Camino hacia la sala de juntas y cuando abro la puerta me encuentro con los accionistas, quienes parecen bastante molestos por lo que ha sucedido en el resort, mi padre me hace un gesto con la mano y me pide que entre, mientras él continúa dando algunas explicaciones.
—Por favor, Orlando debes de darnos una respuesta concreta, no solo que no se ha encontrado al gerente del Caribe. Estamos a escasas semanas de su inauguración y seguimos como hace meses —exige uno de ellos.
—Ya nos estamos encargando de ello, el área de Recursos Humanos de aquí ha comenzado a buscar posibles candidatos y yo misma los entrevistaré —les informo tomando la palabra—, también creo que lo más conveniente para todos es que vaya directamente al resort y vea el funcionamiento de este.
—¿Es por el reporte que nos pasaron? —inquiere uno de ellos y por la forma en que habla sé que también está preocupado.
—Sí, es por ello.
—¿No será la competencia que están tratando de perjudicarnos?
—Es posible, por eso mismo creo que es mejor que vaya por algunas semanas y, ya que esté todo funcionando como se debe, podré regresar.
—Bien, en ese caso nos quedamos más tranquilos —murmuran.
Termina la reunión de emergencia a la que convocaron y nos quedamos solo mi padre y yo, pero dado que en los últimos meses hemos tenido bastantes confrontaciones debido a que siempre defiendo a Santiago el ambiente se siente un poco tenso.
—¿Cuándo te vas? —inquiere distante.
—Posiblemente el fin de semana. Deseo dejar todo resuelto aquí y también esperar a tener varios candidatos para el puesto.
—¿Viajarás sola?
—¿Si lo que deseas saber es si viajaré con Santiago? La respuesta es no, es muy posible que le pida a Antonella que vaya conmigo, pero aún no es seguro.
—¿Por qué? Ella es muy capaz y te será de gran ayuda allá.
Guardo silencio dado que no deseo contarle lo que sucedió hace unas horas con mi asistente y el pequeño rechazo que siento al estar cerca de ella, es como si mi inconsciente me gritase que ella me esconde algo o que, aunque lo niegue, se alegra de que mi relación con Santiago no vaya bien.
—En caso de requerirlo, la llevaré, siempre y cuando no sea indispensable aquí.
—Entonces mantenme al tanto de tu decisión y de cuando partirás.
—Te mantendré informado.
Salgo de la sala de juntas y regreso a mi oficina donde entierro mi rostro en todo el trabajo que tengo por delante, cerca de las ocho de la noche mi asistente entra para informarme que ya trasladaron todas mis cosas a mi antiguo pent-house.
—¿Desea que la ayude con otra cosa?
—No, Antonella. Ya puedes marcharte, yo seguiré trabajando.
—Hasta mañana —se despide antes de cerrar la puerta.
[…]
—¿Ya tienes listo tu equipaje Antonella? —la cuestiono observando la hora en mi móvil.
—Sí, la tengo en la sala de fotocopiado.
—Pídele a alguien de seguridad que la baje y la lleve a uno de los autos del hotel, ya nos está esperando uno de los choferes para llevarnos al aeropuerto.
—¿Y sus maletas?
—Ya las pasaron de mi auto al otro…
—¿Es en serio Clarisse? —escucho la voz de Santiago detrás de nosotras, me doy la vuelta y lo veo saliendo del ascensor y por la forma en que me mira, sé que no está de buenas.
—¿A qué te refieres?
—Sacaste todas tus cosas de mi casa solo por la pequeña discusión que tuvimos.
—Vaya, después de dos días es que por fin te das cuenta y te recuerdo que esa discusión la hemos tenido en más de una ocasión, y que siempre es por lo mismo.
—Pero esa no es excusa para que ante la primera discusión salgas huyendo de casa, además, estamos comprometidos.
—Como te lo repito no es la primera vez que discutimos por lo mismo y en cada una de ellas siempre me culpas a mí. Además, nuestro compromiso solo es de palabra.
—Pero aun así es un compromiso y es obvio que eres tú la del problema.
—¿Y por qué yo y no tú?
—Porque ya no eres tan joven como antes —grita y sus palabras son como un balde de agua helada, tanto así que siento como si me hubiesen dado un golpe certero y profundo al corazón e igual que hace días le suelto una cachetada que resuena por todo el lugar.
