El sol le apunta desde una de las ventanas del castillo, observando fuera de sí toda la inmensidad de un grandioso reino abastecido de recursos y armas donde cualquiera fuera de los muros desearía vivir. Pero el significado de vivir tomaba un nuevo sentido para el joven Alsius quien no podía distinguir entre una gran responsabilidad y su propio sentido de vida. Luego de la audiencia con el rey Edwards Cuarto el joven decidió dirigirse hasta sus aposentos para descansar y tal vez ducharse con algo de agua caliente en los balnearios del castillo. Una vez leyó en sus libros que la respiración es la liberación del alma, sentado en su cama concentraba todas sus energías en aprender a respirar correctamente. Gran parte de nosotros somos incapaces de hacerlo correctamente, y según antiguas escrituras se es capaz de liberar un extraordinario poder al controlar perfectamente nuestra respiración.
Su brazo era la prueba de que el cuerpo que Dios le había obsequiado al nacer había sido profanado por los mismos demonios, uno en particular de quien ahora su alma pertenecía. Ya nada era de sí mismo, nada más que su andar por este mundo era lo que le quedaba pudiendo decidir a dónde y cómo hacerlo. Sentía miedo de no saber lo que sucedería o de si su llegada a la armada haría algún tipo de diferencia, lo cierto es que ahora tiene dudas que antes nunca había poseído sobre su existencia y la corrupción de este mundo del cual solo han quedado cenizas de lo que una vez fue un paraíso terrenal incomparable incluso por el mismo suelo que los dioses pisaban.
Recordó una pequeña frase que una vez un granjero donde solía trabajar mencionó. “Las hojas de los arboles también necesitan sombra, ya que el brillo constante del sol puede secarlas”. Cosa que le hacía pensar si realmente estaba bien que el mundo estuviese pasando por esto, o solo era el capricho de alguna fuerza obscura que desea arrastrar todo hasta la penumbra de un cielo ensangrentado.
Alguien toca la puerta, desde ese momento sale de sus pensamientos y vuelve a cubrir el brazo con la manga de su camisa para atender el llamado de quien se encuentra al otro lado.
—Parece que te tomas esto como un juego —expone directamente el comandante—. Quiero decirte que, si aún no sabes ni manejar una espada, lo más probable es que mueras incluso mucho antes de lo pensado. No vivirías lo suficiente para que Takashi vea tu voluntad crecer y solo habrías sido una maldita pérdida de tiempo.
—Enséñeme —dijo al instante Alsius. Sabe que sus hábiles manos solo sirven para labrar la tierra y recoger sembradíos de trigo—. Prometo ser un buen alumno y aprender todo lo que me enseñe.
Faraha se lo queda observando por encima del hombro, le deja un mal sabor de boca que un niño se haya quedado con el puesto de Takashi, pero más aún que haya muerto solo por protegerlo dejando a su familia de lado. Faraha no lo había demostrado con anterioridad, pero esa tristeza que emanaba de sus ojos por dentro poseía una rabia que le estaba consumiendo.
—Tengo el entrenamiento perfecto para ti —responde el comandante—. Sígueme —indica con la cabeza para que le siga.
Confiando en su nuevo mentor, Alsius no se deja llevar por dudas y solo prosigue su camino detrás del comandante mientras cruzan por las distintas salas del castillo hasta el patio de entrenamiento. Un lugar donde los hombres aprenden de la vida antes de apreciar el arte de la guerra. Sudorosos cuerpos llenos de barro y suciedad, entre gritos de guerra y desesperación. Todos observaban atentamente al comandante y el muchacho, a la expectativa de lo que pudiese suceder cuando una de las máximas autoridades de la armada se encuentra en pleno campo de practica sin ninguna necesidad en específico.
—Ten —coge una de las espadas de entrenamiento posicionadas en suelo y la lanza de manera que Alsius la pueda atrapar sin lastimarse—. Primeramente, aprende a tomarla con fuerza o la van a arrebatar de tus manos.
—Es pesada —se queja el muchacho, aunque puede sostenerla con una mano sin problemas.
—¡Atento! —Alsius sintió el choque de su espada con la de Faraha y la sorpresa le hace retroceder algunos pasos—. ¡No podrás ser un soldado si no sabes manejar el arma!
