Maximiliano El eco de los gritos de mi padre todavía vibraba en las molduras de caoba de mi despacho, como un fantasma que se negaba a abandonar la habitación. Me quedé de pie, frente al gran ventanal, observando las luces traseras del coche de Alejandro desaparecer tras los portones de hierro. Sentía un vacío gélido en el pecho, una presión que no era remordimiento, sino la amarga aceptación de una tragedia anunciada. Noah permanecía junto a la puerta, en un silencio respetuoso, esperando la señal definitiva. Él sabía, mejor que nadie, que este era el momento que yo había intentado evitar durante años. Había perdonado desplantes, robos menores y conspiraciones de pasillo, todo porque, en el fondo de mi alma endurecida, Matías seguía siendo el niño que mi madre sostuvo en sus brazo

