"Las libélulas y las luciérnagas esparcen su luz como pequeños capullos de amor, sentimiento que incluso aunque lo intentara evitar no podre dejar de sentir por el"
------------******************----------------
Siempre he sido una chica normal con una vida igual a pesar de que mis padres estuvieron metidos de lleno en el mundo del cine y la televisión gran parte de su vida. Siendo asi ya que mi madre Felicity Vacarelly es una reconocida actriz italiana, y mi padre Federico Vacarelly un reconocido guionista y director de algunas producciones que se han hecho en Italia y fuera de esta.
Ambos se conocieron cuando mi madre iniciaba como actriz para una serie juvenil, la cual mi padre dirigía para ese entonces, por ello desde ese primer contacto y a través de los años compartiendo en ese medio que desde mi apreciación considero artificial, ellos decidieron permanecer juntos, convirtiéndose en una sólida pareja y de esa forma lograr que a través de su unión me tuviesen a mí, Tracy Vacarelly.
Desde muy chica demostré que ese medio no me atraía para nada, dejándoles ver que mi pasión iba por otro lado, lo dejaba notar cuando pasaba horas coloreando y escribiendo escritos que para mí eran los mejores cuentos que había leído, hasta diría que eran más creativos que los que estaban en la escuela, pero mi madre siempre me decía que escribiendo nadie logra nada en el futuro, así como también me enfatizaba muchas veces que la vida no se trata de escribir historias y que al mundo les guste, ya que según ella eso no era así, de acuerdo a su criterio en vez de estar horas en eso, debía pensar en cómo usar mi tiempo y mi vida.
Aun escuchando sus palabras y sabiendo que de mis padres no recibiría ese apoyo que necesitaba para escribir lo seguí haciendo, de esa manera me enfocaba en participar en algunos concursos que hacían en la escuela, para ello postulaba las historias que desde muy chica redactaba ya que para mí el mayor sueño que podía anhelar era que pudiera ganar algún premio con ellas, asimismo que a todos les gustara lo que dejo en mis escritos, sin embargo, esto no sucedió, lastimosamente a nadie parecía agradarle ya que no obtenía ningún logro, hecho que me deprimía y me desalentaba mucho. Desde mi percepción en cada historia que plasmaba con esa imaginación desbordante que siempre he tenido dejaba mi brillo, esa luz que me caracteriza como la autora de cada una. Por tal motivo después de seguir intentando y no lograr nada deje de escribir e hice caso a mis padres para continuar con mi educación.
Cuando termine la preparatoria me propuse estudiar en la universidad para ser maestra de historia y literatura. Pensaba que si tenía este oficio quizás podía de alguna manera llenar ese vacío que tenía por haber dejado mi pasión, la cual siempre será la escritura. Un hábito que siempre he amado hacer y que se había alejado de mí, ya que en todo el tiempo que estuve a cargo de mis estudios universitarios se mantuvo completamente ausente.
A pesar de quedarme horas en el campus de la universidad con mi libreta de escritura, leyendo mis historias que hacía de pequeña, pensando que si las leía nuevamente mi inspiración para escribir volvería, de nuevo me topaba con la realidad, esa que no pasaría aunque revisara a diario mis escritos.
Entre hojear una tras otra página vi que había una que nunca termine, preciso una de mis favoritas que me gustaba mucho redactar, en especial porque me sentía reflejada con el personaje principal, el cual se trataba de una luciérnaga, pero esta era peculiar, no podía brillar como las otras, tal cual como me sentía en esos momentos, ya que mi luz, esa creativa inspiración con la cual nací estaba completamente apagada.
Aunque quería terminar esa historia así como sentirme bien conmigo misma, no pude y solo enterré mi libreta en todos mis recuerdos de niña, almacenándola en un armario que tenía en mi departamento, propiedad que me habían obsequiado mis padres al cumplir mi mayoría de edad para que fuese empezando a ser independiente, ya que su lema era que nunca fuese una fracasada porque ellos jamás lo fueron. Pero, como logras impedir que el fracaso llegue a tu vida, es complicado, y siendo adulta me daba cuenta.
Teniendo los diecinueve años en una salida con amigos una tarde soleada en la ciudad de Roma, solíamos visitar uno de mis lugares preferidos, este se trataba de la Fontana di Trevi, sitio donde se encuentra una de las mayores fuentes monumentales del Barroco.