Sin mucha habilidad Alsius lograba mantener la espada en sus débiles manos mientras el comandante golpeaba ferozmente la hoja de hierro. Todo mundo estaba atento, pero lo que menos podía hacer Alsius era despegar la mirada de un hombre tan peligroso como el comandante.
—¡Aun no sé cómo hacerlo bien! —dijo a modo de súplica para pedir tiempo, ya no soportaba la carga que los constantes golpes del comandante causaban en él.
—¡No lo mereces! —de un tajo hizo caer la espada de Alsius al suelo y al patearlo en el estómago con rabia y fuerza lo deja tendido en el mismo piso donde se encuentra la espada—. ¡No debió morir por ti, Takashi tiene una familia!
Faraha arremete contra Alsius a golpes, uno detrás de otro cada vez con más poder como si se tratase de un enemigo a quien desea acabar en vida. La sensación de ansiedad y dolor no se marchaban, aunque el joven estuviese sufriendo, pero su corazón sentía una angustia mayor al verse en tan desesperante tristeza sin poder deshacerse del sentimiento. Comenzó a disminuir la rapidez y la fuerza de los golpes en el rostro del joven hasta que sus puños ya no lo tocaban. Respiraba agitado, Alsius apenas podía observar de manera borrosa el rostro lagrimoso del comandante mientras sollozaba en silencio, sosteniendo la carga entre sus manos manchadas de sangre. La impotencia de no haber llegado a tiempo, y la duda de saber lo que habría pasado si hubiese acatado las órdenes del mejor estratega del reino.
—¿Está usted bien? —preguntó a medias el joven con la mandíbula adolorida—. Yo sé que necesitaba liberarse... —Faraha lo observa con rabia, tristeza y desánimo—. Puede seguirlo haciendo si aún lo desea.
Se encontraba prácticamente inconsciente y lo único que lo mantenía despierto era el deseo de vivir, de cumplir sus promesas y aquellos sueños que aún no ha realizado. Sentía su cabeza pesada no solo de recuerdos y golpes, sino de tantos planes que creaba bajo la inspiración de un grandioso cielo azul.
—No deberías preocuparte por mí —dijo al secar sus lágrimas—. Eres tú a quien pude matar si lo deseaba. O eres muy tonto o sabes cómo mantener la boca bien cerrada.
—No puedo abandonar mis metas —sus ojos comienzan a cerrarse—. Estoy cansado de solo fallar sin nada más que eso. El capitán confió en mí para algo, no puedo quedarme así…como si nada me estuviese importando más que mi propia vida.
—Tal vez se haya equivocado, dar la vida por un mocoso como tú no suena algo inteligente que él haría ni por muy loco que esté.
La rabia intentaba seguirlo consumiendo, en sus ojos se podía ver el deseo reprimido de acabar con Alsius, pero incluso se podía decir que alguien le sujetaba las manos. Alsius levantó a medias su brazo derecho estirando los dedos como si quisiese coger algo del cielo. Confundido por la acción Faraha decide voltear fugazmente pero no hay nada así que regresa la mirada.
—Deme una oportunidad —de inmediato el comandante regresó a esos recuerdos de antaño, donde sus descalzos pies jugaban en las frescas brisas de primavera sin más remedio que escuchar a la adultez tocando su puerta para llevarle lejos de vivir como siempre quiso hacerlo—. Sé que puedo hacerlo señor… solo deme unos minutos y podré demostrarle que lo haré.
Estaba noqueado, solo la fuerza de voluntad le mantenía los ojos abiertos y la mente trabajando para no rendirse ante aquella golpiza propiciada por las fuertes manos de uno de los hombres más dinámicos del reino.
—Nunca entendí tu forma de pensar —dijo mirando al cielo—, pero confió en ti como ahora confió en la voluntad que dejaste en este chico antes de marcharte a tu merecido descanso. No me arrepiento de haber servido contigo, pero quisiera que me ayudases a comprender el mundo como tú pudiste hacerlo porque siento que no puedo.
Así terminó la pequeña disputa, los últimos momentos de Takashi habían sido más largos pero el recuerdo amargo dentro de Faraha se quedaría por un largo tiempo. Los hombres mueren bajo sus propios ideales dejando dolores casi incurables en el alma de aquellos que permanecen con vida.
