—La libertad puede tener varias presentaciones, pero ninguna te llena el alma —dijo el líder de la aldea con mayor seguridad de sus palabras—. Tratándose de la libertad, podemos incluir la felicidad como punto de partida hacia todo lo que nos depara en el futuro.
—El futuro puede verse afectado, pero ¿Cómo nos ayuda la felicidad a seguir avanzando? —un joven experto como Alsius aún mantiene dentro mil dudas por resolver, y cree que la mejor forma es aprendiendo de las virtudes y errores que otros han cometido en vida—. En las guerras no hay felicidad y aun así los hombres son capaces de avanzar.
—¿Por qué crees que avanzan? —se interesó por la respuesta del muchacho. Era una de las pocas conversaciones que había llegado a tener en toda su vida donde las preguntas son como la dulce miel, amarga de conseguir, pero victoriosa llena de gozo al obtenerla.
—Porque deben hacerlo, es la obligación que tienen como guerreros de avanzar hasta la victoria siempre —sonaba a una respuesta muy simplificada, pero Alsius ansiaba escuchar una más profunda proveniente de la sinceridad de aquel hombre.
—Eso solo es el ego de los hombres como guerreros, pero la realidad es que se sienten obligados por muchas razones más —el hombre se acerca hasta un gabinete de madera antigua y coge una pequeña bola de cristal hecha de mineral Etherium—. Ansían volver a casa con sus familias, ansían dinero o reconocimiento en batalla para obtener un mejor rango como soldados y que su estatus de guerreros mejore. Añoran seguir viviendo porque el miedo de morir lo compartimos todos los vivos, aunque parezca que algunos no tienen ni pizca de temor en sus acciones. Pero sobre todo ansiamos salir de la tristeza que causa una vida como esa para poder llegar a ser felices. Quizá nos mentimos a nosotros mismos, pero a la realidad es que queremos estar bien, y estarlo implica ser capaz de sonreír —se acerca para poner en las manos de Alsius aquella bola de cristal que se siente fría a pesar de que el clima no es tan invernal—. Nadie quiere vivir infeliz, y mucho menos morir sabiendo que lo ha sido.
—¿Qué tiene que ver esta bola de cristal? —de todas las dudas esa era la principal del momento.
—En que esa bola representa lo que eres tú —le señala el pecho—. Si lanzas esa bola de cristal rodará frágilmente hasta que se rompa por chocar con una piedra de mayor tamaño. Tú no quieres que esa bola se rompa por haberla lanzado contra una roca, pero puedes preferir juguetear con ella en las praderas del pueblo donde es más que feliz. Porque tienes algo valioso que estás cuidando y no perderás mientras le cuides.
—Cuidar mi vida y mi felicidad —musita en silencio casi sepulcral.
—Los susurros de la boca son sentires del corazón que la mente se niega a pensar y por eso la suelta de sus ataduras —la sonrisa del hombre es agradable, no representa temor o peligro para el joven muchacho fascinado por aquellas experiencias que se consigue entender con gran inteligencia.
—Se nos puede ir la vida como un susurro —dijo Alsius observando la frágil bola de cristal—. Pero hasta los suspiros más agudos tiene un gran significado que debemos aprender a escuchar.
Dentro de las enormes murallas de Zalador, el joven experimentado comandante disfruta de una amarga cerveza en su bar favorito alejándose unos momentos de la pesadez de su cargo y espada. Sigue dudando sobre sus decisiones de aquella vez y en que pudieron haber sido mejores para salvar vidas. Sus soldados caídos se convierten en cargas que lleva sobre sus hombros y el rojizo cabello que posee es un motivo de recuerdo para quienes dieron su vida por el rey y por él.
—Es raro verle bebiendo con esa cara —dijo el dueño del bar. Ya le ha visto desde hace mucho tiempo y de las pocas veces que le ha notado feliz es bebiendo alcohol hasta saciar todas sus ganas.
—¿Un hombre no puede beber y pensar al mismo tiempo? —inquirió sarcástico.
—Pues se dice que solo podemos hacer una cosa a la vez —el comandante suspira.
—Vaya tonterías —se empina el líquido resonante de su jarra de cristal y la coloca con firmeza sobre la barra al terminar—. Puedo manejar un batallón mientras lucho con veinte soldados y dirigir una operación estratégica al mismo tiempo en mi cabeza.
