Maximiliano El amanecer se filtraba por las cortinas de seda de nuestra habitación con una suavidad que me resultaba casi ofensiva. En mi mundo, la luz suele ser una intrusa que revela los destrozos de la noche anterior, pero hoy era distinta. Me quedé un momento observando a Ainoha, cuya mano descansaba sobre mi pecho, subiendo y bajando al ritmo de mi corazón. Sentía una paz extraña, una que me permitía, por primera vez en décadas, no saltar de la cama con la mano buscando el arma bajo la almohada. Sin embargo, había una tarea pendiente que no figuraba en mis informes de inteligencia, pero que pesaba más que cualquier ruta comercial. Autum. Había decidido que hoy sería el día de su primera lección real. No una lección de combate todavía era demasiado pequeño para el peso del meta

