Es mentira
Hemos cumplido los cinco meses de embarazo y para mi pobre Rosy han sido terribles, sus mareos y nauseas no la han dejado en ningún momento. A veces, pasábamos toda la mañana frente a la taza del váter, mientras ella devolvía lo poco y nada que alcanzaba a comer yo le sujetaba su cabello y masajeaba su espalda.
Su cuerpo también había cambiado, ya se le notaba su pancita redonda como una bolita y sus senos, dios si ya me gustaban como eran antes, ahora no me podía quejar. Solo había un pequeño gran problema y era que ya no teníamos tanto sexo como antes y las veces que podía tocarla de esa manera eran casi más mecánicas, me sentía un poco mal por ella, porque parecía no disfrutarlo, que poco a poco fui cediendo y me auto complacía en la ducha para no molestarla.
Estamos en la consulta del doctor Kon para la revisión mensual de nuestro bebé, desde que pasamos el primer trimestre los controles han debido ser más seguidos, específicamente cuando cumplimos la semana catorce debido a uno de los exámenes de Rosy que nos indicó que su presión estaba un poco elevada por lo que debía cuidarla más y tratar que estuviera tranquila, cosa difícil pues tuvimos nuestros exámenes semestrales, pero como buen papá primerizo me había leído miles de artículos sobre el embarazo, artículos que Rosy me explicaba pues había términos que no entendía. A eso le sumamos el apoyo de mi mamá que viene todas mas semanas para llenarnos la despensa de comida saludable y casera.
Otro que nos ayudaba era Chris, mi amigo y hermano, se quedaba con mi ninfa las veces que yo tenía que dar pruebas y por dios que era buen enfermero, se portaba tanto o más sobre protector que yo.
Resultado de este nuevo control, tanto la mamá como el bebé estaban en perfectas condiciones y el doctor Kon nos ofreció si queríamos saber el sexo del bebé.
—Si tú lo quieres no me opongo — me dice mi ninfa y yo asiento pues claro que quiero saber que es.
—Vamos doctor, díganos ya, los dos queremos.
—Pues déjenme ver bien, a ver, a ver bebé, quieres decirle a tus papis ¿qué seras? —movió el transductor y esbozó una sonrisa—. Definitivamente tendrán una bella niña ¡Felicidades, chicos!
—Mi ninfa tendremos una mini tú.
—Si, mi amor, pero creo será igualita a ti, no, mejor dicho de eso estoy segura, será una copia de tí.
Ambos estamos llorando de la emoción y la felicidad que sentimos al ver a través de esa pantalla al fruto de nuestro amor.
Llegamos a casa y allí nos esperaban los chicos y mis papás con una pequeña celebración.
—Apuesto mi vida a que el doctor Kon les avisó.
—Pues claro, hijo. Por algo es el médico de la familia, ¡Felicidades por mi primera nieta!
No podía ser más feliz en la vida, tenía a la mujer que amaba y en menos de cuatro meses estaría con nosotros esa pequeña bebita que nos volvería locos de amor. En ese momento, recordé mi promesa…
—Amor…
—Si, mi vida.
—Recuerdas lo que te conté sobre tu anillo de bodas.
—¿Lo que le prometiste a esa señora?
—Ajá.
—Pues creo que debes cumplir con tu promesa, además Louise es un bonito nombre.
—Te dije que no se iba a negar— ese era James que me palmea la espalda, hacia algunos días que se lo había comentado y él me recalcó que eso lo debía hablar con mi ninfa.
—Pues entonces desde ya les queremos pedir algo—dice mi ninfa llamando a Chris con la mano.
—¿Qué quieres mi reina? ¿algún antojo?
—No, para nada, Chris—Rosy se ríe a carcajadas de las locuras de mi amigo—. Lo que queremos pedirles con Aaron es que sean los padrinos de Louise y a usted señora Diana que sea su madrina. Sabemos que usted con James la llevarán por el buen camino y tú Chris le enseñarás a ser una pilluela.
—Rosy…
Las risas de todos fueron como un bálsamo para mi corazón, como nunca me di cuenta que lo que hicimos, aunque fue un arrebato era lo mejor que habíamos hecho en nuestra vida...
El tiempo sigue su curso y estamos a un mes dem nacimiento de nuestra princesa Louise, las cosas no pueden estar mejor.
La madre de mi Rosy la vino a ver y al parecer se reconciliaron, aunque como ella dice yo no soy santo de su devoción, pero mientras mi ninfa esté contenta yo lo estoy.
Ya hace un mes que me estoy encargando de la sede en Londres y por eso debo viajar todos los días muy temprano, por suerte estamos de vacaciones de verano y el próximo semestre mi bella ninfa se lo tomaría de descanso para preocuparse solo de nuestra hija.
—Aaron, llegarás tarde, apresúrate.
Me grita desde la cocina, hoy tendría un día ajetreado en la oficina.
—Ya estoy aquí—le digo intentando hacerme el nudo de la corbata.
—Ven para acá, desordenado.
Mi hermosa ninfa arregla mi cabello y luego toma la corbata para hacer el nudo.
—¿Me veo bien?
—Te ves hermoso—dice, pero luego hacer una mueca que no me gusta.
—¿Te sientes bien?
—Sí, todo bien, es que parece que esta princesa está demasiado activa hoy.
Nos sentamos a desayunar y cuando sonó el timbre me levanté a recibir a mi amigo.
—Ha llegado el alma de esta casa.
—Deja la babosada, Chris y vámonos, quiero hacer todo rápido para volver temprano.
—No se preocupe mi bella dama, te lo devolveré antes que cante el gallo.
—Gracias mi Mosquetero.
