POV: Adrien Powell
A veces siento que todo lo que he pasado estos años es el pago a una vida anterior en la que le hice algo muy feo a alguien.
Todavía recuerdo el día que llegué aquí y que conocí a Mel...
La oficina de la directora de la escuela Dalton era, francamente, aterradora. El olor a cera vieja y el silencio pesado me ponían nervioso. Mis padres me habían traído aquí desde que nos mudamos a Nueva York, y yo solo quería que el primer día terminara rápido.
Estaba sentado, aburrido, mirando hacia la ventana y escuchando a mis padres hablar con la profesora que estaría a mi cargo. Ella era amable, pero yo ya extrañaba mi antigua escuela y a mis viejos amigos.
Fue entonces cuando la vi.
Ella estaba sentada en la silla junto a una mujer hermosa que supuse era su madre. Era pequeña, con el pelo castaño , con unos reflejos rojos, recogido y una expresión... inconfundible. Tenía el ceño ligeramente fruncido, los labios apretados, y parecía estar sopesando mentalmente la manera de escapar de la oficina en la que estaba. Tenía una cara de limón agrio tan perfectamente concentrada que me resultó hipnotizante.
Me quedé mirándola. Ella no estaba aburrida; estaba indignada por tener que estar allí. Tenía una seriedad que no correspondía a su edad, y eso me pareció la cosa más fascinante que había visto. Era como si el mundo le debiera una disculpa personal por ser tan ruidoso y desordenado.
Mis ojos se clavaron en los suyos. Eran de un color intenso y, por un instante fugaz, se encontró con mi mirada. Mi corazón dio un vuelco. No fue una reacción normal. Fue como si una corriente eléctrica me recorriera el pecho. Sentí que me sonrojaba de inmediato. Ella desvió la mirada con la rapidez de un relámpago, como si la hubieran descubierto cometiendo un crimen.
Esa niña, pensé. ¿Quién será?
Minutos después, cuando ya estaba con mi nueva profesora, conocí a Cameron. Cameron Scott era un desastre de energía y caos, pero era divertido y fácil de llevar. Hablaba sin parar, y pronto me contó sobre su familia: sus hermanos mayores, sus padres abogados, y... Mel.
—Mi melliza es Mel —me había dicho Cameron en el patio. —Ella es la inteligente y la seria. Demasiado seria. Pone cara de limón agrio siempre. Es como el Grinch del cuento las 24/7, los 365 días de la semana.
Una sonrisa se dibujó en mi rostro. ¡La cara de limón agrio! Era ella.
Cuando Cameron me la presentó en el recreo, sentí una mezcla de nervios y emoción.
—Mira Mel, te presento a mi nuevo amigo. Adrien Powell.
Ella se giró y me lanzó esa mirada de escrutinio que ya había memorizado en la oficina. En lugar de decir "Hola", me atacó verbalmente:
—¿Y quién es este? ¿Lo recogiste de la calle, Cameron?
Mi estómago se revolvió, pero no de miedo, sino de... deleite. ¡Era perfecta! Grosera, seria y desconfiada. Ella no era como las otras niñas que sonreían automáticamente.
—Hola. Encantado de conocerte, Mel —respondí, sonrojado de nuevo. Le confesé que Cameron me había hablado de ella.
Y ella me atacó de nuevo: que su hermano era un desastre, que yo debía buscarme otro amigo. Me advirtió, me reprochó, y me dijo directamente que no le gustaba.
—Pues a mí no me gustas. Nada. Ni un poquito —me había dicho con esa cara tan seria.
Y en ese momento, supe que estaba perdido.
Me enamoré de su hostilidad. Me enamoré de la forma en que su ceño se fruncía. Me enamoré del desafío en sus ojos. Yo no era un chico conflictivo; me gustaba hacer amigos, pero la idea de que esta pequeña y seria fuerza de la naturaleza me viera como un "incordio sospechoso" me dio un propósito: conquistarla.
Ay, Mel, Mel...
El tiempo pasó, y mi amistad con Cameron se hizo inseparable. Pero mi relación con Mel se estancó en esa extraña dinámica de amor y odio. Ella me detestaba, o al menos eso fingía, y yo... yo usaba su hostilidad como excusa para molestarla.
Siempre supe que no eran celos de hermana, como Cameron y el resto de la familia pensaban.
—Mel está celosa– repetía Cameron–. Le molesta que tengas más tiempo libre.
Pero yo sabía la verdad. Cada vez que Mel me miraba con su cara de Grinch enfurecido y me atacaba verbalmente, sus ojos se detenían un segundo de más. Su postura era rígida. Había una intensidad en su aversión que solo podía provenir de la necesidad de mantener una barrera. Y yo era esa barrera.
Hoy, cuando Cameron y yo salimos a la pista, la vimos. Mel estaba haciendo las pruebas para el equipo femenino de hockey. Era una defensora feroz, patinando con una determinación casi violenta. Era increíblemente buena. Y yo la veía deslizarse, con ese uniforme, y sabía por qué lo hacía. Cuando se acercó a Hanny, su amiga inseparable y el eterno amor de Cameron no me quedé quieto y le hice señas a Cam. El me siguió la corriente y fuimos a felicitarla, pero como siempre, ella tenía que ser ella.
—Y tú —me atacó en cuanto me vio—. No sé qué haces aquí. ¿No tienes un hoyo que cavar, Powell?
Una risa me brotó del pecho. La amaba. Amaba esa seriedad, esa fachada.
—El hoyo está en el centro de la pista, Mel. Me temo que tendremos que compartirlo —respondí, disfrutando de ver cómo su rostro se ponía ligeramente rojo.
Ella me lanzó una advertencia sobre vigilarme para que no metiera a Cameron en problemas. Era la excusa perfecta para acercarse.
—¿Me vigilarás? ¿Significa eso que al fin me mirarás más a menudo, Scott? Porque, francamente, me gusta cuando me miras. Incluso si es con esa cara de limón agrio.
Vi cómo se quedaba sin palabras. Era un momento de verdad entre nosotros, escondido a plena vista. Cameron lo interpretó como "celos de hermana", y Mel huyó, furiosa.
Pero yo sabía que habíamos ganado. Ella estaba en el equipo. Ahora la tendría más cerca. La fachada de odio de Mel iba a tener que romperse si quería vigilarme tan de cerca.
Adrien Powell, la misión de conquistar a la chica con cara de limón agrio, continúa...