16.

1270 Words
Lorraine subió a la Mercedes Benz y esperó a que Atlas terminara de dar instrucciones a sus hombres. Observó la espectacular figura de su esposo, su postura recta, su mentón alzado. La manera en que el joven movía las manos al hablar, de repente un flashback de lo sucedido en la noche anterior le hizo sentir un escalofrío. Aquel hombre violento y degenerado que la observaba con morbo. Ese depravado s****l que la había follado de manera violenta y hasta cierto punto traumática. "Fui yo la que lo provocó". Reconoció ella algo abrumada. "Él estaba muy tranquilo y fuí yo la que le instó a actuar de esa manera". Siguió pensando ella. - Listo Woods... Vámonos. Dijo Atlas al subirse y sentarse en el lado del conductor. Lorraine asintio casi desmotivada puesto que le había entristecido bastante los recuerdos de su terrorífica noche de bodas. Atlas la percibió ausente y distante, e inmediatamente supo a qué se debía. - No vas a perdonarme nunca, ¿Verdad?. Preguntó él. Lorraine entonces le miró. - Es que... No puedo dejar de pensar... En lo mucho que te contienes cuando me haces el amor como la gente normal. Saber lo que realmente estás pensando cuando lo hacemos me pone la piel de gallina. Jamás imaginé que tuvieras ganas de estrangularme o cortarme. Se sinceró ella. Atlas asintió comprensivo, pero no estaba de acuerdo. - Te equivocas Woods, no quiero hacerte daño todo el tiempo y menos cada que hacemos el amor. Es solo que... Hay veces en las que yo... Simplemente quiero volver a mis viejos hábitos. Bueno, una parte de mi porque realmente yo me siento mejor sin toda esa mierda. Lo que te hice ayer... La manera en que te lo hice y lo que te hice sentir, me sentí tan... Vacío. Perdóname por favor. Le pidió él. Lorraine asintió. - Y... Todo eso que me hiciste... ¿Te lo hacían a ti?. Quiso saber ella. Atlas se detuvo a un lado de la carretera. - Si. Verás... Había un hombre, uno de la realeza que... Bueno a él le gustaba asfixiarme con bolsas en el rostro o me hacía torniquetes. Recordó éste. Lorraine tragó saliva. - ¿Que edad tenías?. Preguntó ella. - Unos doce años tal vez... Lo de la sangre lo aprendí con una mujer ella era empresaria y le gustaba solicitarme con frecuencia, si a caso yo tenía en aquel entonces catorce años. Pero el más sádico de todos era sin duda alguna Jaques... El me enseñó que se puede ejercer un dolor aún más poderoso que el físico. El mental... El emocional. Este tipo de sadismo creo yo que suelen ser los más placenteros para quien los ejerce y los más dolorosos para quien los sufre. Me hizo tener una dependencia a él, te voy a confesar algo que probablemente te parezca absurdo. Pero, hay veces en que siento que lo extraño... Reconoció él. Lorraine asintió. - Lo sé... Te he escuchado nombrarlo a veces mientras duermes. A veces murmuras que no quieres que el te deje... O que se quede. Investigué al respecto y creo que lo que te sucede es que tienes el Síndrome de Estocolmo. Y es normal teniendo en cuenta que durante una década con él. Le explicó ella muy triste. Atlas de nuevo puso el automóvil en marcha y permaneció en silencio unos minutos hasta que ella rompió el hielo. - Para serte sincera... Cuando lo conocí, me pareció absurdamente guapo. Noté que tenías ciertas similitudes físicas con él y también el tono de tu voz, su manera de expresarse, de mirar y de moverse. Hasta los gestos... De no ser porque yo sabía todo, hubiera creído que era tu padre. Recordó ella. - Sí... Lo sé. Y odiaba eso, él... Ese hombre me hizo mucho daño. Más del que cualquier otra persona en el mundo. Reconoció él. - Y... A mí me estás haciendo daño, más que nadie en el mundo. Hasta que no superes lo que te sucedió, me vas a arrastrar en toda esa mierda que te cargas. No puedo, simplemente no puedo hacer nada para repararte. Estás roto en mil pedazos... Tu sed de venganza, todo tu rencor... Tus traumas. Dijo ella ocasionando que Atlas frenara en seco. - Aún puedo remediarlo Woods... Se que puedo. Aseguró él. Lorraine entonces pensó que tal vez hizo mal en casarse con el sin haberlo conocido durante más tiempo. – Necesitamos darnos un tiempo... Dijo ella en voz baja. Atlas sintió que el pánico crecía en su pecho, pero no se sintió capaz de negarse ante aquel pedido. – Jamás te obligaría a estar conmigo. Si quieres que te de tu espacio para pensar, lo entiendo. Respondió él con tono firme. Lorraine lo miró unos instantes y luego asintió. Sin embargo rompió en llanto al cabo de unos minutos. – No te sientas culpable, no es tu culpa que yo esté así de roto. No tienes porque pasar tu vida con alguien como yo. Te amo demasiado como para arrastrarte en toda esta mierda de vida que tengo, y mereces por mucho ser feliz con alguien mentalmente sano. Reconoció él con tristeza. Lorraine asintió. - Debemos darnos prisa. Ya nos deben estar esperando. Le instó la muchacha. Atlas condujo el resto del camino muy serio; poco antes de llegar al pueblo dos camionetas se les cerraron impidiendoles el paso. Unos hombres descendieron de ellas y abrieron fuego. Atlas inmediatamente puso en reversa la camioneta y dio un volantazo para luego comenzar a conducir a toda prisa por la carretera de regreso. – Woods... ¿Estás bien?. Le preguntó nervioso. – Si... Creo que si... Vienen detrás nuestro. Le dijo ella. Atlas aceleró, fue entonces que se escucharon más detonaciones y se hicieron algunos impactos en la parte trasera de la camioneta. Entonces se escuchó uno de los cristales romperse y Lorraine se agachó. - ¡¿Quiénes son?! Preguntó asustada. Atlas no supo que responder asi que se limitó a seguir conduciendo de vuelta a la finca. Una bala le dió en la llanta trasera ocasionando que Atlas perdiera el control por unos instantes, sin embargo logró ver su propiedad a unos doscientos metros. Los hombres de Atlas escucharon las detonaciones e inmediatamente se subieron a las camionetas y fueron rápidamente para ayudarle. Así pues, una camioneta que le seguía, aceleró y logró darle alcance hasta quedar del lado del conductor, un hombre sacó un arma y empezó a disparar a la puerta, pero Atlas entonces viró hacia la izquierda y logró chocar al otro vehículo, haciendo que éste se saliera del camino y empezara a dar vueltas. Atlas condujo hasta la finca y sus hombres inmediatamente cerraron los enormes portones. – ¿Estás bien?. Le preguntó a la joven. – Si... Eso creo. Permanecieron unos segundos dentro del vehículo hasta que llegó Antonio y les dijo que podían bajar. Lorraine salió del interior y apenas tocó el suelo fue corriendo hacia Atlas para abrazarlo. Sin embargo Atlas no le devolvió el abrazo y la sujetó de la mano derecha para meterla al interior de la casa. – Lamento todo esto... Yo, no tengo idea de que pasó. Creo que lo mejor es que permanezcas aquí hasta que estemos seguros de que no hay peligro fuera y demos con los responsables. Le dijo el joven con la cara muy triste. Lorraine sabía que algo había cambiado en el y no era precisamente aquel atentado – Atlas... ¿Estás bien?. Le preguntó ella. El asintió y le dedicó una sonrisa fingida. – Claro... Ahora, iré a ver qué sucede allá afuera.
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