—¿N-no bajas aquí? —lo cuestiono con la voz entrecortada. —Ya no —responde y el tono de su voz me demuestra que está furioso. Subo al ascensor y me acomodo en una esquina, evitando en todo momento la mirada de Dante que parecen miles de cuchillos atacándome por todos lados. Por suerte no somos los únicos que subimos, ya que Dorian aparece como caído del cielo junto con Esmeray. —¡Hola Clarisse! —me saluda con una enorme sonrisa—. ¿Cómo te has sentido? ¿No te ha dado molestias este bebé? —me cuestiona señalando mi vientre. —¡Hola Dorian! No, solo lo normal, pero me he sentido muy bien. Casi podría decirse que ni siento que esté embarazada. —Como te lo dije cuando volvimos de Santorini, eres afortunada —cuando Dante escucha esas palabras, me lanza una mirada fúrica, pero igual que hace

