~Estefany~
Me despierto al amanecer y me estiro en la cama, mirando a mi alrededor no hay luz, excepto los pequeños rayos del sol, el cual apenas empieza a salir y se cuela dentro de la habitación. Despertar sola en esta cama desconocida no me resulta tan frío como me lo imaginaba. Tal vez sea porque estoy a pocas puertas de mi antiguo mejor amigo y enamorado.
Beso la cabeza de cada uno de mis hijos, que se sobresaltan un poco pero no se despiertan. Al menos no tienen fiebre y no se ven afectados por haber pasado algunos minutos bajo la lluvia fría de ayer. Antes de dirigirme al baño que se encuentra en el pasillo, me aseguro de atrapar a los gemelos entre las mantas para que no se caigan, mientras estoy fuera.
Enciendo la luz del baño, me miro en el espejo y lo primero que capta mi vista es mi larga melena pelirroja enmarañada. Siento repulsión por mi cabello y lo agarro, en un instante me llegan los recuerdos de Mateo agarrando con fuerza mi hermoso cabello, los recuerdos inundan mi mente y siento que no puedo respirar. Un grito ahogado sale de mis labios ante los recuerdos y sin perder mucho tiempo empiezo a rebuscar en los cajones hasta encontrar unas tijeras. Vuelvo a mirarme en el espejo y alineo las tijeras con mi pelo y lo corto de un tirón antes de que pueda arrepentirme, veo cómo el mismo fluye hacia abajo y cae sobre el lavamanos. Al ver mi pelo tirado siento como si me hubieran quitado un peso de encima, vuelvo a mirar al espejo y veo una pequeña sonrisa en mi cara. Sigo cortando pedazos de mi pelo hasta que me llego a los hombros, está increíble, pero igual tengo que arreglármelo en una peluquería.
Suspiro feliz y me dirijo al dormitorio de invitados después de tirar todo el pelo cortado en el zafacón. Abro la puerta despacio, asegurándome de no despertar a los niños. Pero cuando me acerco a la cama, los gemelos no estaban allí. Horrorizada, grito con todas mis fuerzas y corro hacia las escaleras, tomando dos por paso. Tropiezo en el último escalón y me caigo, pero antes de tocar el suelo alguien me coge y tira de mí hacia arriba.
Iván pone sus manos en mi cintura y me estabiliza, me mira preocupado y yo empiezo a desvariar. "¡Iván, los niños! ¡Él estuvo aquí, Mateo se los llevó!". Antes de que pudiera seguir hablando, Iván inclina suavemente mi cabeza hacia un lado con mucho cuidado y veo a mis dos bebés sanos y salvos sobre la alfombra del salón de la sala. Una vez que mis ojos los absorben, siento que puedo respirar de nuevo.
Iván toma un mechón de pelo y lo coloca por detrás de la oreja y me sobresalto un poco ante su repentino movimiento. Me mira con el ceño fruncido y los ojos entrecerrados. Sé que su frustración no es dirigida hacia mí, sino más bien hacia mi exnovio. Sabe que ha pasado algo, pero no quiere presionarme.
"Se te ve bien lindo fresa", dice con una suave sonrisa y siento que me derrito en sus brazos. Me encanta ese apodo.
"Quería algo diferente", digo encogiéndome de hombros, sintiéndome toda tímida bajo su ardiente mirada. Sus ojos pasan de los míos a un Marco molesto y yo me alejo de sus brazos y me acerco a mi hijo. Lo cojo en mis brazos y me giro para ver a Iván mirándome intensamente.
"No pretendía asustarte cuando me llevé a los gemelos" sonrío y le hago un suave gesto con la cabeza, estaba actuando paranoica, estoy con Iván, no creo que exista un lugar más sano y salvo. Pero, eso no me quita la angustia, fue una noche larga para mí y tengo la sensación de que Mateo no se rendirá sin luchar. "¿Tienes hambre?" me pregunta y yo asiento con la cabeza. Observo atentamente cada movimiento de Iván, quien entra en la cocina y saca dos grandes platos con huevos revueltos. Los coloca sobre la mesa del salón y se marcha de nuevo. Cuando vuelve, lleva dos pequeños platos con manzanas y plátanos cortados en trocitos y los coloca en el suelo.