El muchacho estaba noqueado, su voluntad encendía la llama de un corazón que seguía latiendo con fuerzas, pero su débil y poco entrenado cuerpo no soportaba la carga. Faraha observó esa determinación, sabía que los duros caminos de ser un soldado le iban a fortalecer en todos los sentidos que un hombre necesita para afrontar la situación, y que de alguna manera parte de sí mismo estaría en aquel joven casi desconocido que se terminaría convirtiendo en la fuente de esperanza de aquellos que están a su alrededor.
El dolor del cuerpo era intenso, despertó casi a media noche en su habitación sin nada más que la fresca brisa que entraba por una ventana entre abierta que resoplaba el viento desde afuera trayendo consigo aromas y sensaciones diferentes. Observó bien que a su lado había una carta con el sello real, lo que significaba que había sido únicamente escrita por el rey. La tomó para leerla, se trataba de indicaciones que debía seguir para cumplir con la misión que se le había asignado como capitán. El primer requisito era reunir a su equipo buscando entre las mazmorras del castillo cosa que sonaba más extraño de lo que seguramente era.
Con el alma cansada aún por la disputa se encaminó a las afueras de su habitación para recorrer una inmensa edificación en busca de los calabozos. Todos dormían, solo los sonidos del viento y unas pequeñas luces que alumbraban su camino eran las únicas compañías esa noche. Cruzó con un guardia que hacía su recorrido usual para la protección de las murallas del castillo como muchos otros distribuidos en las instalaciones y de inmediato pensó que sería bueno preguntarle.
—Disculpa —venían de frente así que no tuvo que avanzar, solo detenerse a esperar que el soldado se acercase hasta él—. Necesito ir a las mazmorras del castillo.
—¿Quién eres? —el hombre de acerca un poco más, pero al observarlo de frente se da cuenta de quién se trata—. ¡Capitán! —adopta la pose imperial para saludar a sus superiores y deja a Alsius algo desconcertado.
—No es necesario —dijo apenado—. ¿Podrías llevarme?
—Con gusto señor —de inmediato vuelve a la normalidad al sentir la confianza que el joven transmitía en él.
Estuvieron andando hasta el final del castillo, detrás de una puerta de hierro macizo se encontraba una escalera que descendía hasta las profundidades de la mazmorra con apenas algunas antorchas alumbrando el descenso.
—¿Vienes? —preguntó Alsius en vista de sentirse algo incomodado.
—Solo los superiores tienen permitido bajar señor —contesta el soldado. Da un saludo y regresa a marcha firme por el pasillo hasta perderse de la vista de Alsius.
El muchacho bajó convencido de que no habría nada que temer, los escalones de madera rechinaban como si tuviesen años de antigüedad. Entre más se acercaba al final se podía apreciar algo más de luz. Al encontrarse justo en el final se podían apreciar algunas cárceles divididas por fuertes paredes y rejas de hierro, pero sin ningún prisionero. El olor a alcohol y hoja de tabaco proveniente de una dirección en específico le llama la atención. Se trata de una puerta al final del pasillo izquierdo siendo la única que divide lo que hay del otro lado. Mientras caminaba un extraño sonido le ensordece por momentos como si se tratase de un canto cautivador que te distrae de tu andar. Comenzaba a sentirse cansado y exhausto entre más se acercaba a la puerta, pero logró coger la manija con su mano derecha, una pesada puerta de hierro. Abrió la puerta y la obscuridad impregnó sus sentidos. Había alguien, podía escuchar respiraciones y una sed de matanza.
—Dudo que hayas venido hasta aquí para traernos tu carne —se escuchó decir a alguien entre el fondo del sitio—. Parece que el rey no sabe cuándo rendirse, seguramente te trata como a todos. Me da lástima que un joven como tú tenga que morir, pero has venido al lugar equivocado.
Si la voluntad de mis hombres se quiebra en pedazos
Yo seré la guía que les recuerde sus pecados en vida
Para hacerles entender que rendirse no es una opción cuando deben liberar sus almas
Para cuando las hojas de loto caigan sobre mi cabeza, yo tendré la decisión sobre ellos
Los llevaré a morir por sus ideales, protegiendo a quienes no pueden tenerlos
El mundo nos deja pocas opciones, quizá rendirse ante una espada
Sea la mejor decisión de mi criterio. Dejar derramada sangre sin una razón
O luchar por los que murieron y no verán cómo surge un nuevo mundo.
Voluntad, voluntad la de mis valientes guerreros que me acompañan a dar la vida
Dar la vida a la muerte para poder seguir viviendo.