QUIZÁS ESTA HISTORIA comienza allí, desde que comencé en esa vieja estructura de miles de estudiantes. Yo, una capitalina de 20 años de edad. Cabello rubio, nariz perfilada, de padres italianos que se habían mudado para Argentina en la década de los 80, y años más tarde me tendrían a mi como primera hija. Medía quizás, unos 170 centímetros de alto. Para ese entonces, la hija preciada de la familia. La brillante alumna de ese famoso colegio de Sacerdotes de la ciudad de Mendoza. Me gradué con honores, sí. En ese entonces, mis sueños de juventud rebelde y romántica viajera se veían apaciguados por el dinero que escaseaba en ese entonces en mi bolsillo. Al graduarme, pasaron un par de años para entrar en la Universidad, hasta que por fin fui admitida. Mis padres me enviaron para Buenos Aires a estudiar en su famosa Universidad pública, que era una de las mejores del país. Y sí, para estudiar Medicina - la cliché carrera dorada de los padres para sus hijos - pero qué va, a mí no me entusiasmaba demasiado la idea. Cuando las clases empezaron, yo traté empedernidamente de ser una entusiasta estudiante de Medicina, y sobresalir como lo hice en Bachillerato. Ese glorioso intento me duró, quizás, una prolongación semi-exacta de dos semanas. Dos semanas en las que conocí la mitad de las discotecas y club nocturnos de Buenos Aires. Dos semanas y ya estaba saliendo con alguien a quien conocí producto de la Universidad. Pero bueno, eso todavía no afectaba en mis ánimos “sólidos” de ser una buena estudiante de Medicina, hasta ese punto de mi vida me perdía en las lecturas extensas de Herrera y Laterjet estudiando bioquímica, célula y ciclo de Krebs.
Luego de esas dos semanas, envían una cadena - de esas fastidiosas y largas que suelen enviar por w******p - en donde el Movimiento Estudiantil invitaba a una jornada de carnetización. Yo me sorprendí, porque hasta ese entonces pensé que la presencia de los Movimientos Estudiantiles en esa Universidad era inexistente, pasaban desapercibidos. Así que decidí informarme sobre ellos, y me parecía guay la idea de pertenecer a uno. Uno de los líderes del Movimiento me presentó al equipo, y delegó tareas desde aquella primera jornada a la que yo asistía como estudiante. Me atrapó el Movimiento Estudiantil, la política, me entusiasmaba de manera increíble, y yo quería ser partícipe de ello. Además, que la gente decía que los que estaban allí recibían beneficios y dinero. Y qué va, yo necesitaba de eso, sobre todo dinero. En Buenos Aires apenas tenía veinticinco dólares semanales que no me alcanzaban para nada. El dinero se me iba en vicios como café, cigarros y dulces constante. Y bueno, me alcanzaba para media semana solamente. Aún ahí no empezaba a experimentar esa sensación de vacío que te provoca la lejanía y la distancia, y que además se incrementa con esa perturbación constante de que el dinero es insuficiente para satisfacer necesidades que para ti son comunes.
––––––––
* * * *
EN MI VIDA HABÍA APARECIDO Sebastián, un capitalino, estudiante igual que yo del primer año de Medicina. Un flaco alto, pelo lacio, de lentes de pasta, con una altura bastante superior a la mía, y muy inteligente. A él no le atraía nada de lo que a mí me gustaba, y quizás allí en esa divergencia de pensamientos se encontraba esa llama que perennemente alumbraba nuestro amor con alevosía. Si yo era fanática de la política, él la detestaba. No sabía quién era Cortázar, ni que poemas había escrito Andrés Bello. Incluso, hasta le molestaba que a mí me encantara la política. Éramos muy distintos, completamente. A él le fascinaban las fiestas, y salir de noche frecuentemente, y a mí, sencillamente no me agradaba la idea (y mucho menos que él fuese sólo con su amigo). Pero había algo en él que me atraía, y lo confesaré aquí desde el anonimato; tenía una manera increíble para hacer el amor, que quizás me sostenía ilusionadamente de él.
––––––––
* * * *
ALGÚN TIEMPO ATRÁS nos juramos amor eterno, después de esa primera noche que estuvimos juntos. Con él tuve mi mayor decepción amorosa, y la cuál iré relatando poco a poco en esta historia.
––––––––
* * * *
LOS DÍAS EN AQUELLA Facultad iban pasando volátilmente, al igual que mi vida. Mi estadía en aquel Movimiento Estudiantil incrementó ese deseo oculto dentro de mí que alimentaba mi ambición y mi deseo de superioridad. Poco a poco fui ganándome la confianza del Secretario General, Isael. Un líder donde en cualquier lugar donde llegara, imponía autoridad y respeto ante los demás. Mi dialéctica izquierdista enamoró aquellos ojos que tenía Isael. Esos ojos políticos que brillaban ante cualquier ser político que pudiese ser un diamante en bruto para potenciar el capital político del Movimiento Estudiantil.
––––––––
* * * *
- ¿Cómo está vos económicamente Rebeca? - preguntó Isael.
- Sabrás vos que no estoy tan bien.
- Mira ché, yo te voy a ayudar; pero tenéis que ser completamente discreta. ¿Que si se entera nos caen a los dos, va?
- Yo no diré nada Isael, no me conviene cuéntame.
––––––––
* * * *
YO IMPLÍCITAMENTE YA conocía el hecho de aquella conversación tácita y sorpresiva que se aparecía en el momento indicado. Estaba en una crisis emocional producto de mi escasez monetaria, me sentía impotente por no tener dinero ni para el pasaje de traslado hasta la Universidad. Hasta a Cristo le había rogado para que me ayudara la noche anterior, y ahí al parecer estaba haciendo su “milagro”.
––––––––
* * * *
- ¿Tú conoces gente que quiera estudiar Medicina?
- Sí - repliqué.
- Bien, tú los vas a contactar y le vamos a facilitar el acceso a la universidad. Cobraremos seiscientos dólares; y de ahí yo te daré una parte - concretó.
- Isael, te agradezco esto de verdad. Cuenta conmigo.
––––––––
* * * *
A PARTIR DE ESE MOMENTO mi vida había entrado en ese aspecto que tanto había cuestionado de los gobiernos: corrupción. Y empecé a buscar gente que quisiera estudiar medicina, eso sí, demasiado confidencial porque obviamente era un delito penado por la ley, y que lo buscaban los Servicios de Inteligencia de la nación. Nadie sabía que yo hacía eso, ni Sebastián. Era mi oportunidad para empezar a darme esos lujos que tanto deseaba, ese reloj que me fascinaba, ese teléfono que me encantaba, llegar a los club nocturnos como una diva, y posteriormente, restregar en la cara a todos esos que me caían mal en la Universidad que yo tenía dinero. Sí una actitud poco honesta y sin nada de humildad.
––––––––
* * * *
PASARON LOS DÍAS, Y mi relación con Sebastián, a pesar de que estaba empedernidamente enamorada de él entraba en colapso. Yo sufría de celos, y él los alimentaba. No me escribía, no me llamaba, y tampoco respondía mis mensajes. Para poder salir con él, había que rogarle, no podía entender por qué estando tan cerca, nos costaba tanto estar juntos. Y lo peor del caso, es que él no tenía nunca tiempo, o ganas para salir conmigo, pero sí para salir a las discotecas con sus amigos y amiguitas también. Yo colapsaba de ira, y celos interiormente. Moría calladamente, pero intentaba decirme a mí misma que la relación podía funcionar.
––––––––