Amanecí con la respiración contenida. El tipo de mañanas en que el cuerpo está caliente por dentro, como si hubiera tenido un sueño húmedo que no logro recordar. Pero no era sueño. Era memoria. Era Luca.
Había pasado dos días desde aquella noche. Y contra todo lo que he predicado, contra cada regla que me he repetido como un mantra desde que comencé esta vida, acepté volver a verlo a pesar de que se notaba estaba generando una dependencia emocional hacia mí.
Esta vez no en un hotel. No como una cita profesional. Sino como una mujer. Una que aún finge que el control sigue siendo suyo.
Le escribí esa misma mañana: “Te veo a las ocho. Viste algo que me den ganas de arrancarte”.
Me recogió en un Maserati n***o, brillante como una amenaza bajo las luces de la calle. Vestía chaqueta de cuero, camisa blanca ligeramente desabotonada y una sonrisa de canalla que rugía con el motor al detenerse frente a mí. Abrió la puerta del copiloto con una inclinación teatral de cabeza, como si me conociera desde siempre. Cuando me senté en el asiento de piel, su mano rozó la mía apenas un segundo. Sentir su cercanía fue tan natural que me odié un poco.
Me llevó a un pequeño restaurante escondido en Navigli, uno de esos lugares que huelen a vino, madera vieja y risas sinceras. No pregunté cómo tenía acceso a reservas privadas ni por qué el chef lo saludó con miedo. Algunas cosas prefiero no saberlas.
Pedimos pasta hecha en casa y un vino tinto que me aflojó las barreras. Yo, que rara vez como en público con clientes. Yo, que jamás acepto repetir. Yo, que tengo un corazón blindado con acero quirúngico.
Durante la cena, su atención era mía. Pero sus ojos, ah... sus ojos eran cuchillas cada vez que algún hombre me miraba desde otra mesa. Y eran muchos.
—¿Siempre atraes miradas así? —me preguntó con una mueca.
—No tengo control sobre los ojos ajenos —respondí, jugando con el borde de mi copa.
—Pero te gusta.
—Me gusta el poder, Luca. Y mirar no cuesta.
Él asintió. Pero el gesto no fue de aprobación, sino de contención. Como si guardara algo que no sabía cómo decirme. El resto de la cena fue más suave, casi cálida. Raras veces me reío sin calcular el impacto. Con él lo hice.
Caminamos por el canal después. Sus dedos rozaron los míos con timidez. Yo no soy mujer de manos entrelazadas. Pero esa noche, no me solté.
Cuando volvimos a mi hotel, subimos sin hablar. Había electricidad en el aire, pero también algo más. Algo que pesaba.
Dentro de la suite, me quise adelantar, tomar el control, pero él se acercó y me detuvo con una sola frase.
—Antes de que pase cualquier cosa... quiero saber quién eres, en verdad.
—Ya lo sabes. Soy Kira.
—No, no me refiero a tu nombre.
¡Y allí estaba! La oportunidad para huir. Para mentir. Para evadir.
Pero algo en su mirada me desnudo más que sus manos.
—Soy scort de lujo. Desde hace ocho años. El dinero, el control, la libertad... todo eso me hace seguir. Pero me retiro en seis meses.
Él no parpadeó. No me juzgó. Solo asintió, como si ya lo hubiera intuido. Como si eso no cambiara nada. O todo.
—Entonces esta noche, no te pago. Ni te compro. Solo te quiero.
—Si quieres seguir viéndome, Luca —le dije con firmeza, aunque me ardiera por dentro—, va a tener que ser como cliente. Nada más.
Y me tuvo.
Pero no como la primera vez.
Esta vez fue distinto.
Me desnudó con una lentitud que me desesperó. Como si tuviera todo el tiempo del mundo para memorizarme. Me besó como si no quisiera llegar a ninguna parte. Como si cada caricia fuera suficiente.
Me recostó en la cama con una delicadeza devastadora. Sus dedos se detuvieron en cada línea de mi piel, como si buscara leerme en braille. Y cuando entró en mí, lo hizo con una suavidad que me partió en mil pedazos.
No gimió, no apretó, no dominó.
Él se entregó. Y me recibió.
Nuestros cuerpos no chocaron. Se encontraron. Me movía sobre él con una cadencia que no buscaba el clímax, sino la conexión. Mis caderas se amoldaron a su ritmo. Sus labios encontraron los míos una y otra vez, como si se aseguraran de que yo también estaba allí, de verdad.
Y cuando ambos llegamos, fue como si el mundo se detuviera un segundo. No por el placer, sino por el vacío que dejó después.
Me acurruqué contra su pecho. Rompí otra regla. Dormí a su lado. Me dejé envolver por su calor y su respiración acompasada.
Hasta que habló.
—No soy bueno para estas cosas.
Abrí los ojos, sin moverme.
—¿Qué cosas?
—Esto. Sentir. Cuidar. Querer. Siempre termino jodiendo todo.
No respondí. Porque en ese instante entendí algo que me hizo temblar por dentro: si me quedaba, si seguía viéndolo, yo también terminaría jodida.
Al amanecer, me levanté sin hacer ruido. Me vestí. Dejé un beso en su frente. Y me fui.
Necesitaba volver a mis reglas.
A mi mundo de piel sin alma, de caricias sin historia.
De hombres que no me preguntaban quién era. Ni me hacían sentir que querían quedarse.
Esa tarde, al abrir mi celular, un mensaje esperaba:
“Nos vemos mañana a las 10. - M”.
Y con solo esa letra, supe que otro hombre regresaba a escena.
Uno muy distinto a Luca.
Uno que también iba a romper algo en mí.