Iván se sienta en el sofá, coloca a Anastasia en su regazo y le sujeta el plato mientras ella come. Repito lo mismo con Marco y empiezo a darle la fruta cortada.
"Sé que no es tan elegante como la comida que cocinas en el restaurante, pero algo es algo", dice con una pequeña sonrisa y yo no puedo evitar soltar una risita. Iván sabe todo lo que me ha costado convertirme en chef de un restaurante de lujo. Trabajar en la cocina me da tanta paz y tranquilidad. Recuerdo que, cuando Iván y yo éramos niños, nos tumbábamos en mi patio y soñábamos con nuestros futuros trabajos. Me alegra decir que cada uno de nosotros acabó consiguiendo el trabajo de nuestros sueños.
De repente, Iván me da un ligero apretón en la mano. Miro hacia él y me dedica una pequeña sonrisa. "¿Alguna vez me vas a contar lo que te hizo?". preguntó Iván con sus ojos un poco helados, pero estaba más preocupado que otra cosa, podía verlo en fondo de sus ojos.
"No lo sé" suelto un suspiro e Iván asiente con la cabeza en señal de comprensión, apartándose del tema y yo no podría estar más agradecida por ello. Comemos en silencio el resto de la mañana hasta que Iván se fija en la hora de su reloj. Murmura maldiciones en voz baja, pero no lo suficiente como para que lo oigan los chicos.
"Tengo que ir al entrenamiento", dice y se levanta para recoger todos los platos. Los mete en el lavavajillas y yo me quedo estupefacta, sin saber qué hacer. Normalmente soy yo la que cocina y limpia los platos. "Aquí tienes mi tarjeta, deberías ir a comprar ropa y lo que necesiten los niños" Pone su tarjeta negra sobre la mesa y la desliza en mi dirección.
"¿Qué?" Pregunto con repulsión, atragantándome con la poca comida que aún tenía en la boca. "¡Iván, yo tengo dinero, por eso trabajo!". Le digo, empujando la tarjeta de nuevo en su dirección y veo que frunce el ceño.
"Lo sé", me sonríe descaradamente y yo entrecierro los ojos. No puede estar hablando en serio. "Ah, y llévate mi todoterreno n***o, no quiero que vayas por ahí con dos niños y un padre psicópata sin alguna forma de escapar rápido".
"Puedo comprarles cosas a mis hijos, además ¿cómo se supone que te pagaré todo esto?". le pregunto, jugando con mis dedos. Vine aquí en busca de refugio, no de limosnas. Él es mi mejor amigo, no mi banco personal.
"No te lo estoy pidiendo", dice y antes de que pueda discutir más, sale por la puerta y yo me desplomo en el sofá mirando esa estúpida tarjeta negra.
¿Tengo que comprarles cosas a mis hijos? Sí, pero eso no significa que voy a utilizar la tarjeta de Iván para eso. Son mis hijos; son mi responsabilidad... Utilizaré hasta el último centavo que tenga en mi cuenta bancaria para comprarles todo lo que necesiten y lo haré sin gastar el dinero de Iván.
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Me pasé todo el día mirando el teléfono, esperando un mensaje de texto de Mateo, pero nunca llegó. ¿Sus hijos y yo somos tan desechable para él que ni siquiera me envió un mensaje de texto para ver dónde estamos? Claro, yo no quiero enfrentarlo o hacerle saber acerca de mi paradero, pero todavía duele saber que pasé tres años con él, sin embargo, él no podía preocuparse menos por mí y nuestros hijos.