Estando allí me deje llevar por la leyenda y la costumbre de arrojar monedas a esa fuente, ya que según una de las interpretaciones de esta, sostiene que si arrojas tres monedas aseguran un matrimonio, deseo que solía pedir de niña para que la relación de mis padres nunca se terminara, pero esta vez no lo haría por ese motivo, sino para pedir un deseo que era muy importante para mí, el cual era recuperar ese brillo, esa luz que ya no tenía para escribir y sabía que lo necesitaba. Desde mi punto de vista lo que siento por la escritura es un fuerte vínculo, uno que me llena y me hace feliz en todos los aspectos. Ese hábito que deseaba y que quería que volviera como antes, era todo lo que anhelaba en mi vida a pesar de que mis amistades refirieran que pidiera por tener un romance, algo que por los momentos ni nunca ha ocupado mi mente, haciéndome pensar en algunas ocasiones que fuese asexual, ya que ninguna persona hasta ese día me había atraído.
Como si fuese obra del destino, justo ese día todo cambio cuando un joven se tropezó conmigo. Al poder detallarlo comprobaba que era de tez blanca, ojos negros y cabello castaño.
—¡Ohh, Mi dispiace señor!(lo siento, señor)—exclame al joven, pero él a través de su mirada y el gesto que hacía en ella me daba a entender como si no comprendiera lo que había dicho.
—Señor ¿parla italiano?
—Oh no, perdón, no lo hablo, diría que es lo único que acabo de entender —mencionaba el joven exaltando en su forma de pronunciar las palabras un marcado acento como si fuese de España.
Valiéndome de lo ocurrido aproveche de poner en práctica el español que había aprendido hace mucho. Debido a la crianza que había recibido de mis padres los idiomas fueron una herramienta esencial en mi educación.
Teniendo fluidez del idioma empecé a dialogar sin ningún problema, excepto por el acento que no me salía igual que a él.
—Descuide, también hablo español. Perdone si me tropecé con usted es que no lo vi venir.
—No, de ninguna manera fue mi culpa señorita, me entretuve viendo toda la estructura de la fuente y casi la hago caer en ella
—Pues no caí, así que usted queda perdonado—al darle mi respuesta él me sonrió para seguido de ello extenderme su mano.
—Mucho gusto mi nombre es Paolo Garza, soy de Madrid España.
—¡Ah!, ahora entiendo porque lo marcado de su acento, soy Tracy Vacarelly, italiana de nacimiento—posterior a mi presentación ambos nos estrechamos las manos.
Desde ese momento que nos presentamos sentí algo extraño en mi corazón, como si sintiera una especie de atracción por ese joven extranjero, el cual me acompaño después de eso ya que mis amigos al verme hablando con el me dejaron sola, sonriendo y mencionando que debían retirarse, que nos veríamos al día siguiente en la universidad.
Al parecer se habían dado cuenta de mi interés por Paolo y por esa razón habían decidido marcharse, lo cual sirvió para que nos conociéramos un poco más.
Él y yo hacíamos un contraste precioso, el a través de su piel blanca y yo con mi tez morena, misma que al parecer le agradaba, dejándolo visto a través de un comentario en la charla que manteníamos, en ella halagaba mi color de piel así como mis ojos celestes, destacando que hacían una combinación genial con mi color de tez al igual que el cabello castaño con ondas que por lo general siempre he llevado.
Por primera vez experimentaba esa sensación cautivante de gustar de otro y ese era Paolo, quien me platico que había venido a Italia en plan de viaje didáctico, ya que de acuerdo a sus palabras se dedicaba a la arquitectura, refiriendo con ello que todas las arquitecturas de este país, especialmente la arquitectura románica le había causado interés en conocerla, aludiendo que le parecen fascinantes.
Tras esa charla hicimos una bonita amistad, a tal punto que desde ese día nos citábamos allí después de terminar mis clases en la universidad, quisimos ser amigos primero porque ambos queríamos conocernos, lo cual me serviría mucho porque era la primera vez que sentía ese sentimiento que era muy agradable. Sentir que él me demostraba que también le pasaba. Debido a este vínculo que creamos y que nos funcionó a la perfección pudimos entendernos y saber más de cada uno.
Duramos dos meses en esa etapa, de allí pasamos a ser novios ya que ambos nos sentíamos seguros de dar ese paso, de esa manera Paolo tomo una decisión importante en su vida, la cual era trasladarse hasta Italia para posterior a ello radicarse.
Para nuestra fortuna el lugar donde trabajaba en Madrid tenia diversas sedes y una de ella quedaba en Roma. Siendo así aprovecho esa ventaja y proceso su cambio para empezar a trabajar desde aquí. Al haberse dado ese paso nos sentíamos tranquilos y sin trabas para pasar más tiempo juntos, quedando como próximo acto el llevarlo a conocer a mis padres, unos que esperaba que Paolo les cayera en gracia.
