Entré al penthouse como quien atraviesa un santuario.
No había música, ni voces. Solo el crepitar de una chimenea encendida y el aroma tenue de un vino que ya esperaba respirar en la decantadora de cristal. Las paredes estaban forradas de libros, de piso a techo, intercalados con piezas de arte moderno que parecían suspendidas en el tiempo. Había cuadros sin firma, esculturas de metal en formas imposibles, una atmósfera de intimidad sofisticada. Como él.
Matteo.
Italiano, de belleza serena y peligrosa, como una estatua tallada con intenciones ocultas. Ojos verdes que no brillan, sino que observan. Labios delgados, firmes, que saben cuándo callar y cuándo pronunciar versos con la voz baja. Me había estado viendo una vez por semana durante los últimos tres meses. La semana pasada se molestó cuando me fui a Milán justo el día que quería verme de nuevo. No lo dijo con reproche, pero lo noté en su silencio más largo, en la copa de vino que no llenó tan rápido como siempre. Lo compensaría esta noche. Él lo sabía. Yo también. Siempre en su espacio, nunca en hoteles. Siempre con tiempo, nunca con prisa. No hablaba mucho, pero cuando lo hacía, sus palabras se quedaban rebotando en mi piel como un eco lento. Tenía esa clase de presencia que no necesita imponerse. Silencioso, atento, elegante. Y peligroso de otra forma: la emocional.
Me recibió con una copa de vino tinto entre los dedos y una sonrisa discreta. Llevaba una camisa negra, sin botones en el cuello, mangas dobladas hasta los antebrazos. Casi casual. Casi doméstico. Pero con ese porte que lo hacía parecer siempre al borde de un secreto.
—Chianti del 2006 —dijo, extendiéndome la copa sin tocar mi piel—. Suave, pero con carácter. Como tú.
Tomé el cristal con una inclinación de cabeza.
—Espero que no tenga un final amargo.
Sonrió, mínimo. Me hizo señas de seguirlo hasta la sala.
Nos sentamos en un sillón amplio, de cuero gris, frente a la chimenea. La conversación fluyó como si estuviéramos retomando un capítulo a medias. Hablamos de Neruda, de un poema sobre cuerpos que se buscan incluso en el silencio. De política europea. De arquitectura sensual y el diseño de espacios que invitan a la calma. De los placeres que no se compran: un buen libro, una conversación inteligente, una mirada sostenida.
Matteo no me interrumpía. No corregía. No llenaba los vacíos con ruido. Me escuchaba. Pero de verdad. Como si cada palabra mía fuera un hilo que él recogía con cuidado. A veces asentía. A veces sonreía apenas. Pero siempre me miraba como si leyera entre líneas. Como si supiera que yo también era una historia encuadernada que pocos se atreven a abrir.
Y ese era el peligro.
No me miraba como un cliente. Me miraba como un lector fascinado con una edición limitada.
Después de la segunda copa, me levanté para observar una escultura curva de bronce. Sentí su presencia tras de mí antes de que me tocara. Sus manos rodearon mi cintura con suavidad. Me atrajo hacia su pecho, y su aliento se deslizó sobre mi cuello como si me nombrara sin hablar.
—No toda piel arde igual —susurró, como si ya supiera lo que iba a regalarme después.
Me giré. Lo besé. No con pasión desbordada, sino con una necesidad contenida. Como quien ha esperado el momento exacto.
Me desvistieron sus dedos, uno a uno, con calma reverencial. Mis tirantes bajaron por mis hombros como un secreto cayendo. Su boca siguió el camino de la ropa, marcando mi piel con besos lentos, calculados. Me sentí desarmada.
Cuando me tuvo desnuda, se limitó a observarme. Sin urgencia. Sin morbo. Como si fuera arte. Como si valiera la pena demorarse en cada curva.
Me llevó hasta el diván, junto a la chimenea. Me recostó con un cuidado que me hizo tragar saliva. Luego se despojó de la camisa, revelando un torso marcado, elegante, sin exageraciones. Sus manos exploraron mi cuerpo con devoción, y cuando se inclinó sobre mí, nuestras respiraciones ya estaban acompasadas.
Entró en mí con una lentitud calculada, sintiendo cada centímetro, cada temblor. Sus gemidos eran bajos, contenidos. Me sujetó de la cintura, y comenzó a moverse con una cadencia que no buscaba el clímax, sino la memoria.
Nos movimos lento. Luego más profundo. Me hizo sentarme sobre él, rodearlo con mis piernas. Sus manos se aferraron a mis pechos con una fascinación que me arrancó un gemido sincero.
—Eres perfecta así —murmuró, besando uno de mis pezones con una suavidad que me quebró por dentro.
Me incliné hacia él, le mordí el labio, y cabalgué su cuerpo como si supiera que esa noche también la recordaría yo.
Nos fundimos sobre el cuero tibio del diván, luego en la alfombra, luego contra la biblioteca, donde me alzó con fuerza inesperada y me hizo suya de pie, mis piernas temblando, su lengua en mi garganta, sus manos marcando el contorno de mi espalda. Todo con esa misma calma feroz. Todo con ese deseo silencioso que no necesita ruido para arrasar.
Cuando terminamos, nos quedamos en silencio. No el incómodo. El de verdad. El que compartes solo con quien entiende que a veces el silencio es también una forma de intimidad.
Se levantó, caminó hasta su biblioteca, y sacó un libro pequeño. Me lo entregó sin decir nada. Neruda. Edición antigua. En la primera página, una nota escrita a mano:
"No toda piel arde igual."
Lo miré.
—¿Y tú, Matteo? ¿Qué piel te ha quemado a ti?
No respondió. Solo me besó la frente y se alejó hacia la cocina.
Esa noche, me vestí en silencio. Salí del penthouse caminando lento, con el libro apretado contra el pecho.
Y por primera vez en mucho tiempo, me sentí deseada. No por lo que ofrecía. No por lo que fingía. Sino por lo que era.
Y eso... me dio miedo.