—¡Ahora! —exclamó Faraha eufórico.
—¡Muévanse soldados! —añadió Sakonji y todos los soldados entraron nuevamente a la realidad del problema.
Aquellos que venían en caballo fueron masacrados por las fechas de los demonios quienes llegaban en una gran tropa de lo que el comandante calculaba cerca de unos dos mil. Seres obscuros con aspectos monstruosos y diferentes los unos de los otros, difíciles de tratar según datan las santas escrituras y sobre todo para aquellos que nunca han vivido las tragedias del pasado.
—Señor… —aunque Sakonji tenía más experiencia de edad, no lograba descifrar lo que el comandante estaría dispuesto a hacer.
—Hay que alejarnos al centro de la ciudad —comenzaba a armar un plan mientras las tropas enemigas se acercaban—. Maldición Takashi, es ahora cuando te necesito —sintió rabia en ese momento—. Debemos atacarlos en espacio, hay que irnos ahora para preparar todo y llamen a todos los disponibles para pelear incluyendo a los magos, yo debo ir por alguien más para la ayuda.
—¡Recibido señor! —al ya saber lo que debía hacer, Sakonji se puso en marcha para retirar a sus soldados y agruparlos en el centro de la ciudad para poder armar una barricada antes de que sean capaces de acceder al castillo.
Faraha montó su caballo para regresar rápidamente a las mazmorras de alta seguridad y optar por un as bajo la manga que bien podría ser peligroso pero la única esperanza de poder mantener el juego equilibrado. Ingresó sin dar explicaciones a los guardias y se acercó a una gran celda protegida con barrotes de hierro mortífero de más de ocho centímetros. Dentro alberga a un hombre de más de dos metros de alto y corpulencia extravagante. Un semihumano producto del engendramiento de un Dios caído en la tierra con una mujer Zaladiana. Un sujeto peligroso apresado bajo la magia que los magos del rey impusieron en él para no dejarle escapar y utilizarlo como arma de guerra.
—Seguro sientes la presencia —intentó no escucharse agitado—. Siendo un semidiós seguro has sentido la presencia de espíritus malignos.
—Es problema de humanos —respondió el sujeto con ignorancia—. Venir a solicitar mi ayuda es simplemente nefasto, no pienso ayudarles, aunque deba morir.
—Te pienso liberar —dijo Faraha—. Ayúdame y pienso dejarte ir.
—Como si el rey fuese a permitir eso —bastantes habían sido las promesas de dejarle ver el cielo, y ninguna había sido cumplida más allá de una mazmorra donde apenas entra la luz solar.
—Lo que menos te debe preocupar es el rey —Faraha no tenía demasiado tiempo así que decidió abrir la celda—. Si esos dos mil demonios entran al castillo lo que menos quedará de este reino será el rey. Solo te pido tu ayuda, confía en mi palabra como la de uno de los lideres con más rango y cree en mí. Podrás ver la luz del día como cuando intenté liberarte en aquella batalla que perdí. No quiero perder esta también así que te lo pido —la celda ya se encontraba abierta del todo y el sujeto, aunque no podía hacer uso de sus poderes aun bien podría escapar utilizando fuerza bruta—. Solo lucha a mi lado, y si piensas escapar al menos haznos el favor de eliminar a unos cuantos —la honestidad de las palabras de Faraha le llegaban a Biorg como la luz esperanzadora que siempre quiso ver.
—Confiaré en que me dejarás partir cuando mi trabajo termine —el comandante asiente con la cabeza.
—No es un trabajo —se da media vuelta—. Es tu boleto de salida así que mejor no lo desperdicies.
Faraha comienza a caminar a las afueras de las mazmorras seguido de Biorg y al salir los guardias desenfundan sus armas por el trágico miedo que el semi-humano causa en ellos.
—Es de quien menos deben temer —quedan sorprendidos de que el sujeto solo se limite a caminar detrás de Faraha—. Diríjanse al centro de la ciudad, allá los espera Sakonji.
Tanto Faraha como Biorg hicieron uso de caballos para poder llegar al castillo antes de reunirse en el centro de la ciudad. El comandante debía expresar su información al rey y reunirse con los demás superiores para poder explicar la situación y devolver momentáneamente los poderes al semi-humano.
