Subimos a su auto y después de unos quince minutos de viaje llegamos a un pequeño consultorio, Dorian aparca el auto para después bajar de su lado y ayudarme a bajar, aun cuando le he dicho que no es necesario, desabrocha el cinturón a su hija y los tres entramos juntos donde somos recibidos por un hombre mayor de tal vez unos setenta años. —Dorian qué alegría verte —lo saluda con un fuerte abrazo—. ¿Viniste con tu familia? Hasta que por fin te dignaste a rehacer tu vida. —N-no, ella es una paciente. Hace un momento se cayó y está embarazada. —¡Ah! Ya entiendo, solo vienes a usar mi consultorio para después irte y olvidarte de este viejo que fue quien te enseño todo. —No es así Marcus. Sabes que te aprecio demasiado, pero no había podido venir porque tengo mucho trabajo. —¡Excusas! —s

