NO ENTENDÍA CÓMO YO podía dar todo de mí, sacrificar mis horarios de clases, actividades, y reuniones sólo por verlo, y él sencillamente no daba, ni en una mesurada parte lo mismo que yo entregaba. Mi amor era incondicional y constante, no desfallecía, y jamás lo traicionó ni le fue infiel. Soñaba con viajar con él para Valparaíso, o para el interior del país, lanzarnos de paracaídas, pero él siempre lo rechazaba.
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DE HECHO, EL DÍA DE mi cumpleaños, el primero en que estaría lejos de mi familia, y en el que deseaba profundamente poder verlo, él no fue. Supuestamente estaba “enfermo”; yo fui hasta su casa el mismo día de mi cumpleaños para verlo, y llevarle algo de comida que me había pedido (Sí, una muestra de mi amor impoluto e incondicional por él). Al escribir estas líneas, aún puedo sentir como mi sangre hierve de la ira y rencor, que quisiera no guardar por ese infeliz, que seguramente estará en este momento de lo más feliz en su casa, quizás acostado con otra persona.
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LA RELACIÓN CON ÉL, fue una completa mierda para mí, pero yo no terminaba de entenderlo, estaba cegada por el amor que le tenía, y que era algo que me lastimó irremediablemente. Pensaba que podía cambiar; pero yo no entendía que tenía que cambiar yo para que la relación finalmente diese pasos firmes. Entendí al tiempo que el problema no era yo, sino él.
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EL DÍA DE SU CUMPLEAÑOS, ni siquiera me invitó. Según él, iban a venir sus padres y compartiría tiempo con ellos. Yo lo felicité emocionadamente; pensé que iríamos para alguna discoteca al menos a compartir su cumpleaños entre amigos, bebidas y baile, pero qué va no fue así. Al día siguiente me enteré, por boca de otro que tuvo la delicadeza de ir a una discoteca con sus amigos, y ni siquiera invitarme. Já. Y aun así le dejé pasar ese detalle. Que ilusa y ciega fui con Sebastián. ¿Cómo puede alguien dejarse cegar de tal manera por el amor?
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PERO YO, SEGUÍA AHÍ anclada como un ancla de algún barco pesquero sobre la arena. Anclada en el pensamiento de que Sebastián era la persona ideal para mí, y que yo necesitaba en mi vida. Más de una vez le desahogué todo lo que sentía, le exclamé y restregué en la cara infinidades de veces que si era que no me amaba y no que me quería, que me lo dijera. Que la incertidumbre me mataría mucho más rápido que el hecho de saberlo. Y pensar, además, que estaría también con otras personas mientras estaba conmigo me hería, y rasgaba dentro de mi alma tan profundo, que los cigarrillos se convertían en banditas que trataban de calmar el fulgor de sentimientos de desprecio que sentía.
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YO TODO LO QUE HACÍA, decía, pensaba, eran casi dirigidos sistemáticamente para Sebastián. Pensaba que el dinero que podía hacer lo compartiría con él, para ir a los mejores lugares, viajar a lugares recónditos de Argentina, y, además, cumplir esos sueños que él me prometió de “estar juntos para siempre”. Qué va, una completa ilusión, falsedad. Así como el día que me dijo que se iría para la playa con sus amigos un fin de semana completo.
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- ¿Ves Sebastián, para la playa y tus amigos si tienes tiempo no? Pero para mí siempre tienes que estudiar, o no tienes ganas de salir. Ve, haz lo que te plazca, yo sencillamente para ti soy un estorbo - le exclamé.
- ¿Cómo puedes pensar eso por Dios Rebeca? No quiero discutir, no haré nada malo. Voy a ir por el cumpleaños de Guillén, eso es todo. - me dijo.
- Para el cumple de Guille, y para el mío estabas enfermo. Que guay Sebastián.
- Déjalo así Rebeca, después hablamos - culminó.
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ESE FIN DE SEMANA, aún no sé qué habrá hecho, pero me lo podría imaginar. Esos hechos, esas actuaciones que el imbécil de Sebastián tenía me golpeaban. Me golpeaban por su indiferencia, por su menosprecio, por el hecho de pensar que sencillamente no me amaba, y yo no lograba comprender todavía si era que estaba jugando conmigo y con mis sentimientos. Yo seguía entregando todo mí, pero cada vez con más perspicacia y decepción de la relación. La única forma de no sentirme lastimada por esa relación era no pensar en él; me sentía sola si no estaba a su lado, y trataba siempre de estar rodeada de alguien, algún amiga o amigo; y por supuesto fumar. Eso calmaba mis vísceras y el odio que desprendía amargamente por esos hechos tan desgraciados que hacía el imbécil de Sebastián.
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EN MÍ NO ENCONTRABA refugio, ni calma; pero no podía siquiera contemplar el hecho de terminarle a Sebastián porque sabría que sería mucho peor para mí.
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EL FRÍO GALOPANTE SEGUÍA penetrando mis entrañas, y agobiando aún más las variaciones emocionales que sufría día tras día; lejanía, soledad, falta de cariño, y carencia de dinero. Todas esas cosas en sintonía, hacían sentirme quizás como una persona deprimida, y decaída. Quisiera haber escrito en estos versos que Sebastián había estado ahí para apoyarme y comprenderme, pero sencillamente siempre fue un fantasma; y querido mío, para amar fantasmas prefiero no amar nada - lástima que lo entendí con el tiempo.
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ENCERRARME EN LA HABITACIÓN, era quizás entrar en el ahogo más profundo de mi tristeza y soledad; por eso prefería sentarme en las plazas de Buenos Aires (cuando el clima lo permitía). Siempre he sido una artista; de esas incomprendidas por los estatutos de la sociedad, y que no se ajusta a un canon pre fabricado. Me encanta el cine; y solía ver películas sola cuando me sentía deprimida también. A veces, Jesús y María José me acompañaban a fumarme un cigarrillo. O yo iba al apartamento de ellos y nos fumábamos uno de esos cigarrillos Marlboro que tanto me gustaban. De mi boca solía desprender versos, y reflexiones que caían en el ecuánime discurso de la tristeza que invade esos corazones que suelen entregar con furia; y que se ven lastimados al no recibir con la misma intensidad.
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A VECES SENTÍA COMO mis amigos - los más cercanos, María y Jesús - solían aburrirse de mis conversaciones monótonas, casi siempre sobre mi deprimido estado de ánimo que me provocaba la relación tóxica de Sebastián. La única forma de desviar la conversación, era cuando conversábamos de planes, de ambiciones y metas; sobre todo si estas incluían dinero de por medio. Siempre había sido fan del dinero; y de mi propia independencia, y alcanzarla en corto plazo era mi meta, así que cuando estos temas venían en el aire; yo era una empedernida conversadora al respecto. Soñaba en aquel entonces con ser una Intelectual Política, o una fotógrafa de realidades; y aún más allá lograr un escaño en el Congreso y representar la voz de millones. En las reuniones del Movimiento Estudiantil, mi capacidad dialéctica siempre salía a relucir y era un hecho notorio para los demás que se sorprendían como con tan poco tiempo en la política Universitaria había logrado escalar en popularidad y admiración.
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