Clarisse Stratford
Meses atrás
Observo la prueba en mi mano y una pequeña opresión en mi pecho me impide respirar con normalidad cuando me percato que es igual a la del mes anterior y ésta a su vez al anterior, y así podría seguir enumerando. La observo una última vez y la arrojó a la papelera, cuando salgo del baño Santiago me mira expectante.
—¿Cómo salió? —inquiere con enorme sonrisa en su rostro.
—Igual que las anteriores —respondo sin ninguna emoción en mi voz.
—¿Cómo que igual que las anteriores?, ¿de nuevo no pudiste embarazarte? —me acusa con un deje de rencor en cada una de sus palabras.
—¡No pudimos! —aclaro molesta por su actitud—. Que yo recuerde los dos somos quienes lo estamos intentando y puede que el problema no sea mío, ¿no te has puesto a pensar en ello?
—Lo siento, pero es seguro que yo no soy el del problema. Aquí la única que no puede engendrar un hijo en su vientre seco eres tú —ante sus palabras lo miro con incredulidad y sin más le suelto una cachetada que resuena por toda la habitación.
—¡Eres un estúpido! —regreso al baño y me encierro hasta que escucho que Santiago sale de la habitación, después de unos minutos el inconfundible motor de su auto me indica que se ha ido de la casa.
Me dejo caer junto a la tina y envuelvo mis piernas con mis brazos, mientras entierro mi cabeza entre ellas. Ahora que sé que estoy sola, me permito llorar al saber que, aunque lo niegue mil veces, mi vientre está seco como Santiago acaba de decir y que nunca seré capaz de dar vida a otro ser humano, nunca podré experimentar ese calor de un pequeño cuerpecito aferrándose al mío, tomar su manita y que ese pequeño ser me regale la mejor de las sonrisas.
Desde hace poco más de un año hemos intentado tener un bebé y si bien al principio era algo que no deseaba por el simple hecho de que no cuento con el suficiente tiempo para cuidar de una criatura, con el paso del tiempo me hice a la idea de ver mi vientre abultado y albergando una pequeña vida en él, sin embargo, desde hace algunos meses cada que la prueba sale negativa, Santiago no deja de culparme por ello.
Al principio pensé que era por el tiempo que estuve con el implante subdérmico, pero cuando pasaron los meses y simplemente todas las pruebas comenzaron a salir negativas, comencé a hacerme a la idea de que era algo más que andaba mal con mi cuerpo.
En uno de esos tantos meses en que fallamos le sugerí a Santiago visitar algún médico y verificar que no fuese algo más, pero en cuanto eso, escapo de mi boca, él se enojó a tal extremo que se fue de la casa por algunos días.
Me pongo de pie y observo mi rostro en el espejo, cuando por fin me siento más tranquila, tomo una ducha para comenzar como cualquier otro día con mi jornada laboral, dejando en un rincón de mi ser las palabras que me dijo Santiago, ya después tendré tiempo de dejarme decaer por ello.
[…]
—¡Buenos días, señorita Clarisse! —me saludan las recepcionistas al mismo tiempo cuando paso a su lado.
—¡Buenos días, Carlota, Alice!
Subo al ascensor y cuando llego al penúltimo piso bajo totalmente lista para ponerme al día con mis pendientes.
—¡Hola Antonella, buen día! —saludo a mi asistente quien, igual que todos los días, es tan atolondrada que la veo en el piso, a gatas y buscando algún objeto que seguramente resbalo de sus manos al intentar llevar al mismo tiempo las carpetas, una taza de café, su tablet y hasta su bolso.
—¡Lo siento, señorita Clarisse! —se disculpa, acomodando sus lentes sobre el puente de su nariz—, en un momento le llevo su café.
—Además del café puedes traerme algo más para desayunar, no tuve tiempo de tomarlo en casa —pido al recordar la discusión con Santiago y gracias a la cual no tuve ganas de provocar bocado.
Al cabo de unos minutos Antonella aparece un poco más presentable y sonriendo un tanto avergonzada por el espectáculo que me acaba de dar.
