8.

2355 Words
Como aún no tenía claro qué paso debía dar, preferí salir temprano y evitar a toda costa a la subnormal, porque mis planes se habían venido abajo al no contemplar que ella tendría una decena de cromosomas de más, ¿cómo actuar bajo estas circunstancias? ¿me puedo permitir ser igual de cruel o estaría mal? Bueno, yo siempre he pensado que el fin justifica los medios, así que creo que es perfectamente entendible las acciones que tendré que tomar de ahora en más, en que no tendré ningún tipo de contemplación con su persona. Carla, no tienes ni idea del lugar en el que te has metido. Al día siguiente traté de evitarla porque aún pensaba cuál sería mi primer movimiento, así que me encontraba en una clase de teoría general del estado en la universidad, y era la primera vez que asistía a esta, no conocía al docente a diferencia de mis compañeros que ya habían asistido en al menos cinco ocasiones a sus clases, pero era mi primera vez y creo que por eso me miró tan extraño cuando llegué, pero hice caso omiso y ni bien me senté, averiguó al preguntarle a una compañera por mi nombre, así que no tardó en hacerme levantar de tan cómoda silla. —Oye, tú. Betancourt, ven acá —me habló y chasqueé la lengua, Emanuel y Lucio reían, pero tenía idea de qué podría causar tanta gracia. Me acerqué a él, quién me miraba notablemente molesto. —¿Sí? —Primero que todo, ¿tú quién eres? —Pues, soy un hombre, un gran hombre. —Mmm, no me cabe dudas de que seas hombre, lo grandioso no lo creo tanto al ver que llevamos casi un mes de clases y te apareces como si nada, sin dar alguna excusa sobre tus inasistencias. —Hombre, ¿qué puedo decirle? ¿no es obvio? —¿Eh? —me miró confundido y me enderecé un poco. —Yo no asisto a todas las clases, me es imposible. —¿Estás enfermo? ¿tienes alguna discapacidad? —No. —¿Y entonces? —No pensará que voy a venir a todas las clases porque sí, ¿o eso piensa? —¿Para qué te matriculaste si no planeas venir? —acomodó sus lentes y sentí que podía observarme a través de su calva, que brillaba y las luces se reflejaban en ella. Fue hermoso. —Tengo que ser abogado, casi todos los presidentes lo han sido y no pienso ser el primer presidente de la nación sin ese título, como que no va y no quiero dejar esa imagen en la historia. —¿Así que esa es tu aspiración? —preguntó con una sonrisa que me incomodó por completo, era tan impresionante esta que quise llorar. Ojalá no vuelva a sonreír, es muy feo de ver. —Sí. —Bien, te espero afuera de clases el viernes que tengo tiempo y te doy una charla de historia, te puedo orientar ya que se te ve decidido, y es bueno tener estudiantes con aspiraciones grandes. No le respondí, porque no quería comprometerme a una cita que era lógico que no asistiría, ¿es que cree que tengo tiempo de ir a echarle vaselina a su calva o que me recostaré en sus piernas mientras me cuenta la historia de su vida? Me senté entonces y no hacía nada en particular, el hombre leía una novela y esperaba que todos resolviéramos unas preguntas, que por supuesto mis dos amigos hacían y yo no, eso sí que jamás. Me encontraba sentado en la segunda silla de la primera fila, llevaba un jean oscuro, algo formal y una camisa blanca con las mangas dobladas hasta los codos, con unos zapatos clásicos. Siempre me gustaba vestir de forma impecable, acorde a mis planes y pasaban muchas cosas por mi cabeza cuando se sienta a mi lado Lorena y sus amigas, las chicas que estuvieron en la fiesta en la ocasión anterior, en que me dejaron sin un solo centavo. Me puse a la defensiva, no planeaba darles dinero esta vez. —Hey, Santiago, ¿qué tal te va? Gracias a ti tuvimos alcohol para hacer y deshacer en la fiesta, gran gesto de tu parte —dijo Paulina y chasqueé la lengua—. Todos se embriagaron, fue genial. —¿Y mis tragos preferenciales? Me estafaste. —Pero si te fuiste a una cita con Lorena, eso no es mi culpa —dijo y por poco la vena de mi cuello estalla ante semejante comentario tan absurdo. Veía a Lorena mirarme, sonrojada y mis amigos no dejaban de reír porque me conocían, sabían