Recuerdo cuando conocí a Luca fue en Milán, aquella cuidad que tiene esa arrogancia elegante que solo algunas ciudades europeas pueden permitirse. Las aceras de mármol desgastado, los escaparates con luces tenues, los taxistas que no te miran a los ojos. Todo allí huele a dinero antiguo y secretos bien guardados.
Había llegado esa mañana en un vuelo discreto desde París. Un cliente habitual me pidió que lo acompañara a un evento de negocios, pero canceló a última hora. Supuestamente su esposa sospechaba. Nada nuevo. Ya estaba en la ciudad, con una suite pagada por tres noches en el último piso de un hotel boutique en Brera. Podía haber vuelto de inmediato, pero algo me dijo que me quedara. Tal vez fue el cansancio. Tal vez el instinto.
O tal vez fue el destino con una sonrisa torcida.
Esa noche bajé al bar del hotel. Necesitaba una copa. Iba vestida para impresionar, aunque sin propósito. Tacones bajos, vestido de seda negra, sin escote, sin intención. O eso creí.
Lo vi antes de que él me viera a mí.
Apoyado contra la barra, con una camisa abierta justo lo suficiente para mostrar la curva de su clavícula. Cabello oscuro, revuelto con intención. Una sonrisa que no pedía permiso. Fumaba. Algo en él gritaba problemas, pero no del tipo sucio o desesperado. No. Este era el tipo de problema que sabías que ibas a cometer… y repetir.
—¿Puedo invitarte algo? —me dijo en italiano, con acento tan nativo que me supo a peligro.
—Depende —respondí sin mirarlo directamente—. ¿Tienes intenciones nobles?
Él rió. Esa clase de risa que se queda en el pecho antes de subir a la boca.
—Ni una sola.
Le sostuve la mirada.
—Perfecto.
El trago sabía a bourbon caro y decisiones cuestionables. Conversamos poco. Lo justo para entender que su nombre era Luca, que no estaba hospedado en el hotel, y que no me estaba mintiendo cuando me dijo que no creía en el amor.
Me encendió un cigarro con un encendedor dorado. De esos que ya no se fabrican. Elegante. Vintage. Único. Como si hubiera pertenecido a su padre… o a alguien que ya no estaba.
—¿Siempre eres tan directa? —me preguntó.
—Solo cuando no me interesa perder el tiempo.
—Entonces tenemos algo en común.
Me gustó. Su forma de mirarme sin idolatría. Como si me viera. De verdad. Como si pudiera desarmarme con palabras si así lo quisiera. Y por un instante, lo quise yo también.
La habitación olía a madera antigua y a sábanas recién planchadas. Subimos sin hablar, como si el silencio fuera parte del juego. El pasillo del tercer piso parecía eterno. Cada paso era un latido en mis oídos.
Cuando cerró la puerta detrás de nosotros, no hubo pausa ni protocolo. Me empujó suavemente contra la pared, y sus labios encontraron los míos con una desesperación que no era fingida.
No fue dulce. No fue tierno.
Fue hambre.
El tipo de hambre que arde en la piel y se aloja en la columna vertebral. Me besó como si me hubiera esperado toda la vida sin saber mi nombre. Como si tuviera sed y yo fuera el agua.
Mis manos se enredaron en su cabello mientras sus dedos descendían por mi espalda, deteniéndose justo donde comenzaba la curva de mis caderas. Me alzó sin esfuerzo, sujetándome con una fuerza que me hizo estremecer, como si mi cuerpo le perteneciera, como si ya lo conociera, como si su memoria lo hubiera grabado en otra vida.
Me cargó hasta la cama con una facilidad arrogante. Mis piernas lo rodearon por instinto. Nos deshicimos de la ropa entre besos entrecortados y respiraciones que se volvían gemidos. Cada prenda que caía al suelo era una rendición.
Y cuando me tuvo desnuda, cuando me miró como si hubiera descubierto un templo antiguo, supe que lo que venía no era solo sexo. Era algo más oscuro, más profundo. Más peligroso.
—Dios mío... —susurró, como una plegaria pecaminosa—. Eres perfecta.
Sus manos se deslizaron por mi cuerpo como si necesitara memorizar cada centímetro. Me besó el cuello, los pechos, el vientre… lento, pausado, con una devoción que me desarmó. No era solo deseo. Era adoración.
Cuando se colocó sobre mí, me miró a los ojos y por un segundo, uno solo, supe que estaba perdido. Obsesionado.
Y eso… me encantó.