Al haber ocurrido ese acontecimiento en la cena que prepararon para él, nos demostraron que les cayó mejor de lo que pensé, aunque a esa cena que asistimos no fue la mejor de todas, siendo de esa manera porque mis padres aprovecharon para nuevamente hacerme querer pisar tierra con lo que para ellos son consejos y que para mí no son más que palabras crueles y repetidas.
Llevando los raviolis a mi boca, esos que mi madre había preparado para esa noche especial, escuchaba ese comentario, uno que hace mucho no escuchaba y que sabía que me haría perder el apetito.
—Tracy, querida, me alegro que hayas seguido nuestro consejo y hayas dejado de perder el tiempo escribiendo.
—¿Escribiendo? ¿Cómo? no comprendo—intervino Paolo, inquiriendo para luego mirar a mi madre y a mí
—¿Cómo? ¿Ella no te lo ha dicho Paolo?
El me miro de nuevo y negó con la cabeza.
—Nuestra hija desde pequeña ha sido muy fantasiosa, lo cual hizo que perdiera tiempo en su infancia escribiendo historias que no tuvieron relevancia.
—Mamá, no quiero hablar de eso y no lo hagas delante de Paolo.
—¿Pero porque hija? él es tu novio, ¿porque no decírselo?—hablaba esta vez mi padre.
—Seguí sus consejos, ¡¿qué más quieren?!—les hable un poco alterada para seguidamente levantarme de la mesa, aventando de esa manera la servilleta y disponerme a seguir hacia las escaleras.
—Tracy, linda, ¡Espera!—ante los llamados de Paolo me enfatizaba en ignorarlos para subir por las escaleras.
Estando en la que solía ser mi habitación cuando vivía con mis padres, varias lágrimas que brotaban de mis ojos empezaron a rodar por mis mejillas. Estando de esa manera por ese cruel comentario que mi madre había dicho escuche que tocaban a la puerta.
—Linda, por favor ábreme, soy Paolo.
Haber escuchado que se trataba de mi novio hizo que me dispusiera a abrir la puerta. Al ver cómo me encontraba no dudo y me brindo un abrazo.
—No te sientas así Tracy, además, si escribías o aun lo haces que tiene de malo si eso te gusta.
—Es que para ellos siempre fue una pérdida de tiempo y quizás era cierto—tras decir ese comentario me separe de el para tomar asiento.
—¿Porque dices eso linda?
—En todas los concursos que participe nunca logre nada, quizás mis historias ni siquiera fueron leídas... podría ser que por eso no gustaron.
—O quizás molaban tanto que nadie lo supo ver, conllevando a que no te dieran la oportunidad de obtener algún logro y el valor que merecen tus escritos, ¿no lo has pensado?
Su respuesta me impresiono e hizo que girara a verlo.
—Pero Paolo...
—Pero nada, porque no me las muestras, quiero saber si molan.
—Ese término que acabas de usar me habías dicho que en España se refiere si algo es bueno ¿cierto?
—Correcto, quiero saber si son buenas tus historias, porque no me las enseñas.
—De acuerdo, lo haré.
Busque esa libreta que había tenido almacenada, pero que últimamente la llevaba conmigo a todas partes, lo hacía porque guardaba la esperanza de que en algún instante pudiera volver a mí la inspiración.
Al poco tiempo Paolo se encargaba de leer minuciosamente cada obra que había escrito, inclusive esa historia que hasta los momentos no había podido terminar, la cual llevaba por título la luciérnaga que no podía brillar, misma que cuestionaba el porque no la había culminado.
—¿Porque no has terminado esta historia? está muy ¡guay!
—¿De veras lo crees Paolo? Pensé que solo a mí me gustaba.
—¿Estas de coña? claro que lo es, molaría mucho si la publicas.
En el tiempo que tuvimos de amigos y ahora de novios me había servido para conocer el significado de cada una de sus expresiones, las cuales eran un poco extrañas, pero era muy propio en él por ser español.
—Anímate a terminarla, linda.
—Pero es que ya no sé cómo hacerlo, me siento como esa luciérnaga que no puedo brillar, he pensado que quizás sino ocurre es porque nunca lo hice
—Si lo hiciste y este es el resultado, estoy seguro de que aún lo tienes, solo debes concentrarte en recobrarlo, es tu talento y cuando lo hagas veras que ese brillo, esa inspiración, vuelve, solo debes confiar en ti.
Las palabras de Paolo surtieron un significado tan importante en mí, que luego de ello bajamos a terminar la cena, ignorando todo mal comentario de mis padres, quienes para ser esa figura en mi vida parecían mis enemigos por lo que decían, pero las palabras que Paolo había pronunciado encendieron esa luz, una que yo misma había apagado cuando decidí dejar de escribir...