que no la soportaba. —Mierda, creo que me acaba de dar diarrea y líquida que es peor. —¿Por qué siempre debes ser cruel con ella? ¿cuál es tu problema? —se quejó esta vez María Claudia y exhalé. —Podría dejar de ser cruel si tuviera mis tragos preferenciales. —Bien, mañana los tendrás, pero antes, nos preguntábamos si querías ir a la fiesta de cumpleaños de Ana María, será este sábado —comentó esta vez y fruncí el ceño. —¿Y quién es ella? —Oye, vive diagonal a tu casa desde que naciste. —Lo siento, no sé quién es. —Pues ella sí sabe quién eres tú y nos pidió que te invitáramos. No será la gran cosa, será algo similar a la fiesta de la vez pasada, pero en la noche esta vez. —Mmm, ¿ y ustedes irán? —pregunté y las tres asintieron al unísono. —Por supuesto. —Entonces no voy, ya como que las he visto mucho últimamente y mis ojos se agotan.—admití y me puse mis audífonos para ignorarlas y a ver si esta vez comprendían el mensaje, pero mi gesto pareció enfadarlas en sobremanera. La música estaba apagada, me los puse solo para que creyeran y así que podía escucharlas sin que lo supieran. Yo hacía gestos que hicieran parecer que escuchaba alguna canción pesada. —¿Cuál es tu problema? —escuché a Paulina quejarse, irritada al ver que la ignoraba de forma tan descarada, pero es que era la única forma de que entendiera el mensaje. No puede pensar que tengo tiempo para asistir a todas sus fiestas y mucho menos, de gente que no he visto en la vida. Hay prioridades y esta noche, tengo a una chica que extraditar de mi casa. Carla es la prioridad, su sufrimiento y el descenso del poder. Por mi parte, continuaba ignorándolas, era muy gracioso verlas enojarse, pero a la vez sorprendente de que pudiesen ser tan resistentes, ¿por qué tanto interés en que vaya? Sé que no soy la persona más divertida, no socializo básicamente con nadie aparte de mis amigos, aunque debo suponer por qué esperan mi presencia, les sería insoportable brindar una fiesta sin tan grata presencia, pero esta vez no pensaba ceder o bueno… eso creía, hasta que cierta persona arruinó por completo mis malévolos planes. Lorena, ante la frustración que le causaba el hecho de que me hablaran, pero que vilmente las ignorara, en un ataque de ira, me arrebató los audífonos, los rompió y todos la miramos anonadados. —Oye, esos audífonos costaron un ojo de la cara —me quejé y chasqueó la lengua. —¿Ah sí? No me digas. —Con esos audífonos enterraron viva a María Antonieta. Tuve que desenterrarla, profanando su c*****r y de allí obtuve tan preciada posesión, pero vienes tú a destruir la historia, ¿cómo te atreves? —Primero que todo, María Antonieta no fue enterrada viva y segundo, esta tecnología no existía en esa época. —Pero… —iba a proseguir con mis patrañas, pero Lorena, estando harta de mi actitud, me interrumpió enojada a más no poder. —No te iba a obligar, pero como te estás haciendo el chistoso, vas a ir. —Tendrás que aplanarme a ver si así cedo un poco, pero no creo. —¡Irás a las ocho a esa fiesta o hablaremos con la directora, con pruebas en mano y le diremos que en este mes solo has asistido a clases en menos de cuatro ocasiones! —Jaque mate —dijo Lucio y tuve un enorme deseo de inmolarme en ese momento. Regresé lo más pronto que pude a casa, enojado a más no poder y como era de esperarse, mamá no estaba en casa, nunca lo está en la tarde y por poco caigo cuando crucé la puerta, porque había varios paquetes de tamaño considerable en plena entrada, dentro de la casa y como siempre, los detallé, pero lo que vi dentro me dejó desconcertado, papá pidió alguna especie de… ¿bicicleta? ¿planea usar algo así? Él tiene un físico realmente lamentable y por eso me hace dudar, además no sé si las dimensiones de su rostro le permitan hacer tales hazañas o siquiera mover los pedales, creo que su rostro es más grande que las llantas, pobre bicicleta. Tampoco es que esta fuese bonita, era de color salmón brillante y tenía pegatinas de carreras, creo que al viejo se le pegaron los cables o tal vez ya esté en sus últimos días. No vi a la