Lo guie con mis piernas, lo atraje hasta que lo sentí en la entrada de mi cuerpo, grueso, duro, palpitante.
—Hazlo —le dije, con voz baja, ronca, cargada de necesidad.
No esperó más.
Entró en mí de una sola embestida, lenta pero profunda, y el mundo se desdibujó. Lo sentí todo: el calor, la presión, la plenitud. Su cuerpo contra el mío, su aliento en mi boca, sus ojos clavados en mi rostro como si mis reacciones fueran lo único que le importaban.
—Dios… —jadeé, arqueándome bajo él, incapaz de mantener el control por más tiempo.
Cada movimiento suyo era medido y brutalmente exquisito. Entraba y salía con una cadencia peligrosa, como si quisiera llevarme al límite, como si supiera exactamente cómo romperme desde adentro. Me tomaba con una intensidad que dolía y placía a partes iguales. Sus manos me sujetaban las caderas con firmeza, marcando territorio. Me hablaba en italiano entre dientes, palabras sucias y tiernas, y yo… yo ya no era Kira. Era solo cuerpo. Solo carne. Solo fuego.
Y en medio de esa tormenta perfecta, me perdí.
Me dejé ir como no lo había hecho en años.
Grité su nombre. Me aferré a sus hombros. Mordí su cuello.
Y él me miró como si acabara de ver el rostro de su Dios.
—Eres mía esta noche —dijo con una voz tan baja que me hizo vibrar por dentro.
Y no lo negué. No pude.
Porque en ese momento, lo era.
Por completo. Sin reglas. Sin nombre.
Solo yo. Solo él.
Y el abismo entre nuestros cuerpos hecho deseo.
Estábamos desnudos, uno al lado del otro, la sábana cubriéndonos solo por apariencia. Él sacó el encendedor de su pantalón en el suelo y lo hizo girar entre los dedos como un truco aprendido en la infancia.
—¿Sabes? No suelo repetir —dijo de pronto, sin mirarme.
—Yo tampoco —respondí, alzando una ceja.
—Pero contigo quiero hacerlo.
Me giré lentamente. Lo miré a los ojos. Eran de un marrón cálido, con vetas doradas. Jodidamente sinceros. Odio cuando me miran así. Me quitan el control.
—¿Por qué?
Él se encogió de hombros.
—Me haces sentir algo. Y eso no pasa mucho.
Mi corazón dio un vuelco. No por la confesión, sino por lo que provocó en mí.
Me sentí adolescente. Viva. Impulsiva.
Y eso es lo más peligroso que puedo sentir.
—No es buena idea —dije. Fría. Distante. Practicada.
—Las mejores nunca lo son.
Él se incorporó. Buscó mi mano. La tomó como si tuviera derecho. Y entonces, con una ternura que no combinaba con el sexo que acabábamos de tener, me besó los dedos. Uno por uno.
Mi máscara se agrietó.
Quise reír. Quise decirle que era solo una noche. Que no me recordaría su nombre al amanecer. Que esto era un trabajo, no un poema.
Pero no dije nada.
Solo me levanté, busqué mi ropa, y mientras me vestía frente al espejo de cuerpo entero del hotel, sentí su mirada clavada en mi espalda.
—¿Nos vemos mañana? —preguntó.
Me detuve un segundo. No lo suficiente para que lo notara. Solo lo justo para pensarlo. Y entonces, sin girarme, respondí:
—Te llamo si cambio de opinión.
Mentí.
No tenía su número.
Pero algo me decía que él encontraría la forma de volver a aparecer.
Esa noche caminé de regreso al piso superior, al mío, como si la gravedad hubiera cambiado. No me sentía ligera. Me sentía… abierta. Vulnerable.
Me senté en el borde de la cama, con las medias aún sin quitar. Mis dedos temblaban. Y no por el orgasmo.
Era otra cosa. Algo que no quería nombrar.
Fui al baño. Me lavé el rostro. Me miré al espejo.
Y ahí estaba yo: Kira Velvet, perfecta, intacta, maquillada otra vez por rutina.
Pero dentro de mis pupilas había un nombre nuevo flotando.
Luca.
Con su encendedor dorado.
Con su forma de besar como si supiera que todo se acaba.
Con su piel contra la mía.
Y lo odié.
Lo odié por hacerme sentir algo.
Lo odié por despertar a la mujer que había guardado bajo siete llaves.
Y aún así… aún así, cuando apagué la luz y me metí en la cama sola, cerré los ojos y pensé:
Tal vez, solo tal vez, sí lo quiera volver a ver.