Nada más llegar causó revuelo entre los soldados, pero tratándose del comandante nadie se atrevía a soltar una palabra por respeto. Accedió con Biorg a las salas del trono donde el rey se encontraba deliberando la situación con sus mejores consejeros y generales de la armada.
—¿Qué es todo esto? —pregunta un comandante.
—No hay tiempo para explicar demasiado —agrega de inmediato Faraha dirigiendo su mirada al rey—. Lo necesito para la pelea con sus poderes, estará bajo mi mando y prometo matarlo si desobedece mis órdenes.
—No creo que puedas asesinar a un semidiós —comentó el general Asherald. El hombre con más rango de la armada del reino y evidente superior de Faraha—. Siempre tan decidido, pero sin pensarlo demasiado. Por eso Takashi debió haber tenido tu puesto.
—Señor —se mordía la lengua de la rabia—. Hablar de nuestros compañeros caídos en batalla no es del todo respetuoso, y menos tratándose de una posible guerra ahí fuera.
—Calma —el rey interrumpe—. Si lo que quieres es usar su poder lo dejaré a tu responsabilidad —el rey alza su mano para indicarle a uno de los magos presentes que suelte el sello de aprehensión de Biorg.
—No podemos desperdiciar las armas que tenemos, es por ello que me hago responsable por lo que este hombre haga —Biorg se lo queda observando con confianza. Cree en las palabras de un humano por primera vez, y no siente deseos de huir a pesar de que han liberado su sello de poder.
—Hay que organizar las mejores tropas para proteger a su majestad —dijo el general—. Por lo tanto, usted y ese gigante —observa con desprecio al semi-humano—, deberán quedarse aquí para protegerlo de las amenazas provenientes de la muralla de contención.
—Debo estar en primera línea con mis hombres —reprochó al instante de haber entendido el plan del general. Enviar a los débiles a morir mientras los fuertes escapan del problema con las manos limpias.
No se podía permitir el lujo de abandonar la verdadera batalla cuando sus hombres dan la vida, vida que Faraha siempre retiene en sus manos y no dejaría que cayeran en vano en aquel campo de batalla sangriento. Solo alguien como él sería capaz de dar la suficiente fuerza de voluntad a los guerreros para luchar y caer con honor, y dejarlos a la deriva iba a ser el acto más miserable de su existencia.
—Debe estar donde yo lo ordene —contestó pedante el general—. Así que mejor escuche las órdenes, o será el primero en dar la vida por su rey.
En Etherium el sol caía desde la ventana de la habitación donde Alsius descansaba su cuerpo del viaje. Pensativo como por las noches, pero con las respuestas revoloteando su mente esperando a ser escogidas una por una como las correctas. Sintiendo el verdadero significado de la vida en las palabras y no en las guerras innecesarias creadas por el hombre como mecanismo de defensa de sus propios y viles poderes internos, incontrolables por sus pensamientos sin voluntad. Trágicas escenas cruzaban por su subconsciente en fila india como si estuviesen andando por praderas libres.
Ya no habría mucho por hacer ese día más que cenar y esperar a la búsqueda que sería realizada y dirigida por el líder del pueblo al amanecer. Ya teniendo en cuenta que sus tres soldados están al tanto de la misión no habría mucho más para comentar que lo que les había dicho en el barco Atenea antes del naufragio. Exo aún no regresaba, pero Or y Lira se encontraban en sus habitaciones descansando. Lo que no podía pensar lo sentía en el corazón llamando desde el otro lado de la puerta y mucho de lo que pensaba aún era incapaz de sentirlo por no estar de acuerdo con el mundo que lo rodea siendo inexperto del vivir, aunque se encuentre respirando.
