(punto de vista de Valentina)
No pensaba moverme de ahí, mi padre estaba en una cama, con tubos y máquinas que pitaban como si fueran a fallar en cualquier momento. Los médicos decían que estaba “estable”, pero eso no me tranquilizaba, lo había visto, lucía pálido, frágil, como si la muerte lo estuviera rondando.
Me quedé fuera de la habitación, esperando, Luca, mi primo, estaba a mi lado, revisando su teléfono sin parar, como si las respuestas al desastre estuvieran en la pantalla.
—Para de mirar esa cosa —le dije, con la voz tensa.
Levantó la cabeza, sus ojos oscuros me estudiaron por un segundo.
—Estoy coordinando, Valentina. Cálmate.
—¿Calmarme? —Me incliné hacia él, hablando bajo para no gritar— mi padre está ahí dentro, Luca. No me digas qué hacer.
Suspiró, guardó el teléfono y se frotó la nuca.
—Los Navarro tienen esto bajo control, hay médicos, seguridad, todo. No puedes hacer más ahora.
No le contesté, no confiaba en los Navarro, no del todo. Eran aliados porque mi padre lo decidió, pero en este mundo, nadie te ayuda sin querer algo a cambio.
Elías apareció por el pasillo, lleva una camiseta gris ajustada y jeans oscuros, nada del traje impecable que usó en el muelle. Sus ojos grises me encontraron, había algo en ellos que me ponía alerta, como si estuviera evaluando cada uno de mis movimientos.
—¿Cómo está? —preguntó.
—No me dicen mucho, solo que está estable, pero no me dejan verlo —respondí, cruzando los brazos.
Asintió, se alejó para hablar con una de las enfermeras, la pobre mujer parecía intimidada por él, no me sorprendió. Elías tenía esa aura de control puro, volvió con nosotros después.
—Está despierto, puedes verlo, pero no mucho rato.
Me levanté, Luca se quedó atrás, y Elías caminó a mi lado hasta la puerta de la habitación. Antes de entrar, me agarró del brazo.
—No lo presiones —dijo, en voz baja— está débil.
Lo mire, desafiante.
—Sé cómo tratar a mi padre, Navarro.
No respondió, solo soltó mi brazo y me dejó pasar.
Dentro, mi padre parecía un extraño. Su piel estaba pálida, y sus ojos hundidos, pero me reconoció y esbozó una sonrisa débil.
—Valentina —susurró.
—Papá —me acerqué, y tomé su mano— vas a estar bien.
—No te preocupes por mí —dijo, cada palabra era un esfuerzo— los Navarro... confía en ellos.
—No empieces —lo corté, apretando su mano— tú solo mejora.
No dijo más, solo cerró los ojos, el médico entró y me pidió que saliera. Me resistí, pero sabía que no había opción. En el pasillo, Elías estaba apoyado contra la pared, observándome.
—Está vivo —dije, más para mí que para él.
—Es un luchador —respondió, y por un segundo, sonó humano, no como el monstruo que todos temen —debes ir a descansar.
—No me moveré hasta que esté fuera de peligro —dije, cruzando los brazos.
Me miró, evaluándome.
—No es una negociación, Valentina. No puedes quedarte aquí eternamente.
—Intenta quitarme —repliqué, sosteniendo su mirada.
No discutió, en cambio, se sentó en una silla cerca, sacó un cigarro del bolsillo pero no lo encendió, solo lo giró entre sus dedos. Me senté a unos metros, el silencio entre nosotros era pesado. Luca se fue a revisar algo con los guardias, y quedamos solos.
Pasaron un par de horas, finalmente, el médico salió y dijo que mi padre está fuera de peligro, pero necesitaba reposo total. Sentí alivio.
—Ahora sí, a descansar —dijo Elías, levantándose.
No protesté, estaba agotada, sentía el cuerpo entumido y moría de hambre.
Seguí a Elías por pasillos que parecían interminables, había varios guardias en cada área, escapar de un lugar así sería difícil, en caso de que se necesitará.
Me guio hasta una habitación en el tercer piso, una habitación enorme, con vista al jardín y terraza.
—No pienso dormir —le dije a Elías, que estaba en la puerta.
—Haz lo que quieras —respondió, encogiéndose de hombros— pero hay comida en la cocina por si quieres algo.