El sonido de la puerta principal me saca de mi trance y giro un poco la cabeza para verle entrar. Iván deja que su bolso toque el suelo suavemente, como para que no hiciera ningún tipo de ruido. Los gemelos están despiertos y jugando, pero su iniciativa es tan cariñosa que no me atrevo a decírselo. Noto que frunce el ceño y se me corta la respiración.
¿Nos va a echar? ¿Somos una carga para él? ¿Alguno de los niños ha roto algo?
"¿Fresa?", me dice en un susurro y yo suelto una risita. Mi risa le hace notar que le estoy observando desde el salón. Una de las cosas que me encanta de la casa de Iván es que es muy grande, pero como es un estudio agrandado puedes ver todas las habitaciones sin moverte. "¿Por qué la casa no se encuentra en condiciones para que dos bebes puedan vivir aquí? Sólo tenías un trabajo" se enfurruña y me entrecierra los ojos, pero no veo resentimiento ni enfado en dentro de ellos.
"Pues corrígeme si me equivoco, pero estoy segura al 99.9% de que tu todoterreno n***o no tiene dos asientos para bebés" respondo con una sonrisa descarada y los ojos de Iván se abren de par en par por el aspecto que él no había considerado. Su risa me pilla desprevenida, pero es tan profunda y suave que no puedo evitar quedarme mirando.
"Ahí me has pillado", se acerca a mí y me da un beso en la cabeza. "¿Qué te parece si mañana vamos al centro comercial y compramos lo que necesites?” ahora está buscando en la cocina algo para comer. Levanta la tapa de la olla y deja que el humo le dé en la cara. Juro que se le hace la boca agua al oler mi comida.
Desde pequeño, Iván tenía la manía de abrir las tapas de las ollas cuando alguien está cocinando. La primera vez que lo hizo en mi casa, mi madre le pegó suavemente con una cuchara de madera. Pero cada vez que iba a mi casa, levantaba la tapa sin importarle que le pegaran con una cuchara de madera. Mi madre llegó a ignorar y amar al niño que levantaba las tapas de las ollas. Se convirtió en algo tan cotidiano que era raro que no lo hiciera.
"Estás de broma, ¿verdad?" Pregunto, porque la idea de que Iván salga a comprar conmigo cosas para los niños no me cuadra. Tiene entrenamiento casi todos los días, si se salta un entrenamiento, mi padre lo matara. "Tienes entrenamiento".
"Mañana es nuestro día libre". Responde indiferente con un encogimiento de hombros.
"No tienes que hacerlo".
"Quiero", ¿pero este hombre tiene una respuesta para todo? Es irritante. "Además, aparte del entrenamiento, no tengo mucho que hacer en mi vida, tú y los gemelos seguramente me mantendréis alerta".
"Cuidar de un bebé es duro, dos es aún peor", le digo con un suspiro, adoro a mis hijos, pero a veces son demasiado para mí.
"Entonces es bueno que tenga paciencia" ¿Por qué tiene que ser tan perfecto? Mientras mantengo mis ojos fijos en Iván, él me dedica una sonrisa pícara antes de sacar su teléfono y marcar a alguien. "Hola, ¿Javier? Perdona que te moleste, pero ¿podrías arreglar la entrega de un paquete de dos asientos de coche para bebes en mi casa?" Iván pide su favor, pero la respuesta que obtuvo de Javier no fue de su agrado, porque sus ojos se entrecierran y frunce las cejas en señal de irritación.
"No hagas preguntas que no te incumben Javier, sólo haz lo que te he pedido por favor, quiero que me los entreguen aquí por la mañana" y con eso, antes de que Javier pudiera contestar, cuelga la llamada y me guiña un ojo. "Parece que mañana tendremos un día de compras, me voy a duchar fresa" Iván se acercó más a mí y la mirada en sus ojos decía que quería darme algún tipo de contacto físico, pero la pelea que se arremolinaba en sus ojos terminó decidiendo que simplemente era mejor alejarse.
Y eso duele, porque, aunque no lo quiera, mi cuerpo anhela su calor.