El clima da agrado, es la hora en la que el frío de las montañas nevadas desciende hasta Etherium dando ese aspecto vivo y fresco al lugar como si se tratase de un paraje totalmente exótico. Justo al abrir la ventana le besa los labios una canción de paz que le hace saltar directamente hasta las calles recorriendo el sonido que le indica a donde debe caminar. Niños jugando a las afueras le recuerdan la niñez que se comió desde los adentros, esa que nunca tuvo y quiso tener perdiéndola sin haberla podido obtener. Odio que se allega hasta su cuerpo sin medidas de contención contra el sentimiento, y un paisaje tan hermoso que le roba el aliento como las carreras que podría dejarse estando en un desierto. Anduvo sin rumbo queriendo perderse, pero lograba encontrarse al verse tendido en la suerte de poder estar vivo y apreciar el arte de aquel pueblo tan activo. Su caminar le llevó no muy lejos encontrando lo que quería, una hermosa y joven mujer que sentada bajo un árbol con la mirada clavada en un libro que leía con tanto gusto perdiéndose neciamente del tiempo sin considerar que pronto dejaría de ser de día. Sonaba al destino por cómo le llamaba el corazón, aquella silueta y belleza interna que la mujer expresaba, eran sentimientos que de principio parecían no tener razón de existir en él. Pero sin dudarlo se acercó a ella solo para estar ahí, justo donde su corazón le decía que debía estar.
Ella le observa al notar que una segunda sombra le arropa el cuerpo, no nota nada extraño así que solo atina sonreír, aunque por dentro la seriedad del momento no fuese tan alegre como para expresarlo.
—Perdona que interrumpa —comenta Alsius apenado—. Ni siquiera sé por qué estoy aquí, solo salí a caminar.
—Mi nombre es Sara —dice amable—. Seguro que es fácil perderse por aquí, pero por como lo dices seguro no eres de estos lados.
—Vengo para cumplir una misión —respondió el joven—, aunque no puedo decir qué es, solo he venido por órdenes de mi rey. Algo me dice que tú tampoco eres de aquí —añadió después.
—¿Tengo aspecto de que no? —ella entre cierra la mirada.
—Para estar leyendo bajo este árbol —lo observa y queda algo sorprendido de su grandeza y forma casi redonda—, yo diría que no conoces mucho. Seguro hay mejores lugares alejados del centro donde podrías leer sin apreciar tanto ruido —se voltea a ver los niños jugando y en ese preciso momento Sara comienza a captar el ruido exterior.
—Nunca me ha molestado el ruido, vengo de una familia ruidosa y una casa muy pequeña —no se nota tristeza en sus ojos, pero el sentimiento de las palabras es el mismo que de siempre.
—Aspirar a alquimista es mucho más complicado de lo que parece —el libro que ella sostenía era sobre la filosofía alquimista—. Me llama la atención que quieras leer algo así, cuando todos se alejan de la dificultad del mundo.
—¿Tú te alejas de lo que no conoces? —Alsius había recibido una buena pregunta—. O te acercas a lo desconocido para conocer y no tener miedo.
—No tengo miedo de lo desconocido —observa el sol escondiéndose entre las montañas—. Tengo miedo de lo que conozco sabiendo que muchas de esas cosas jamás podrán cambiar.
—Siento que eres más joven que yo y aun así no te llevas tan bien con tu cabeza como si se tratase de un adulto problemático.
—El problema no es ser adulto —expresa Alsius con la mirada alumbrada por el sol—. El problema es no saber llegar a la adultez pudiendo soñar aun con cumplir nuestras metas. Lo que es complicado considerando que muchos no llegan a la cuarta parte de sus vidas internas, aquellas que se crean desde niños para vivirla de adultos. Tristemente es solo aceptar lo que la vida te pone delante sin saber que realmente son herramientas para construir lo que te has prometido, y no solo lo que te han dado por merecerlo.
—¿Serías capaz de vivir por siempre en este mundo? —ella agacha la mirada al libro que cierra para dejar la lectura en otro momento.
—Sería capaz de vivir hasta que pueda vivir realmente como quiero —contestó al mismo tiempo que el sol se escondió—. ¿Y tú lo harías? —regresa la mirada a ella al haber perdido el sol, encontrando de nuevo la luz de un brillar apagado que se atenúa con pensamientos constantes que logra entender mientras recaen en sí.
—Tengo la oportunidad bajo la duda y realmente no logro decidir si preferiría morir, o preferiría mejor respirar el olor a nuevo de los libros para calmar mis ansias de tener una vida como las que se pueden escribir, aunque no llegue a tenerla.
No es tu historia por vivirla, lo es desde que la escribes al llorar
Deseando esa existencia para ti, compartirla con amor al lado de alguien más
Ambicionar a una antología, sin haber probado los relatos
Queriendo pasar de un libro a una saga sin reconocer el tacto de las hojas desmembradas
Sí se vive con lágrimas, pero que te dejen escribir
No se vive con aquellas que te abandonan a morir.