La química entre nosotros

1141 Words
CHARLES Mi niña dormía plácidamente. Me apoyé en el marco de la puerta, cruzándome de brazos, viendo cómo su respiración subía y bajaba despacito. ¿Cómo carajos había tenido tanta suerte? —Siento todo esto… —dije para no llamar la atención. Levanté una ceja. —No te preocupes.—Solté una risa corta. —La niña tiene talento. —Ya lo creo… —contestó con un gesto que era mitad orgullo, mitad resignación. Suspiró, desviando la mirada—. A veces siento que esto es un sueño. Que un día me voy a despertar y ella será como todos esos mocosos que lloran por todo y no dejan dormir a nadie. Aunque claro, también tiene sus momentos… La escuché hablar de su hija mientras me acomodaba mejor en el sofá. —Pero ella no es como los demás— solté con media sonrisa. Nailea asintió. —No. Es como si hubiera saltado toda esa etapa de berrinches y pañales sucios… —…y estuviera lista para crecer —completé la frase por ella. Su mirada se quedó fija en la mía un segundo de más. * NAILEA Me crucé de brazos, tratando de ignorar la manera en que mi estómago se encogía cada vez que lo veía así. —Creo que debería irme —dijo Charles de pronto, su voz más grave de lo normal. —Sí… claro. —Hice un esfuerzo por no parecer afectada mientras caminaba hacia la puerta y la abría. Él salió, pero antes de irse, se giró y me miró con esos ojos que tenían la costumbre de hacerme dudar. —Buenas noches, Nailea. Tragué en seco. —Buenas noches. Cerré la puerta antes de hacer alguna estupidez. Esa noche me acosté después de cenar, esperando que el sueño me noqueara rápido. Pero no. Mi cabeza seguía atrapada en ese momento en la sala, en la manera en que sus ojos me recorrieron sin prisa, en la tensión que se sintió en el aire. Maldita sea. * CHARLES Desperté de pésimo humor. El sueño no me había servido de nada porque mi mente seguía atrapada en el recuerdo de anoche. Intenté trabajar, pero cada vez que veía una pantalla en blanco, aparecía en mi cabeza la imagen de Nailea parada frente a mí, con el cabello recogido en un moño desastroso y ropa suelta que ocultaba su figura, pero no lo suficiente. Carajo. Al final, cuando llegó la hora del almuerzo, decidí que ya estaba harto. No podía seguir con ella dando vueltas en mi cabeza. —Cancela todo por hoy —le dije a mi asistente mientras agarraba mi abrigo. —¿Todo, señor? —Todo. —Pulsé el botón del elevador y esperé sin paciencia. Si no podía sacarla de mi cabeza, iba a tener que hacer algo al respecto. * NAILEA Vi la hora y bufé. Mediodía ya. Mi asistente, Magdalena, se había ido a almorzar, lo cual significaba que estaba sola con mi computadora y un millón de pendientes que no quería hacer. Entonces tocaron la puerta. —Magdalena, te dije que fueras a almorzar —murmuré, sin despegar la vista del archivo en la pantalla. —¿Y tú? Esa voz. Me quedé helada antes de atreverme a mirar hacia arriba. Y ahí estaba. Charles. Parado en mi oficina. Rayos. No. Esto no estaba bien. Y lo peor es que mi cuerpo no parecía ayudarme. * CHARLES Lo de anoche no había sido solo cosa mía. Lo vi en sus ojos, en la manera en que su pecho subía y bajaba más rápido de lo normal. Eso me sacó una sonrisa. —¿Le gusta lo que ve, señorita Wallace? —pregunté, cerrando la puerta y caminando hacia su escritorio con la calma de quien tiene el control. Nailea parpadeó, como si intentara procesar que estaba ahí. —¿Qué haces aquí? —Su voz tenía sorpresa, pero también otra cosa… algo que me gustaba demasiado. Me encogí de hombros. —Vine a verte. Ella frunció el ceño. —¿Cómo carajos me encontraste… otra vez? Reí bajo. —Tengo mis métodos, señorita Wallace. La vi apretar la mandíbula… y los muslos. Interesante. —¿Por qué no estás en tu hora de almuerzo? —pregunté con total indiferencia, aunque la verdad es que ya tenía mi respuesta. —Mmm… —Desvió la mirada hacia los archivos frente a ella—. No puedo. —¿Y eso? —Tengo que acabar con esto antes de irme hoy. Si paro a comer, solo se me va a acumular más trabajo. —Podrías llevártelos a casa —solté. Nailea negó con la cabeza de inmediato. —No. Los fines de semana son de Inma y míos. Nada de trabajo. Odio llevarme pendientes para esos días. Ah, maldita mujer. Cada cosa que decía la hacía aún más atractiva. * NAILEA —Qué pena —dijo él, apoyando las dos manos en mi escritorio, inclinándose un poco. Yo, en vez de mantener la compostura, me quedé viendo sus bíceps. j***r, se le marcaban incluso con el traje. ¿Qué tal se verían sin nada encima? Sacudí la cabeza y forcé mi vista hacia su rostro. —¿Por qué dices eso? Charles ladeó una sonrisa. —Porque me hubiera encantado salir contigo. Y ahí estaba otra vez. La tensión. Ese maldito juego peligroso entre los dos. Se inclinó un poco más. El aire entre nosotros se volvió espeso, eléctrico. Sentí su aliento rozándome la mejilla y maldije en silencio por ser tan baja. Si fuera más alta, no habría podido hacer eso. —Te paso a buscar para cenar. —Su voz me acarició la piel como una advertencia. Abrí los ojos como platos. Cuando reaccioné, él ya se alejaba con una maldita calma que me sacaba de quicio. Abrió la puerta, me lanzó una última mirada y, por si no era suficiente, me guiñó un ojo antes de desaparecer. Me quedé ahí, paralizada, debatiéndome entre estar furiosa o rendirme de una vez. Mierda. * CHARLES Siempre había estado solo. Hijo único, el nerd que pasaba más tiempo en libros que con gente, el que aprendió a defenderse a los golpes porque el mundo no perdona a los débiles. Hasta que un día, en la universidad, cambié. Me harté y decidí que si el sistema funcionaba con apariencias, entonces jugaría su juego. De repente, las chicas me querían y los tipos querían ser mis amigos. Pero lo entendí rápido: no era yo lo que buscaban. Era el dinero, la imagen, lo que podía ofrecerles. Por eso, cuando conocí a Nailea, fue diferente. Ella no buscaba nada de eso. No me miraba como un trofeo ni como un cajero automático con traje. Y la química entre nosotros… j***r. Nunca había sentido algo así, ni siquiera con Hayley. Y eso era un problema. Un gran problema.
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