—Muy admirable de su parte —el dueño sirve más de su bebida predilecta.
—Así es —asiente con la vista perdida—. Muchas gracias —agrega al ver la jarra llena.
—Invita la casa —indica el dueño—. Será la última y luego vuelva a casa, siento inseguridad de verle bebiendo cuando debería estar protegiendo la ciudad. Usted es el mejor guerrero del reino y no debería estar tomado.
—Patrañas —bebió medio contenido de la jarra—. Aunque las piernas no me dejen caminar puedo rebanar algunas cabezas arrastrándome por los suelos. Sigo siendo el sable carmesí bajo cualquier estado de ebriedad. Así que despreocúpate, seguiré protegiendo este bar con mi vida, aunque se me nuble la vista por beber tan exquisita cerveza.
—Confío en su palabra —el hombre se echó a reír por tales expresiones del comandante—. Usted es un buen sujeto que enorgullece a la ciudad, nunca deje de ser el comandante que todos conocemos.
—Las personas cambian —bebió algo de cerveza nostálgicamente cambiando su actitud a una más desinteresada por la respuesta—. Eso si no me lo podrá pedir, porque hasta los hombres más fuertes cambiamos por dolor.
El bar comenzó a temblar y el comandante se levantó de su asiento, las personas estaban confundidas por dicho temblor así que pensando que se trataba de una emergencia el comandante salió las afueras del bar para observar. Al hacerlo una gran bola de fuego arrasó con un grupo de personas que huían desesperadas de algo y el impacto le sacó de su ebriedad al instante.
—Qué demonios está… —observa el limbo y se da cuenta que más de esas bolas gigantes surcan los cielos esperando descender al reino—. No puede ser… —quedó perplejo, pero debía tomar acciones rápidamente—. ¡Cúbranse! —gritó a todos en el bar y corrió rápidamente hasta su caballo.
Dirigió el galopar directo hasta el castillo ya que su prioridad principal es cuidar del rey y acatar sus órdenes en las situaciones de peligro. De vez en cuando miraba hacia atrás al alejarse y notaba cómo dichas bolas de fuego descendían arrasando con casas y locales, así como asesinando pobladores y demás. Pudo llegar con rapidez pues su caballo es de los mejores, desmontó casi corriendo y llegó a la sala del trono para reunirse con el rey.
—¡De inmediato cierren los muros de contención! —el rey ya se encontraba dando órdenes a algunos soldados y superiores de la armada.
—¡Mi señor! —Faraha omite los saludos formales y solo se acerca con naturalidad al rey.
—Ya te estaba esperando —el rey se le acerca con rapidez—. Estamos bajo ataque de uno de los reinos vecinos y piensan derrumbar los muros de contención con esas bolas de fuego gigantescas.
—Están causando estragos en la ciudad, debemos evacuar a los pobladores ahora —el rey asintió rápidamente.
—Por ahora tu prioridad es la de mantener a salvo el muro de contención —ordenó—. Yo me haré cargo de los pobladores.
—¡Sí señor! —no juzgó la decisión de su rey y en seguida se dirigió al calabozo de armas del reino.
Se colocó su armadura de guerra, una mucho más grande y resistente que la que suele llevar puesta y cogió unas cuantas lanzas de impacto para llevarse las seguridades consigo al muro. Sin nada más que eso y su espada, el espíritu de guerra del comandante resuena a las afueras del castillo con todos sus hombres cerca para dirigirse juntos al muro de contención principal y poder defender el reino mientras la otra fracción de los soldados ayudan en los adentros.
—¡Solo lo diré una vez! —se coloca su casco de batalla y cubre todo su rostro—. ¡O mueren bajo mis órdenes o no mueran nunca!
Emprendió su andar hasta el muro de contención cruzando por en medio de la ciudad en llamas aun con bolas de fuego descendiendo de los cielos y causando grandes daños en las edificaciones de la ciudad. Avanzaba hasta lo desconocido una vez más, pero esta vez intentaría redimir sus pecados de la última batalla y conseguiría una victoria definitiva para sacarse la amargura del corazón y el orgullo como guerrero.