—Y-yo la espero abajo, señorita Clarisse —chilla Antonella, que no sabe hacia donde mirar.
—Baja al subterráneo y espérame ahí en lo que llevan tus maletas —le pido tragando el nudo que se ha formado en mi garganta y que me oprime de tal forma que es cuestión de tiempo para que rompa en llanto.
Espero a que Antonella salga casi corriendo y cuando estamos a solas encaro a Santiago.
—Es la última vez que vienes a mi trabajo y me dices algo como eso.
—Perdóname Clarisse —intenta acercarse a mí, pero yo doy un paso atrás—, por favor, no te compartes como una chiquilla.
—¡¡No quiero que me toques!! —grito cuando posa sus manos en mis brazos, por lo cual lo obligo a que me suelte dando de manotazos—. Como podrás darte cuenta iba de salida, así que por favor vete.
—¿A dónde vas? ¿Cuándo piensas regresar?
—Solo te diré que tengo asuntos que atender y no sé cuándo volveré, así que no me esperes.
Me doy la vuelta y subo al ascensor, una vez que las puertas metálicas se cierran, pego mi frente en una de las paredes y parpadeo en repetidas ocasiones para evitar que las lágrimas intenten escapar de mis ojos.
Llego al subterráneo y con paso rápido me encamino al auto donde ya esperan Antonella y el chófer, éste me abre la puerta y subo sin perder tiempo.
—En un momento llegan con mi equipaje —musita mi asistente con un hilillo de voz, evitando mirarme a los ojos.
—Perfecto, también espero que esto que sucedió…
—No se preocupe, no diré nada, seré como una tumba —solo asiento ante sus palabras y después de que llegan con su equipaje nos dirigimos al aeropuerto de Milán, donde ya está todo listo para nuestra partida.
—¿Hiciste lo que te pedí?
—Sí, señorita Clarisse. Nadie del Caribe sabe que iremos a revisar que es lo que está sucediendo allá, tampoco nos registre en algún otro hotel, por lo que podremos permanecer en el resort, de esa forma será más fácil para usted manejar todo.
—Gracias Antonella.
Recargo mi cabeza en el asiento y cierro mis ojos, recordando una y otra vez las palabras de Santiago »Ya no eres tan joven como antes«, y aunque me duelen es cierto, ya no soy una mujer tan joven como mi asistente que si decide tener un bebé a su edad, no voltearán a verla o harán comentarios sobre los riesgos de concebir un bebé.
Coloco mi mano en mi vientre y giro mi rostro para que Antonella no pueda ver las lágrimas que mojan mis mejillas.
—¿Se siente bien, señorita Clarisse? —inquiere esa vocecita a mi lado.
—E-estoy bien Antonella, solo estoy un poco cansada.
—Iré a pedir una manta para que se cubra con ella —solo doy un leve asentimiento de cabeza y escucho como mi asistente va donde las azafatas para pedir una manta, mientras limpio mis mejillas.
—Aquí tiene la manta, señorita Stratford —musita una de las azafatas.
—Gracias —respondo.
Tomo la manta y me cubro, mientras observo las nubes a través de la ventanilla, sin darme cuenta me quedo dormida y cuando despierto me percato de que han encendido las luces del avión, me estiro un poco y vuelvo a observar el nuevo paisaje donde se aprecian unas hermosas y titilantes estrellas adornando el cielo oscuro.
—¿Durmió bien?
—Sí, gracias, Antonella. Lo siento, me quede dormida sin darme cuenta.
—Era de esperarse, hemos tenido mucho trabajo en los últimos meses —menciona esbozando una pequeña sonrisa.
Después de más de diecisiete horas de viaje llegamos por fin a nuestro destino, giro mi cuello de un lado y luego del otro en un intento por quitarme esa tensión que siento por el viaje tan largo. Entramos por las que serán las puertas principales del resort y al instante vemos a unas cuantas personas que se encuentran trabajando en el lobby.
—Lo siento, pero aún no estamos recibiendo huéspedes, además, para poder alojarse en el resort debe de ser mediante reservación —expresa una de las chicas y me parece que es una de las recepcionistas.