—Aquí está su desayuno —indica cuando deja una pequeña taza humeante de delicioso café y un emparedado.
—Gracias Antonella. ¿Qué pendientes tenemos para hoy? —inquiero al tiempo que tomo mi desayuno y le indico que se siente frente a mí.
—Hoy, después de la comida, tiene una reunión de emergencia con su padre y los accionistas, al parecer aún tienen problemas con la inauguración del hotel del Caribe. Están planteándose que sea usted quien vaya a gestionar todo en lo que se encuentra al candidato ideal para la gerencia.
—Creo que sería una buena oportunidad para distraerme —musito con tristeza al recordar mi pelea con Santiago—. ¿Tengo algún otro pendiente?
—Sí, hoy tiene la cita con el abogado que me pidió buscar para su asunto privado —me recuerda con los labios en una fina línea.
Me quedo pensando durante algunos segundos y ya no estoy tan segura de regalarle a Santiago el resort, no después de todo lo que ha pasado en las últimas semanas.
—¿Desea que confirme su cita? —inquiere atenta a mi respuesta.
—No, creo que es mejor que la canceles y dile al abogado que lo volveré a contactar en otro momento, que ahora estoy resolviendo algunos asuntos muy importantes.
—Perfecto —musita con alegría.
—¿Antonella?
—Dígame, señorita Clarisse.
—¿Estás feliz de que no vaya a traspasar el resort a Santiago? —la cuestiono observando su comportamiento.
—No, nunca sería capaz de meterme en sus asuntos.
—Me parece que te alegraste de que posponga esa cita, ¿a qué se debe esa actitud? —pregunto recargando mi barbilla sobre mi mano.
—A nada, señorita Clarisse, pero creo que ese resort es demasiado importante como para darlo tan fácilmente. La vi trabajar sin descanso durante meses para sacarlo adelante, quedarse hasta altas horas de la noche dando lo mejor de sí y me parece que debería pensarlo bien antes de entregarlo como si fuese un simple reloj.
Me quedo muda sin saber qué decir ante sus palabras, pero creo que en el fondo era lo que necesita escuchar para no arrepentirme de la decisión que ya he tomado.
—G-gracias por tus palabras Antonella, puedes retirarte.
—En esta carpeta dejé el último reporte del resort, así como los perfiles de los prospectos para el puesto de gerente —me la tiende antes de salir—, su padre está molesto con Recursos Humanos del Caribe, porque los que han buscado no son aptos y cuentan con muy poca experiencia.
—Los revisaré, avísame cuando lleguen los directivos.
—Sí, señorita Clarisse.
Abro la carpeta y comienzo a revisar los documentos que mencionó Antonella, lanzo un suspiro de frustración al darme cuenta de que mi padre tiene razón para el puesto de gerente, parece que no se están esforzando en buscar al mejor candidato, por el contrario, parece que desean ponernos el pie.
—¿Antonella? —inquiero en cuanto mi asistente responde del otro lado de la línea.
—Dígame, señorita Clarisse, ¿en qué le puedo ayudar?
—Pide al área de Recursos Humanos del hotel que lancen la convocatoria para buscar gerente y que todos los perfiles me los manden directamente a mí, yo seré quien los revise.
—Ahora lo pido.
—Gracias —corto la llamada y durante las siguientes horas sigo absorta revisando hasta el más mínimo detalle de como se ha gestionado todo en el Caribe, frunzo el ceño al ver que no se ha llevado como yo esperaría, por lo que decido que en la reunión de más tarde yo misma haré la sugerencia de trasladarme allá.
La puerta de mi oficina se abre y cuando estoy por reñir a la persona que lo hizo, mis ojos se encuentran con los de Santiago.
—¿Qué haces aquí? —inquiero, levantando mi vista solo por algunos segundos.
—Vine a visitarte y disculparme por lo que sucedió esta mañana —responde al tiempo que me tiende un enorme arreglo floral.
—¿Sabías que dependiendo el tamaño del regalo es la culpa? —cuestiono con frialdad.