Se fue, y me quedé sola, caminé por la habitación, me sentía inquieta. Abrí el armario por curiosidad: estaba vacío, pero encontré una camisa blanca de hombre, probablemente olvidada por alguien. Decidí ducharme.
Entré al baño y encendí el agua caliente, esperaba que pudiera disminuir la tensión en mis hombros, me quedé bajo el chorro de agua por un rato, al salir me sequé y me puse la camisa que había encontrado, me quedaba grande, y me cubría solo hasta los muslos, enrolle las mangas para sentirme más cómoda, dejé mi ropa sucia en una esquina.
No dormí, no podía hacerlo, mi cabeza era un torbellino, recordaba el ataque, mi padre, todo lo que había dejado atrás, incluso mi novio, escuché que llamaban a la puerta.
—¿Qué? —pregunté, sin moverme.
Elías entró, llevaba una botella de agua y un plato con un sándwich, lo colocó sobre la mesilla de noche.
—No comiste —dijo, apoyándose en la pared.
—No tengo hambre —mentí, aunque mi estómago estaba rugiendo.
Me miró, y esta vez sus ojos recorrieron mi cuerpo de una forma que no deberían, la camisa blanca, apenas abotonada, dejaba entrever más de lo permitido. No dijo nada, pero su mirada era intensa.
—¿Qué miras? —pregunté, cruzando los brazos para cubrirme.
Se encogió de hombros, pero no apartó la vista.
—Nada que no estés mostrando —respondió, su voz se escuchaba ronca.
El aire se puso cargado, extraño.
—No estoy aquí para que me estudies, Navarro —dije molesta.
—Y yo no estoy aquí para ser tu niñera —replicó, acercándose.
Estábamos cerca, demasiado, pude sentir su aliento a whisky y a tabaco.
—No necesito que nadie me cuide —dije.
—Claro que no —esbozó una sonrisa extraña.
Me miró por un segundo más.
—Come, y duerme, mañana será otro día.
Se dio la vuelta y salió, cerrando la puerta, yo me quedé allí, temblando, ese hombre era un descarado.
Me quedé quieta, escuchando sus pasos alejarse, miré el sándwich. Mi estómago volvió a retorcerse, recordándome que no había probado bocado en horas.
Tomé el plato y mordí el sandwich, me obligué a terminarlo, sentía rabia, rabia contra los que nos habían hecho esto. Rabia contra los Navarro por vernos tan débiles. Rabia contra mí misma por no poder hacer más.
Dejé el plato vacío y me acerqué a la ventana, afuera, el jardín estaba oscuro, iluminado solo por faroles tenues. Vi la silueta de un guardia patrullando.
Recordé a mi padre, solo, conectado a esa máquinas, abrí la puerta con cuidado. El pasillo estaba vacío y en silencio. Empecé a caminar, descalza, quería bajar, quería verlo.
No llegué lejos, apenas había doblado la esquina cuando una voz me detuvo.
—¿Te perdiste?
Me di la vuelta, Elías estaba allí, apoyado contra la pared, en la penumbra, parecía que me estaba esperando. Llevaba un vaso con un poco de whisky en la mano.
—No puedo dormir —dije, sintiéndome como una niña pillada haciendo algo malo.
—Lo sé —respondió él— pero volver a la habitación de tu padre no va a ayudarlo. Los médicos están con él, haciendo lo necesario.
Me quedé mirándolo.
—¿Por qué no te has ido? —pregunté— ¿Por qué estás aquí, en el pasillo?
Él bajó la mirada hacia su vaso, lo movió haciendo girar el líquido.
—Esta es mi casa, aquí estoy yo donde quiero. Y esta noche, quería asegurarme de que no ibas a hacer ninguna tontería.
—Cómo intentar escapar —dije, desafiante.
—Cómo irrumpir en la habitación de tu padre y ponerlo más nervioso de lo que ya está.
—No sé estar quieta —admití— no sé esperar.
—Pues aprende —dijo— porque ahora, esperar es lo único que te va a mantener viva. Y a él también.
Se acercó lentamente, yo no me moví.
—Vuelve a tu habitación, duerme.
Asentí, lentamente, sin apartar la mirada de la suya. Di la vuelta y regresé a la habitación, podía sentir su mirada.
Entré en la habitación y finalmente cerré los ojos y me dejé vencer por el agotamiento.