Al llegar al muro las bolas de fuego dejaron de caer sobre ellos y el clima cesó un poco de ánimos, sin pensarlo dos veces subió las escaleras de la muralla para asomarse entre la extensa pared donde se encuentra otra parte de la fracción de soldados del reino a la espera del enemigo.
—¡Reporte! —dijo el comandante al llegar a la cima.
—¡Señor! —le saluda el capitán Sakonji, el encargado de vigilar el muro de contención. Un hombre rudo de cuarenta años de edad con el cabello escaso de vida, pero su juventud interna intacta—. No se han dado avistamientos del enemigo y creemos que las bolas de fuego solo aparecen en el cielo de la nada.
—¿Magia? —se pregunta en voz alta—. De ser así los magos deberían estar cerca de nosotros o encima —dirige la mira al cielo, pero no halla nada. Se acerca a la muralla para mirar al horizonte, pero el panorama se nota es una total calma desesperante que le indica que algo sucede —. Capitán, ¿Puede preparar una unidad de reconocimiento?
—¡Ustedes! —Sakonji señala a dos soldados—. ¡Preparen los caballos para la unidad de reconocimiento!
—Esto es raro —se vuelve a decir Faraha—. Ya dieron su ataque sorpresa, pero no hay avistamiento de tropas, no creo que vayan a irse o a rendirse después de todo esto.
—Ya lo sabremos —los caballos ya estaban siendo preparados.
Luego de que el equipo de reconocimiento estuviese listo fueron guiados por el líder de pelotón a las afueras del muro cabalgando al horizonte mientras Faraha y los demás observaban de lejos. De principio no había avistamientos de tropas irregulares lo que le daba mucho qué pensar al comandante y más sabiendo que la retaguardia podría estar siendo vulnerable si los demás capitanes tienen el mismo problema.
El líder de grupo iba a la cabeza, cabalgaron unos cuantos metros fuera del muro todavía al alcance de los ojos del comandante y luego detuvo a sus hombres para comprobar algo que su perspectiva pudo notar en el momento adecuado.
—¿Señor? —dijo uno de los soldados.
—Esperen en los caballos —desmontó y comenzó a caminar hasta el frente. El horizonte parecía brillar demasiado y los movimientos irregulares, aunque ligeros que percibían sus ojos eran más que llamativos en el mal sentido.
Al caminar un par de pasos más estira su mano y esta choca en contra de algo parecido a una pared invisible. Con cada tacto que da ésta vibra como si se tratase del reflejo mostrado en alguna laguna, su brazo no estira más allá de lo que el reflejo le permite y el horizonte que se puede ver es impenetrable.
—¿Qué es esto señor? —uno de los soldados se acerca curioso.
—No tengo idea —sigue palpando para encontrar algún agujero.
El soldado siente la misma curiosidad, pero al intentar tocar la extraña pared un brazo desfigurado le coge del cuello con fuerza.
—¡Capitán! —gritaron los demás y al observar el suceso sacó su espada para cortar el brazo y liberarle del agarre.
—¿Estás bien? —le ayuda a mantenerse de pie.
—Sí —había perdido un poco de aire.
—¡Nos vamos! —ayudó al soldado para regresar a los caballos. Faraha observaba atentamente desde la lejanía mientras la cortina de reflejo se desmoronaba poco a poco mostrando lo que poseía del otro lado.
—Madre de Dios —expresó Sakonji con asombro.
—¿Qué son esos? —para uno de los soldados aquellos seres eran desconocidos y nunca antes vistos.
—Son demonios… —a Faraha se le va la vista directo al suceso—. Que alguien vaya al castillo y avise al rey —los hombres temblaban solo de ver el asombro del comandante—. Y díganle qué…—calló unos segundos—, envíe todas las tropas aquí ahora.
Todos poseemos una fracción de odio e impureza en nuestros adentros
Pero la luz que se refleja ahí es la que cultivamos desde nuestra voluntad
Peleamos guerras internas peores que las externas
Nuestro más grande enemigo somos nosotros mismos
Juzgar a otros por sus maldades por aun no ser capaces de sacar las garras es fácil
Porque serás un demonio cuando la circunstancia lo amerite
La única forma de escapar de ello es alejarse un poco de ti, hasta que aprendas
A deshacerte de todo lo que no necesitas, y lo que solamente te llevará al placer de morir.