Sentía que las horas habían transcurrido a un ritmo dolorosamente lento. Cuando llegamos a la estación de Våkne, la mujer tuvo que marcharse, pues debía seguir su camino. Y, de cierto modo, lo agradecí; tanto como el que me hubiera llevado hasta ahí. Me sentía demasiado mal en ese momento, como para responder más preguntas o seguir inventando mentiras. Así, pues, pasé las horas agazapada en uno de los asientos de la estación, abrazándome a mí misma. Por supuesto, la mayor parte del tiempo estuvimos solo el vigilante y yo. Los viajeros comenzaron a llegar a primeras horas de la madrugada. Todos iban y venían, cada uno a su rumbo, algunos volteaban a mirarme por algunos momentos, confundidos por mi aspecto, pero seguían sus caminos. Todos tenían vidas simples en las que ocuparse, como yo