Me despido de mi ninfa y me voy con una sensación de ansiedad que se mantiene todo el día.
Cuando termino todo lo presupuestado tomo las llaves de mi auto y le pregunto a Chris si se irá conmigo, pero el muy calentón ya estaba hablando con una chica, así que lo dejé y me fui. Subo a mi auto y enfilo mi rumbo hacia nuestro hogar. Iba cantando una canción de ELO cuando mi teléfono sonó y contesté con el manos libres al ver que era mi preciosa ninfa.
—¿Antojos amor?
—A… Aaron…
—¿Qué pasa Rosy?
—Amor, por… favor… apresúrate… yo…
Y la llamada se corta, por mi cabeza comienzan a pasar un sinfín de cosas y no sé cuántos semáforos y altos me pasé para llegar a casa, estaciono como puedo y sin apagar el motor me bajo, entro en el edificio y subo corriendo por las escaleras, al entrar me encuentro con mi ninfa tirada en el suelo sobre un charco de sangre y el mundo se me viene encima.
—¡Rosy!
—A… Aron, llegaste.
—Mi amor, no hables, te llevaré al hospital.
Como pude, la tomé en mis brazos y baje con cuidado, la coloqué en la parte trasera del auto y agradecí haberlo dejado encendido.
Nuevamente me pasé todos los altos y semáforos en rojo y llegamos al hospital, la tomé en mis brazos y corrí hacia la entrada.
—¡Qué alguien me ayude! ¡Llamen al doctor Kon! —grité desesperado, mientras una enfermera y un camillero me la quitaban y la colocaba en una camilla—. Ella tiene treinta y seis semanas de embarazo, sufrió de presión alta, pero estaba controlada.
—¿Cuánto tiempo lleva así?—me pregunta la enfermera y yo no sé qué decir.
—Hace una hora rompí fuente y luego comencé a sangrar—le responde con un hilo de voz mi Rosy. En eso aparece el doctor Kon y se pone a gritarle a todo el mundo.
—Aaron, necesito que salgas, debemos revisarla.
—No, no me van a separar de ella.
—Amor, hazle caso al doctor. Ve afuera, nosotras estaremos bien.
Salgo porque me obligan, pero no quiero dejarla sola. En eso escucho que por el altoparlante dicen “codigo rojo en la urgencia “ y todo el mundo empieza a correr, de la nada veo que sacan a mi Rosy en la camilla y me acerco corriendo.
—¿Dónde la llevan?
—Aaron necesitamos tratarla, la llevamos a pabellón ya todo está listo, por favor espera aquí.
—Aaron, amor— mi Rosy estira su mano y yo la tomo, esta tan asustada como yo—. Te amo, mi Mosquetero.
—Yo también, amor. Ya verás que todo sale bien y pronto estaremos con nuestra princesa.
—Si algo pasa, te lo ruego... decide por ella—me suplica con lágrimas en los ojos y yo no entiendo a qué se refiere.
—Amor, no pienses en eso.
—Prométemelo, Aaron.
—Te lo prometo.
Eso es lo último que le digo y debo soltar su mano, mientras traspasan el umbral donde están los pabellones y yo me quedo mirando hasta que se cierra la puerta.
Esto no podía ser cierto, estaba pagando y con creces mi maldito ataque de infantilismo, sentía que todo lo que había hecho para estar con ella me lo estaba cobrando la vida.
Mi mujer, mi Rosy, se encontraba entre la vida y la muerte y yo no podía hacer nada para ayudarla.
Caminaba en esa sala de espera del hospital, rogando porque saliera alguien a decirme algo, pero nada, ya había pasado más de una hora y nadie salía para decirme algo del estado de mi ninfa y nuestra bebé.
—¡Aaron!—Christian junto a Duncan corren hacia donde estoy y el menor de los O’Connor me abraza.
—Hermano, mi Rosy…
—Tranquilo, ella estará bien, al igual que la bebé, lo sabemos ella es fuerte.
—Pero si la hubieras visto, estaba llena de sangre y le dolía mucho —digo entre lágrimas, unas que me permití soltar con ellos, tenía tanto miedo de lo que estaba pasando en esa sala de hospital que no pude aguantarlo.
—Aaron…
—Doctor Kon, ¿Cómo están ambas?
El doctor me mira con una expresión un tanto incómoda y eso me asusta, toma mi mano y trata de reconfortarme.
—En este momento, ambas están en una situación critica, Aaron y quiero que escuches bien lo que te voy a decir.
—No doctor, no me diga, no lo quiero escuchar, todo esto es un maldito error, ¡una mentira!
—Pues deberás hacerlo. En este momento Rosemary está con una hemorragia que no hemos podido controlar por lo que la están preparando para una cesárea de emergencia, la beba en estos momentos tampoco está bien ya que la obstetra nos ha señalado que no está en posición y tiene una doble circular en su cuello.
Siento que mi cuerpo se desvanece y si no fuera porque Duncan y Chris me sostienen habría caído al suelo, pero lo que sigue me termina de desmoronar.
—El problema es que si no sale bien la operación debemos escoger, por lo que necesito que me digas ¿Cuál de las dos?
—¿Qué? ¿qué me está tratando de decir? Yo… yo no puedo…
—Sí puedes, y debes hacerlo. Aaron, hazlo por ellas, si tuviera que decidir en el pabellón necesito que me lo digas.
—¡Salve a mi Rosy!—grito desesperado, sin importarme lo que me había hecho prometerle.
—Está bien, muchacho. Ustedes son jóvenes y si dios te ha puesto esta prueba tienes que entender que se hará de acuerdo a lo que me has dicho.
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