Sus ojos son puro deseo

1204 Words
NAILEA Escuché un golpe seco y fruncí el ceño. ¿Quién rayos tocaba a esta hora? Ni Kath ni Renata habían dicho que vendrían. Suspiré, dejé todo lo que tenía en las manos y fui a la puerta. Mientras me agachaba para cargar a Inma, el golpe sonó otra vez, más insistente. —¡Ya va, carajo! —solté mientras me acercaba. Cuando abrí, unos ojos demasiado familiares se estrellaron contra los míos. Sentí el corazón dar un brinco como si quisiera salirse del pecho. —Papá —soltó Inma en cuanto lo vio. Se desenredó de mí en un segundo y estiró los brazos hacia Charles. Traidora. —Hola. —Charles apenas me miró antes de tomarla en brazos. —¿Cómo estás, mi chiquita? —le preguntó con ese tono meloso que hacía que a Inma se le iluminara la cara. Yo, en cambio, hervía por dentro. ¿Quién se creía este tipo para aparecerse aquí como si nada, como si fuera el dueño del lugar? Bufé y cerré la puerta de golpe. —Bueno, pasa, ¿no? —murmuré con sarcasmo. Charles me sonrió como si todo estuviera bien. —Hola. No le devolví la sonrisa. —Por un momento pensé que me había vuelto invisible. —Perdón, es que me quedé embobado con esta preciosura —dijo, revolviendo el cabello de Inma. Resoplé. —No quiero ser grosera ni nada, pero… ¿qué haces aquí? —Te dije que iba a pasar por ti para cenar. —Hablaba sin despegar la vista de Inma. —¿Qué? —Cenar. Hoy pasé por tu oficina para invitarte. Parpadeé. Me puse a escarbar en mis recuerdos, pero no encontré ni rastro de eso. Charles vio mi cara de desconcierto y sonrió, como si le divirtiera. —No puedo —solté, sin más. —¿Por qué no? —me miró con una ceja levantada. Me encogí de hombros. —Porque no. Él esperó. —¿Porque no? —repitió, esperando más explicación. —Porque no. No voy. Sonreí, esperando verlo decepcionado. Pero en vez de eso, sonrió aún más. —Voy a quedarme aquí toda la noche hasta que decidas salir a cenar conmigo. ¡Maldita sea! Quería que se largara. —Solo para que quede claro… ¿sabes que tengo una hija, no? —Lo miré con cara de "no me digas", odiándome a mí misma por no poder ser más tajante. —Esta es la segunda vez que me lo dices. Pero sí, sé que tienes una hija. —Se cruzó de brazos, como esperando algo más. —¿Y eso qué tiene que ver con que salgamos a cenar? —¿Hablas en serio? —Me costaba creerlo. ¿Pensaba que iba a dejar a Inma y largarme con él? —Totalmente. Mira, sería increíble salir solo contigo… pero también me encantaría si Inma viene. Lo miré boquiabierta. —Ve y alístate —soltó Charles al ver que seguía clavada en el piso. —Claro —respondí con ironía, dándome cuenta de que sin querer me había sentado. Me acerqué para tomar a Inma. —¿Y a dónde la llevas? —preguntó Charles. —¿Perdón? Es mi hija. —Sí, pero es una señorita. No pretenderás llevarla a cenar con esa ropa de jugar, ¿verdad? Lo fulminé con la mirada. —Obvio —bufé, tomando a Inma en brazos. —Tómate tu tiempo —dijo él, acomodándose en el sillón como si estuviera en su casa. * —Listo —dije, bajando las escaleras. —Vaya... —escuché a Charles murmurar. Levanté la vista y lo encontré viéndome descaradamente, sin ni siquiera disimular. —Estás... muy hermosa —dijo, recorriéndome con la mirada antes de encontrar mis ojos. —Gracias —respondí, sintiendo el ambiente volverse denso. El silencio se hizo incómodo. Mejor romperlo antes de que me diera tiempo de pensar demasiado. —Dame acá —dije, tomando a Inma en brazos. —Deberíamos irnos —añadí, caminando hacia la puerta y abriéndola. —¿A dónde vamos? —pregunté al rato, cuando el coche ya llevaba buen rato avanzando. —A algún sitio. Media hora después, Charles estacionó frente a un restaurante. Un restaurante para gente con billetera gruesa. —Espera aquí —dijo, saliendo del auto. Fruncí el ceño. Lo vi rodear el auto, abrir mi puerta y, antes de que pudiera reaccionar, arrebatarme el bolso de Inma. —Vamos —dijo, tocándome la parte baja de la espalda para guiarme. Un escalofrío me recorrió la columna. Cuando levanté la vista y vi el nombre del restaurante, casi me atraganto con mi propia saliva. ¿Este tipo estaba loco? —Buenas noches, señor —saludó la anfitriona al entrar. Sus ojos se agrandaron cuando vio a Charles. —Señor… —Reserva para tres, a nombre de Holms —la interrumpió, sin siquiera darle chance de terminar la frase. Sin revisar nada, la mujer nos llevó directo a una zona apartada. Extraño. —Su camarero vendrá en breve —dijo ella. —Gracias —murmuré cuando me di cuenta de que Charles no iba a decir nada. Él solo se limitó a sacar una silla con una mano, como si fuera lo más normal del mundo. ¿Y este ahora qué? —Puedes retirarte —soltó Charles de la nada. La anfitriona parpadeó, sorprendida, pero obedeció sin rechistar. —Eso fue un poco rudo —murmuré, inclinándome hacia él. —La forma en que te miró fue completamente grosera. —Puedo manejarlo. —Ahora me tienes a mí, no hay razón para aguantarlo todo. Lo miré, tratando de descifrar qué rayos quería decir con eso. —¿Cómo conseguiste una reserva aquí? —pregunté. —Es casi imposible. —Conozco a alguien, nada más —respondió, esquivo. Un camarero llegó con los menús. —Buenas noches, seré su mesero esta noche. Le eché un ojo rápido a la carta, buscando algo que Inma pudiera comer. —Nailea, ¿qué quieres? —preguntó Charles. —Eh… —Tomé una decisión rápida. —Carne desmenuzada. Levanté la vista y encontré a Charles mirándome fijamente, con una sonrisita. —¿Y usted, señor? —preguntó el camarero. —Pasta. —¿Algo más? —Una botella de… —Charles me miró. —¿Blanco o tinto? —Blanco. El mesero asintió y desapareció. —Papá —balbuceó Inma de repente. —Hola, cariño —dijo Charles, subiéndola a su regazo. —Le tienes muchos cariños —comenté. —¿Por qué no habría de hacerlo? Se los merece todos. Aunque sigo buscando el perfecto. Intenté no sonreír, pero fallé. —¿Quién eres? —pregunté, sin poder evitarlo. —¿Qué? —Todos los hombres que se enteran de que soy madre soltera salen huyendo. Y yo llevo rato esperando que tú hagas lo mismo, pero sigues aquí. Me intrigas. Charles apoyó los codos en la mesa y me sostuvo la mirada. —Primero, cualquiera que huya no es lo suficientemente hombre. Y segundo… ¿te intrigo? ¿Eso es bueno? Dime porque parece interesante. —También es aterrador —confesé. Charles sonrió. No sabía en qué me estaba metiendo, pero estaba segura de que era peligroso.
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