educada, impecable. Mi padre conversaba con un hombre mayor, seguramente alguien importante del pueblo. Ellos no sabían nada. Y eso hacía todo más extraño. Era como vivir dos realidades al mismo tiempo. —Bonita noche —dijo una voz femenina a mi lado. Vera. —Supongo —respondí. —Redwood Falls aprecia la tranquilidad —continuó—. Las cosas simples. —¿Y caminar entra en esa categoría? Sonrió. —Depende de con quién y de qué forma lo hagas. La miré fijamente. —¿Eso es una advertencia? —Es un consejo —corrigió—. Aquí las historias se cuentan rápido. Y no siempre son justas. —Nunca lo son. —Jax no es... —se detuvo—. No es alguien fácil. —No me gustan las cosas fáciles. Su sonrisa se tensó. —Ten cuidado con lo que provocas. —Ten cuidado con lo que inventas. Me sostuvo la mirada antes de irse sin responder. El murmullo creció. Alguien subió al pequeño escenario. Música. Risas forzadas. La feria continuaba. Pero algo ya se había roto. —Blake. La voz de Jax llegó desde atrás. Me giré. Estaba más cerca de lo que esperaba. Su expresión era seria, tensa. —Están hablando —dijo. —Lo sé. —No es justo. —Tampoco es nuevo. —Esto puede escalar. —¿Y qué sugieres? ¿Desaparecer? Negó. —No. Pero no soporto que hablen de mí. Lo observé. —¿Y tú? —pregunté. —Yo no niego lo que veo. Eso me sorprendió. —Entonces mira bien —dije—. Porque no pienso cambiar nada. Nuestros ojos se sostuvieron. —Eso te va a costar —murmuró. —Siempre me cuesta. Un grito interrumpió el momento. Risas. Alguien señaló en nuestra dirección. —¿Apenas llegando al pueblo y ya creando mala fama? Mi padre giró el rostro, confundido. Mi madre frunció el ceño. Alondra dio un paso hacia mí. —Blake... —Estoy bien, enana —respondí. —Tú eres la famosa Blake —dijo una voz detrás de mí. Me giré. —Eres más hermosa de lo que dicen. —Lily... —murmuró Jax detrás de mí—. ¿Qué crees que haces? —Conociendo a la nueva forastera que tiene a este maldito pueblo loco —me extendió la mano—. Lily Cole, hermana de este estúpido. La miré con asombro. Su personalidad era completamente distinta a la de Jax. Me recordaba a Alondra, solo que con un par de años más. Su cabellera negra, con mechones azules, le caía un poco más abajo de la cadera. Radiante. —Un placer, Lily —respondí finalmente, estrechándole la mano—. Veo que ya soy famosa en Redwood. —No le prestes atención a las habladurías de este maldito pueblo. Se creen perfectos cuando la mayoría lleva una vida de mierda detrás de sus cuatro paredes. —¿Cuándo llegaste? —interrumpió Jax—. No debías volver hasta el próximo mes. —Adelanté mi regreso. Pero eso lo hablaremos luego —sentenció ella—. Ethan y Noah están por la rueda de la fortuna, esperándote. Jax me dio una última mirada y se marchó sin decir nada más. Me bastaron unos segundos para entender que la única capaz de provocarle reacciones reales era su hermana. —¿Eres mayor o menor que Jax? —pregunté mientras caminábamos. —Somos mellizos —sonrió—. Aunque cueste creerlo. Reímos. —Me caes bien, Blake. Personas como tú son temidas en este pueblo porque son como sismos: capaces de estremecerlo todo. Y eso les asusta. —Para su desgracia tendrán que acostumbrarse —sonreí—. Porque apenas están por conocer quién es Blake Hunter realmente...
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