Capítulo 1 – Kira frente al espejo
El sonido del encaje deslizándose por mi piel es como un susurro conocido, íntimo, casi sagrado. El tipo de sonido que solo escuchas cuando te perteneces. Frente al espejo de cuerpo entero que adorna el rincón izquierdo de mi habitación, examino los detalles de la lencería negra que acabo de ponerme: encaje francés, bordado a mano, con transparencias que apenas insinúan y no perdonan. Perfecta. Ni demasiado reveladora ni demasiado recatada. Justo en el punto donde el misterio se mezcla con la provocación.
Me gusta empezar por ahí. Por mi ropa interior. Porque lo primero que tocan no es mi piel… es lo que yo decido que toquen.
Mis dedos, entrenados y elegantes, recorren el contorno de mis caderas, acomodando el encaje como si se tratara de una segunda piel. Me agacho para ajustar los ligueros con un clic firme y preciso, como si cada hebilla fuera una pequeña armadura. Me observo. No solo estoy hermosa. Estoy peligrosa. Como una flor con espinas.
—Te ves deliciosa, Kira —murmuro con una sonrisa torcida, sabiendo que no hay nadie más en la habitación que yo y mi reflejo.
Afuera, la ciudad aún respira el calor del atardecer. Desde el ventanal se adivinan las luces del tráfico, las siluetas que se cruzan, el bullicio de una vida normal. Una vida que nunca fue mía.
Me siento frente al tocador. La luz blanca se enciende con un zumbido suave. Aplico base con la delicadeza de quien ha perfeccionado un ritual. Sombras en tonos tierra, delineado en n***o profundo que alarga la mirada como un secreto al descubierto. Mis labios, carnosos y bien definidos, los cubro de un rojo quemado. Color sangre. Color deseo.
Soy Kira Velvet. Veintisiete años. Mujer. Arma. Fantasía. Una latina con curvas de pecado y piel dorada como la miel en verano. Cabello largo, n***o como la medianoche, y unos ojos que parecen mirar directo al alma… o al menos eso dicen. Lo cierto es que aprendí a mirar sin mostrar nada. A entregar placer sin regalarme.
Me levanto con lentitud, sin apuro. Camino hacia el vestidor. Selecciono un vestido que abraza mi figura como si hubiera sido cosido para mí: terciopelo color vino, abertura lateral, escote pronunciado, espalda al descubierto. Tacones aguja. Perfume sutil, con notas de ámbar y cuero. Todo milimétricamente calculado.
Y sin embargo, mientras me abrocho el último broche del collar de diamantes que me regaló un cliente obsesionado, pienso en lo mismo que llevo semanas rumiando en silencio: “Seis meses más, Kira. Solo seis.”
Lo prometí. A mí misma. A la mujer que era antes. A la niña que aún me habita en alguna parte.
A los veintiocho, me retiro.
No fue un accidente que terminara aquí. Tampoco fue del todo una elección. El lujo, el sexo, el poder disfrazado de pasión… se me presentaron como una salida cuando el mundo solo me ofrecía puertas cerradas.
Tenía veinte años. Trabajaba de mesera en un bar de hotel cinco estrellas en Cancún. Había aprendido a sonreír con los labios, no con los ojos. A escuchar sin juzgar. A dejar que los hombres me miraran como si ya fueran dueños de mí, aunque por dentro me reía de ellos.
Y entonces apareció él. El primero. No el primero que me deseó, sino el primero que me ofreció una cifra y no una promesa. Era canadiense, millonario, aburrido. Quería compañía, discreción, sumisión. Le ofrecí todo eso con una copa de vino en la mano y un plan ya dibujado en la cabeza. Esa noche no solo abrí las piernas. Abrí los ojos.
Descubrí algo adictivo: el placer como un negocio, el deseo como una transacción donde yo tenía todo el control. Aprendí que podía ser deseada sin ser devorada. Que podía simular entrega mientras acumulaba poder en cada gemido. No todas nacen para esto. Pero yo… yo nací para ser peligrosa.
Desde entonces, establecí mis reglas. Nunca repetir con un cliente emocionalmente dependiente de mí. Nunca dormir después del sexo. Nunca compartir información real. Nunca sentir. Nunca mezclar.
Y lo cumplí. Siempre.
Hasta ahora.
Los últimos meses han sido extraños. Digo que no lo noto, pero lo noto. Tres hombres. Tres encuentros que se salieron del guion. Tres nombres que no repito en voz alta, pero que revolotean en mi cabeza como mariposas negras. No admito su importancia, pero mi cuerpo sí. Mi mente los estudia. Los sueña.
Uno tiene el alma rota y la risa fácil. Otro me escucha como si cada palabra mía fuera un poema olvidado. Y el último… el último me mira como si pudiera destruirme solo con desearlo.
Y lo peor de todo… es que quiero que lo haga.
Pero no. Me sacudo esos pensamientos. Esta noche tengo una cita. No con ninguno de ellos, gracias al cielo. Es un cliente nuevo, de paso por la ciudad, verificado y con referencias limpias. Todo en orden. Todo seguro. Todo dentro del guion.
Bajo al vestíbulo en el ascensor privado. La recepción del penthouse se abre a un lobby elegante, con aromas caros y música instrumental de fondo. Un chofer me espera en la entrada. El auto es n***o, discreto, vidrios polarizados. Me acomodo en el asiento trasero con la gracia que practiqué años frente al espejo.
Durante el trayecto, dejo que el silencio me envuelva. Observo mi reflejo en la ventanilla. Me veo perfecta. Pero en el fondo de mis ojos, hay algo que me incomoda. ¿Incertidumbre? ¿Nostalgia?
No. Es curiosidad. Una emoción que no puedo darme el lujo de sentir.
El hotel es discreto, elegante. Entramos por la parte trasera. Una asistente me conduce al piso reservado. Nadie habla. Solo se escucha el sonido de mis tacones marcando cada paso, cada decisión.
Al entrar a la suite, todo se ve como siempre: iluminación tenue, champagne frío, una cama hecha con sábanas impolutas. Un espacio creado para el deseo… sin historia, sin memoria.
—Señorita Velvet —me saluda el cliente con una sonrisa que no llega a sus ojos.
Respondo con la misma sonrisa que he perfeccionado con los años. Cálida, distante, impecable.
El juego comienza.
Dos horas después, estoy de vuelta en el auto. Me quito los pendientes. El silencio es un bálsamo. No pienso en el cliente. No pienso en el sexo. Pienso en mí. En ellos. En cómo, sin quererlo, me están empujando a romper las reglas que me mantuvieron viva, intacta, poderosa.
Cierro los ojos. Respiro profundo.
Llego a casa, subo en silencio, me desvisto con lentitud. Dejo el vestido colgado, los tacones alineados, las joyas en su caja. Camino desnudo hasta el espejo.
Me observo.
Hay una mujer ahí. Hermosa. Letal. Cansada.
—Seis meses más, Kira —me digo en voz baja—. Solo seis.
Y esta vez… no estoy tan segura de creerlo.