Mel
Y por fin llegaba nuestra graduación. Este día sería memorable, y me lo estaba tomando como mejor lo puedo hacer, con la cara de pocos amigos y refunfuñando como posesa porque no sé qué mierda decir en el discurso a los egresados. Sí, yo era la maldita mejor puta alumna de la historia de Dalton Upper Side, marcando el mentado legado de la familia Scott en esas aulas. Para mi mala suerte, Cameron terminó en España por intercambio, sino él sería lógicamente quien daría este discurso.
¿Qué diría?
—Queridos compañeros, el día de hoy estamos aquí reunidos… No, no, no, parece discurso de sacerdote ante los novios. Mejor les digo: Amigos, compañeros, profesores y familia. El día de hoy nos encontramos cerrando un ciclo, en el que a cada uno de nosotros nos ha tocado sortear más de alguna dificultad — si como no… me dirá más de alguno —, pero hemos salido airosos y henos aquí terminando nuestra etapa escolar para dar un paso gigante a la adultez.
Sí, me gusta cómo va.
—Te está quedando perfecto.
Me habla esa vocecita molesta que tanto me pica cada vez que lo tengo cerca y mierda, ahí está con su cara de bobo, las manos en los bolsillos y apoyado en el marco de la puerta de mi habitación. Lo había estado evitando todo el día, y ahora, en mi santuario, aparecía el incordio.
—¿Tu querida madre no te ha enseñado a tocar la puerta?
—Por supuesto que sí, sólo que al parecer deberás ir al otorrino porque no escuchaste que golpeé varias veces. Hazte ver, mujer.
—¿Qué quieres? O mejor dicho ¿Qué buscas aquí, Powell? Porque desde ya te aviso que Cameron no ha llegado y por lo que veo — digo revisando mi reloj y frunciendo el ceño por la hora que es — no llegará.
—Antes de suponer cosas te diré que quiero, no busco a nadie y Cameron ya me avisó que no podría estar con nosotros.
—¿Qué? — no podía ser cierto. Mi mellizo, mi otra mitad, lo había llamado a él y no a mí. No, eso no podía ser cierto. El nudo de celos, esa emoción que solo me permitía sentir hacia mi hermano, se apretó.
—Eso — se encogió de hombros y se acercó peligrosamente a mí. Odiaba cuando hacía eso, y más cuándo él había sido el culpable de robarme mi primer beso en una apuesta ridícula con Cameron hacía años. Me ponía nerviosa, y lo peor es que él lo sabía.
—Pero aún no te digo a qué vine.
—Habla pronto que necesito terminar este maldito discurso.
Adrien se quedó de pie, justo frente a mí, y por primera vez, su sonrisa juguetona se suavizó en algo que me desarmó un poco.
—Mel, yo… yo quiero ir a Harvard contigo.
—¿Qué te fumaste? —pregunté, sintiendo que mi cara de limón agrio se contraía al máximo—. No entiendo qué pretendes hacer en Harvard. ¿Qué vas a estudiar? ¿Ser mi sombra individual?
—Mel, me interesan más cosas que el hockey y, aunque no lo creas, Harvard tiene un muy buen equipo.
—¡Estás realmente loco, Powell! —exclamé, poniendo los ojos en blanco con exasperación. ¿Harvard? ¿Boston? Mi refugio, mi plan de escape—. Pero quién soy yo para detenerte. Haz lo que malditamente quieras y desde ya te lo digo: no te acerques a mí, no me conoces, no fuimos amigos, no eres el mejor amigo de mi hermano. Para mí no existes ni vas a existir, ¿te quedó claro?
Adrien ladeó la cabeza, su expresión volviéndose genuinamente seria por un momento.
—Nunca he entendido por qué me odias tanto, Mel.
—No te odio, no vale la pena —respondí, sintiendo el pinchazo de la mentira, pero incapaz de parar. Era mi mecanismo de defensa—. Eres demasiado insignificante para mí.
El brillo regresó a sus ojos, pero ahora era un brillo de desafío puro. Se inclinó un poco hacia adelante.
—Te creeré, pero ya sabes, nos vemos en Harvard.
Se giró y salió de la habitación, sin molestarse en cerrar la puerta.
Y yo que pensaba que este sería el adiós con este idiota y que por fin me desharía de él para siempre. Pero no. El muy bruto quiere ir a Boston. Mi destino. Mi santo grial académico.
Me dejé caer en la silla, frustrada, mirando el techo.
