El Incordio y la Biblioteca
Narrador Omnisciente
El campus de Harvard era majestuoso y solemne. Los edificios de ladrillo rojo, cubiertos de hiedra, olían a antigüedad y conocimiento, un aroma que hacía que Mel Scott—Ahora, Melanie Soré — se sintiera inmediatamente en casa. Había pasado los primeros días de orientación esquivando a propósito todos los lugares que podrían ser frecuentados por el incordio Powell. Había logrado inscribirse en sus clases de derecho pre-universitario y se había instalado en su dormitorio, un santuario de orden y libros.
—Estoy en Harvard. Soy libre. Seré abogada defensora en formación—se repetía Mel.
Pero la libertad académica no se tradujo en libertad de él amigo de su hermano, Adrien Powell.
Una tarde, Mel se encontraba en el corazón de su nuevo dominio: la hermosa biblioteca. Estaba sentada en una mesa de estudio apartada, rodeada de pilas de textos, inmersa en una lectura compleja. Era su momento de paz.
—Vaya, Scott. No cambias. ¿No te aburre estudiar tanto?
La voz profunda y burlona hizo que Mel saltara en su silla, haciendo que el bolígrafo cayera al suelo. Levantó la vista y, justo al otro lado de la mesa, estaba él. Adrien Powell, con un suéter de Harvard y una mochila, sonriendo con una suficiencia exasperante.
—¡Powell! ¡No me digas Scott! Soy Soré—siseó Mel, mirando a su alrededor para asegurarse de que nadie la hubiera escuchado. —Estamos en la biblioteca. Aquí se mantiene el silencio. ¿O es que en Dalton te enseñaron que las bibliotecas eran para hacer ruido?
Adrien se sentó en la silla frente a ella con un movimiento ágil y silencioso, sin perturbar ni una sola de sus pilas de libros.
—Me enseñaron que la biblioteca es el lugar donde están los cerebritos. Y como yo planeo convertirme en uno, aquí estoy. Además, me inscribí en Estudios de Gobierno, así que también necesito estos libros viejos. A propósito ¿por qué Soré?
Pero a Mel solo se le quedó la primera frase que esa boquita dijo.
—¿Gobierno? ¿Tú? —Mel no pudo evitar el tono de incredulidad. —Eso es ridículo. ¿Qué pasó con ser una sombra? ¿Y el hockey? ¿mi hermano sabe lo que vas a hacer?
—Estoy en el equipo de hockey. Por supuesto. Y Cameron me deseó suerte por mensaje de texto.
En cuanto a lo de ser tu sombra, digamos que, al mudarme a Boston, tuve que actualizar mis prioridades. Ahora soy tu vigilante personal de estudios.
Mel lo fulminó con la mirada. —No necesito un vigilante. Y menos uno que es un experto en distracción.
—¿Ah, sí? ¿Y por qué estás tan roja ahora mismo? —preguntó Adrien, inclinándose sobre la mesa, con la voz baja y seductora que usaba solo para ella. La cercanía hizo que el aire se hiciera más denso.
—Estoy roja de la rabia que me da tu presencia —replicó Mel, intentando mantener la compostura. Cerró el libro con un golpe seco —. Mira, Powell, te lo dije. No existes para mí. Me voy.
Justo cuando Mel estaba a punto de levantarse, Adrien extendió la mano y la detuvo, tocando ligeramente su antebrazo. El contacto, incluso a través de la tela del suéter, fue un shock que le recorrió el cuerpo.
—Espera. No he venido solo a molestarte, Mel. Aunque lo disfruto.
Mel se quedó quieta, clavada por el toque y la seriedad de su voz.
—¿A qué viniste, entonces?
Adrien retiró la mano, pero mantuvo la mirada. Sacó un par de fotocopias de su mochila.
—El profesor de Estudios de Gobierno nos ha pedido hacer un grupo de estudio para el seminario sobre Jurisprudencia Constitucional. Necesito un compañero que sepa debatir sin caer en falacias. Y, lo creas o no, eres la única persona en este campus que no me da sueño. Eres la mejor.
Mel sintió un escalofrío de placer ante el cumplido, pero lo disfrazó de desdén.
—¿Me estás pidiendo ayuda? ¿Tú? ¿Adrien Powell, el que se burlaba de mí por ser la "cerebrito"?
—Lo estoy pidiendo. Sería... un desastre sin ti. Y sé que a ti te encanta ser la que corrige los errores. Piénsalo: tienes una razón legal para estar cerca de mí. Para ejercer tu "control de calidad".
Mel apretó los labios. Era la coartada perfecta. Podría mantener su fachada de "odio" y, al mismo tiempo, tener la excusa perfecta para interactuar con él. Era un plan horrible, pero terriblemente atractivo.
—De acuerdo, Powell —dijo Mel, retomando su máscara de Grinch académico—. Solo porque el profesor Clark tiene una reputación que mantener y no quiero que mi nota se vea afectada por tu incompetencia. Pero te lo advierto: esto es solo trabajo. No me hables de hockey, no me hables de Cameron, y bajo ninguna circunstancia intentes... besarme.
Adrien sonrió, una sonrisa triunfante.
—Entendido, Scott, perdón, Soré. Solo trabajo. Pero no prometo nada sobre los besos. Nos vemos mañana aquí, a las cinco.
Mel solo le gruñó como respuesta. Cuando Adrien se fue, Mel se quedó sentada, con su corazón latiendo como un tambor. El incordio no solo había llegado a Harvard; ahora la había arrastrado a un grupo de estudio.
"Dios mío. La biblioteca se ha convertido en una zona de guerra" – pensó, pero una parte de ella, la parte que amaba el desafío, no podía evitar sentirse emocionada.
Mientras tanto, Adrien tomaba su teléfono y marcaba a su fuente de información. Al otro lado de la línea, su hermano, su mejor amigo, sonrió de medio lado.
—¿Por fin la pudiste encontrar? ¿Me hiciste caso?
—Sí, pero hay algo que no entiendo.
—A ver, cuéntale a papi Cam ¿que es lo que te aflije?
—¿Por qué Mel usa el apellido de la tía Blue y no Scott?
—Siéntate, cariño. Esa es una historia larga que te debo contar.
Adrien se sentó en una de las bancas, mientras varias chicas lo miraban con ojos de deseo. Vamos, que el tipo es guapo, que decir guapo, se había transformado en todo un Adonis gracias a todos el ejercicio que hacía.
—Ya estoy listo.
—Lo que pasa es que mi hermanita quiere ganarse todo por su misma y no por nuestro apellido. No sé si has recorrido el campus, pero uno de los grandes salones tiene el nombre de nuestro abuelo.
—¿El viejo desgraciado ese?
—Ajá. Además, mi papá y Aaron salieron de ahí con suma c*m laude y el prestigio de Scott y asociados es reconocido en la escuela. Fue por eso que mi Mérida se le ocurrió la genial idea de pasar por el apellido de mamá y así nadie diría que ella está ahí por ser toda una Scott.
—Ya veo, ¡es una genia!
—Y tú el idiota que está enamorado hasta las patas de ella.