susodicha y eso fue un alivio, pero cuando subí a mi habitación, quedé anonadado al verla dentro, con un martillo en mano y al parecer, había estado haciendo algo que no quiero saber en mi habitación y justo en la esquina prohibida, porque detrás de mi gran foto a tamaño de un metro, guardo todo mi arsenal, mis planes, mapas, gráficos y no sé si descubrió mi secreto, maldición. Debo encontrar un nuevo escondite lejos de esa mujer. —¿Qué haces aquí? —pregunté a la defensiva y me mostró la pared, noté que había otra foto del mismo tamaño junto a la mía, no sé si estaba viendo doble, aunque ver semejante belleza dos veces, no le causaría un disgusto a nadie—. No entiendo nada. —Como llegué apenas, hoy he estado adecuando mi habitación y lo primero que vi al entrar fue una enorme foto tuya. Papá la aventó al piso e iba a pisarla, pero se la quité y se la regresé a su dueño —sonrió, con una expresión alegre como si acabara de hacerme un favor, pero el viejo con su gesto había declarado una guerra silenciosa en mi contra, ¿cómo se atrevió a pisar mi foto? ¿pensaba acaso que no me daría cuenta? Yo vigilo cada uno de sus movimientos y por semejante falta de respeto a su superior, me las voy a cobrar bien caro. No sé cómo osa de querer patear la foto de su futuro dirigente—. Tu foto digamos que es… interesante. —¿Interesante? Deberías tenerla de fondo de pantalla en tu teléfono y así tal vez, pueda mejorar un poco tu vida. —¿Por qué? —preguntó confundida y exhalé. —Sería como tener un amuleto de la buena suerte y además, considérate afortunada de que me conociste en primer plano antes de mi triunfo. —Mmm, está bien —iba a irse, pero al ver que no se inmutó siquiera en obedecerme, me atravesé en medio y ella me miró. —Oye tú, dame tu teléfono. —No tengo uno. —¿Cómo que no? ¿por qué? —No sé. —Mmm, apenas lo consigas, necesito que me lo des. —Bueno, si tanto quieres que tenga un teléfono, ¿por qué no me compras uno? Sería un lindo gesto de tu parte —dijo entre risas, tal vez bromeando, pero a mí nadie me bromea y menos ella. Esta será la última vez que sonrías en tu vida. —¿Ah? Ni borracho te regalaría algo así, ni nada en absoluto. —Está bien. —Eres irritante, tu actitud serena… me desagrada. —No, no soy así, soy genial. Con el tiempo te darás cuenta —se encogió de hombros y rodé los ojos, frustrado ante este ser tan poco razonable—.¿Por qué las dos veces que te he visto pareces estar a la defensiva? —¿No es algo obvio? —Mmm, pues… no sé. ¿Estás enfermo? ¿te duelen los riñones o tal vez… el ano? —No me hagas bromitas. —No, lo digo en serio. A papá… o bueno, a mi padre biológico, le daban fuertes dolores ahí porque tenía hemorroides y de las crónicas. Mamá le hacía masajes ahí muy perturbadores. —Ah, hemorroides te va a dar cuando ejecute mi plan. Será una orden presidencial. —Está bien, pero entonces esperaré a que tú me sobes —dijo entre risas y por mi mirada enojada, rió aún más y quise llorar ante la frustración que esto me causaba. —Anda, ya vete. Espero que rías mucho ahora, porque tienes las horas contadas. —Bueno, espero mi teléfono la próxima semana y si es rosado, sería mucho mejor, pero… sin tu foto. —¿Cómo que sin mi foto? —Es que… mmm, siendo sincera y espero no ofendas… no eres muy simpático que digamos. —¿Qué? —Mamá dijo que mi hermano mayor era guapo y precioso, pero… papá dijo que eras más feo que cagar con hambre, en palabras textuales y en mi opinión… eres un poco feo, pero es algo que se puede manejar. —¿Feo yo? ¿Cómo osas de decir algo así? Soy la más bella creación del universo existente. —Perdón, no volveré a decir algo así —recogió las cosas que usó para colgar mi foto y caminó hacia afuera, pero se detuvo antes—. Voy a hacer de cenar, si quieres me ayudas. —Ah, mejor vete de aquí —me acerqué a ella y la tomé por su brazo, sacándola de mi habitación y mi rostro quemaba del enojo. No sé si alguna vez me había sentido de esa manera antes, pero… ahora más que nunca, voy a tener que actuar sin contemplación alguna.
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