—Por favor Clarisse, sé que me equivoque, pero también compréndeme, hemos intentado tener un bebé por meses y simplemente te es imposible —cuando lo escucho mencionar esto levanto la mirada molesta, pero cuando se percata de ello se retracta de sus palabras—, lo siento, es solo que me siento frustrado.
—¿Y crees que yo no? Yo también me frustro, por eso creo que sería bueno visitar a Chiara y…
—No pienso ir con tu amiga cuando ambos sabemos que yo no soy el del problema —responde a la defensiva.
—¿Sabes qué Santiago? Vete de mi oficina y espero que esta noche no te aparezcas por la casa, no deseo verte.
—Esa casa es mía, no me puede echar de ella. Yo venía a disculparme, pero siempre debes de arruinar todo Clarisse, será mejor que me marche —deja las flores en mi escritorio y cuando sale azota la puerta.
Me levanto de mi lugar y sin poder controlarme tomo las flores y las arrojo a la papelera, cuando vuelvo a tomar asiento limpio las lágrimas que he derramado sin darme cuenta.
Levanto el teléfono y me vuelvo a comunicar con Antonella.
—Te necesito en mi oficina —pido en cuanto esta responde.
—Estaré ahí en un momento.
Después de unos pocos segundos un pequeño toque a mi puerta me indica que mi asistente se encuentra del otro lado, por lo que la dejo pasar sin perder tiempo.
—Primero quiero que llames a alguien de limpieza y que saquen esas flores que están en la papelera —Antonella asiente—, y por último quiero que consigas a alguien para que vaya por todas mis cosas a casa de Santiago.
—¿T-todas sus cosas? ¿A dónde las llevamos? —cuestiona sin poder creerlo.
—Sí, Antonella, todas mis cosas, llévenlas a mi antiguo pent-house, pero por favor hazlo de la forma más discreta posible. No quiero que mi padre se entere.
—¿Ha terminado su relación con el señor Santiago? —inquiere con una pequeña sonrisa aflorando en su rostro, lo cual me deja perpleja.
—¿Te da gusto mi sufrimiento Antonella?
—Para nada, y-yo, nunca me alegraría de algo semejante.
—¿Y a que se debió esa sonrisa en tu rostro hace un instante?
—A nada en particular —musita bajando la mirada.
—Por un momento, pensé que te alegraba saber que había discutido con Santiago y no para tu información no he terminado con él, simplemente pasaré unos días en mi pent-house.
—En seguida pido lo que me solicito y en verdad lo siento, señorita Clarisse, no fue mi intención hacerle creer que me alegro por algo que le afecte.
—Puedes retirarte Antonella —respondo con frialdad.
Cuando me quedo a solas observo la pantalla de mi computador o por lo menos esa era mi intención, pero las lágrimas empañan mi visión. Durante años siempre he sido bastante condescendiente con Santiago, pero en estas últimas semanas su actitud para conmigo me hiere más de lo que deseo admitir, aprieto mi mano en un puño y golpeo mi vientre con furia, recriminándome por no ser capaz de concebir un bebé, tal vez si estuviese embarazada nada de esto estaría pasando.
Permito que el llanto me envuelva de tal forma que comienzo a hipar y solo me tranquilizo hasta que Antonella toca con timidez a mi puerta.
—¿Señorita Clarisse?
—¿Q-qué sucede Antonella? —inquiero con la voz entrecortada.
—Ya es mi hora de la comida, ¿desea que pida algo para usted?
—No, así estoy bien, puedes retirarte, solo asegúrate de que todo esté listo para cuando vaya a comenzar la reunión.
—N-no debe preocuparse por eso, ya dejé todo listo. Más tarde la veo —se despide.
Escucho como sus tacones resuenan por el pasillo y cuando se pierden en la distancia, me levanto de mi asiento y me encierro en el baño de mi oficina donde sé que nadie podrá molestarme, al menos por algunos minutos hasta que entra alguien de limpieza y se lleva las flores que dejó el imbécil de Santiago.