—¡Dios! ¿Podrías alguna vez ponerte de mi parte? —murmuré, sabiendo que la respuesta era no. El universo claramente pensaba que la mejor manera de entrenarme para la vida adulta era manteniéndome cerca del "incordio Powell".
Narrador Omnisciente...
La tarde de la graduación en la Dalton Upper Side era tan pomposa y perfecta como Mel había predicho y detestado. El auditorio, lleno de padres orgullosos, profesores nostálgicos y alumnos aliviados, vibraba con la formalidad del momento. Mel estaba en la primera fila, con su toga azul marino y el birrete bien puesto, luciendo como la estudiante modelo que era, aunque por dentro solo sentía una mezcla de ansiedad y resentimiento.
Harvard. Tendré que lidiar con él en Harvard, repetía su mente, como un mantra molesto.
Cuando la directora la nombró, Mel se levantó y caminó hacia el atril. Sus manos temblaban un poco mientras ajustaba las notas de su discurso, pero su rostro mantenía la seriedad profesional que había cultivado durante años.
Comenzó:
—Amigos, compañeros, profesores y familia. El día de hoy nos encontramos cerrando un ciclo, en el que a cada uno de nosotros nos ha tocado sortear más de alguna dificultad, pero hemos salido airosos y henos aquí terminando nuestra etapa escolar para dar un paso gigante a la adultez...
Mientras hablaba sobre el legado, la presión y la excelencia académica de la Dalton, sus ojos vagaron por la audiencia. Su familia, en primera línea, sonreía con orgullo, en especial Thomas y Blue. Hanny le guiñó un ojo.
Y luego, lo vio.
Adrien estaba sentado unas filas más atrás. Llevaba su toga con la misma facilidad despreocupada con la que vestía todo, y su atención estaba fijada completamente en ella. Pero no era la mirada burlona o desafiante a la que Mel estaba acostumbrada. Era una mirada diferente. Cálida, seria y concentrada, como la de un investigador que observa un fenómeno fascinante.
Esa intensidad la desarmó. Por un segundo, Mel perdió el hilo de su propio discurso. Las palabras se le atoraron en la garganta.
Concéntrate, Scott. Es el incordio. Es solo Powell, se dijo a sí misma.
Intentó recuperar el control de su voz, pero la mirada de Adrien no se movía. Justo cuando estaba a punto de hablar de la importancia de la 'integridad', Adrien hizo algo completamente inesperado.
Él levantó la mano muy lentamente, con el puño cerrado, y luego extendió solo el dedo medio y el anular, formando el símbolo de la paz, pero de una manera que solo un bromista de la Dalton entendería. Era el gesto que Cameron y él solían hacer para desearse "suerte" antes de un partido crucial, su versión ridícula y privada de un saludo de victoria.
Mel sintió que el aire le faltaba. El gesto era una burla a la formalidad, una interrupción, y al mismo tiempo... un reconocimiento directo y personal. Era como si le estuviera diciendo: Sé que estás nerviosa, pero lo estás haciendo bien, Mel.
Mel sintió que su fachada se resquebrajaba. Sus labios se curvaron, no en su acostumbrado ceño fruncido, sino en una pequeña y fugaz sonrisa que nadie más en el auditorio pudo ver, pues la cubrió rápidamente con su mano al fingir que ajustaba el micrófono.
Se obligó a bajar la mirada a sus notas y recuperó el control.
—...Y si hay algo que he aprendido en estos años, es que la perseverancia es nuestra mejor arma —continuó, con voz firme—. La perseverancia nos enseña a luchar por lo que queremos, incluso si al principio el camino parece lleno de... incordios inesperados. Pero, a menudo, esos incordios son exactamente lo que nos impulsa a ser mejores.
Mientras terminaba su discurso, Mel sintió una oleada de alivio. Había logrado convertir su frustración personal en una línea de discurso que resonó en el público. El aplauso fue estruendoso.
Al bajar del atril, Mel pasó junto a la fila donde estaba sentado Adrien. Él la miró directamente a los ojos, con la sonrisa completamente restaurada, una sonrisa que era una mezcla de victoria y desafío.
—Buen discurso, Scott —susurró él, tan bajo que solo ella pudo oírlo.
—Guarda tu aliento, Powell. Nos vemos en Boston —replicó Mel, sin detenerse, con su rostro de limón agrio en su lugar, pero con un brillo en los ojos que ya no podía disimular del todo.
El "adiós" se había convertido en un "nos vemos pronto". Y, para su horror y secreta emoción, la idea de tener que lidiar con el incordio Powell en Harvard ya no parecía el fin del mundo, sino el comienzo de una nueva y complicada batalla.