—¡¡Anto!! —chilla Esmeray. —¡Te lo dije! —muevo la boca para que solo ella me entienda. —Nada de Anto, ella no es tu madre —la reprende Dorian y aunque por un momento deseaba interceder por ella, las palabras de su padre me dejan clavada en mi lugar. —Y-yo debo irme —musito apenada. —No te vayas Anto —solloza Esmeray, separándose de su padre y enredando sus bracitos en mis piernas—. ¡Quédate conmigo! —me pide sin dejar de llorar. —Creo que es mejor que me vaya pequeña, tu padre debe de querer estar solo contigo después del susto que le diste. —¡Por favor no te vayas! —me suplica sin apartarse de mí—. ¡Te he extrañado! —trago el nudo que se ha formado en mi garganta y cuando mis ojos se cruzan con los de Dorian, éste asiente ligeramente, por lo que dejo mi bolso en el sillón que se en