—Quiero hablar con el jefe de Recursos Humanos —respondo tajante.
—Ya le dije que aún no estamos dando servicio —rebate con altanería—, no me obligue a llamar a seguridad.
—Y tú estás despedida. Soy Clarisse Stratford, la dueña del resort —en cuanto las personas de lobby me escuchan decir que soy la dueña, muchas de ellas palidecen al igual que la mujer frente a mí—. Quiero que todo el personal se reúna en diez minutos en el auditorio y que alguien suba nuestras pertenencias a dos habitaciones, no sé cómo estaban haciendo las cosas antes, pero de una vez les digo que todo va a cambiar de ahora en adelante.
Escucho unos cuantos murmullos y cuando me giro para observarlos, muchos comienzan a correr para informar a otros que deben de presentarse frente a mí, mientras que dos hombres toman nuestras pertenencias.
—Acompáñalos Antonella, deja las maletas en las habitaciones y después te veo en el auditorio, igual que al resto de ustedes.
—Y-yo lo siento, señorita Stratford —balbucea la mujer dando un pequeño paso al frente.
—Y yo lo siento más, esa no es forma de tratar a nuestros huéspedes, además de que desde el momento en que llegamos se sintió cierta hostilidad de su parte. Y no he cambiado de idea, estás despedida.
—Pero…
—Pero nada, toma tus cosas y después pasas a Recursos Humanos para que se te pague por el tiempo que has estado aquí, y por lo que veo muchos te seguirán —les informo molesta.
Paso por su lado y entro al ascensor, pulso el botón y subo al primer piso que es donde se encuentra el auditorio. Salgo con paso firme y una vez que lo encuentro abro las puertas, enciendo las luces y observo todo el lugar donde aún falta que se coloquen muchas cosas del mobiliario que en teoría ya deberían de estar, dado que estamos a escasas semanas de abrir, lanzo una maldición y espero a que llegue todo el personal.
Después de algunos minutos comienzan a llegar y cuando reconozco al jefe de Recursos Humanos le lanzo una mirada fulminante, pero tal parece que no se dio cuenta o bien paso por alto mi mirada porque se acerca como un manso cordero a donde me encuentro.
—¡B-buenas tardes, señorita Stratford! Nadie nos informó que vendría, por lo mismo pido una disculpa por cómo se comportó Tracy, pero como comprenderá todos estamos bastante estresados y…
—Y esa no es excusa para ser déspota y arrogante con nuestros huéspedes, bien pudo decirnos que aún estaban cerrados, pedir nuestros datos para informarnos cuando sería la inauguración, no tratarnos como si fuésemos basura —le recrimino en voz alta para que todos escuchen.
—Yo…
—Pase del otro lado, junto al resto del personal. Tengo que hacer un anuncio importante.
El hombre asiente de forma servil, pero me doy cuenta de que le molesta la manera en que le habló, sin embargo, no me importa y menos con lo que he descubierto de cómo se han llevado a cabo las cosas en cuanto a la administración.
Antonella entra después de unos segundos y de inmediato corre hacia donde me encuentro, me tiende una carpeta y permanece a mi lado dándome el apoyo que tanto necesito para el despido masivo que haremos.
—¿Hablaste con el nuevo personal de seguridad?
—Sí, ya están aquí —murmura y con un pequeño gesto de su barbilla me señala la entrada, donde veo como varios hombres comienzan a entrar al auditorio.
—Los he convocado aquí porque hemos notado ciertas irregularidades en el manejo del resort —al instante varios murmullos rompen el silencio, por lo que hablo más fuerte para hacerme escuchar—, y eso que aún no abrimos las puertas a nuestros huéspedes.
»He de confesar que nunca esperé algo semejante, durante todos estos años, los hoteles Stratford se han caracterizado por su manejo impecable y transparencia en todas sus inversiones, sin embargo, con un gran malestar, debo de decir que siempre existe una primera vez que alguien quiere sacar provecho y enriquecerse con dinero que no le pertenece.
—¿A qué se refiere? —brama el encargado de Contabilidad.
—A que desde aquí adentro han intentado ponernos el pie para que fracasemos y ya sabemos quiénes son, por lo que las consecuencias no se harán esperar…