Partículas de hielo comenzaron a juntarse formando dos siluetas dentro del bosque secreto. No tardaron en tomar forma: el caballero con Fehila en sus brazos.
Fehila mostró lo más parecido a una sonrisa mientras una lágrima aparecía en sus ojos.
–Yo… ¿acaso estoy soñando? –El ave parecía emocionada pero al mismo tiempo perpleja.
–No, no lo estás. –El chico retiró el yelmo, dejando visibles sus rubios cabellos que se movían por el viento. Sus filosos ojos azules se dirigieron a la Fénix–. Soy yo, soy Ledah.
–Pero moriste… –Respondió Fehila.
–O eso fue lo que pensaste. –Aclaró Malchior, quien observaba desde lo alto de una roca–. Lo que todos pensaron.
–¿Quieres decir que nunca estuviste muerto? –Los ojos de la Fénix no se quitaban de Ledah.
–Me encargué de hacer que las partículas de oxigeno entraran a través de su piel. –Continuó el Vigilante–. Lo mantuve así hasta que todos se convencieron de que había muerto.
–Pero… –Fehila finalmente miró al peliblanco–. ¿Por qué hiciste algo como eso?
–Porque era evidente que si las cosas seguían su curso Michael le mataría. –Y era cierto, Fehila lo sabía.
–Hoy… lo he visto. –Comentó Ledah con dolor en su voz–. Y al ver su rostro…
–Vinieron recuerdos a tu mente. –Terminó la frase el ave mientras se ponía de pie y envolvía en sus alas al chico, tal y como una madre abraza con ternura a su pequeño retoño.
–Sentí el deseo de abrazarlo… –Corrigió el joven rubio–. Pero al recordar lo que ha hecho quise vengarme.
–No es extraño que algo como eso haya pasado por tu mente, mi pequeño niño. –La ternura en la voz de la fénix era indescriptible–. Y si decidieras hacer una acción como la mencionada nunca te lo cuestionaría. –Lentamente usó su ala para mover el rostro de Ledah hasta conectar sus miradas–. Gracias, mi aliado. –Sonrió.
–No era una opción dejarte caer. Sin embargo… –El frinx pareció pensativo–. Te oí llamar traidor a Jaen.
–Pensé que el poder no se le subiría a la cabeza. –Concluyó Fehila–. Pero creo que me equivoqué.
–Hay muchas variables que aún desconoces, fénix de hielo. –Intervino Malchior–. Jaen está actuando por su cuenta a la espera de que alguien confíe en él. Solo así podrá identificar a quienes realmente lo apoyan.
–Con eso estás diciendo que… –Fehila pareció recibir una bofetada.
–¿Esperaba tener tu apoyo? –Malchior suspiró–. Nunca se imaginó que le darías la espalda, no tú. –Negó con la cabeza–. Y mucho menos que romperías la alianza que tenían. Creo que el golpe más fuerte fue verte desaparecer en manos de otro sujeto que te llamó aliada.
–¡Él me llevó hasta Fefíl! –Reclamó la Fénix–. ¿Qué podía hacer?
–Me temo que nuevamente estás equivocada, Fehila. –El ave abrió los ojos con una expresión de dolor al escuchar a Ledah–. No fue Jaen quien llevó allí a Ariana…
–Todo fue un juego. –Continuó Malchior–. Una estrategia de Anabelle para separarte de Jaen. Y lo logró.
***
Mike no podía creer lo que acababa de ver. ¿Realmente se trataba de Ledah? Se suponía que lo había matado. Era imposible que se hubiera levantado de entre los muertos solo para salvar a Fehila de una muerte inminente. ¿Había una posibilidad de que no fuese él? ¿Era cierto que frente se levantó nada menos que su hermano menor? La llamó “aliada” y según tenía entendido, solo él y Jaen habían bautizado a Fehila como aliada.
–Mike… ¿estás bien? –Scarlet miraba al Frinx con preocupación, sin comprender la magnitud del conflicto que se llevaba a cabo en su cabeza.
–Lo estoy… –La respiración del rubio era algo agitada–. O al menos eso creo.
–Allí está Jaen. –Aneus señaló el lugar en el que Jaen sostenía una acalorada discusión con la Reina Ariana.
El Frinx comenzó a agudizar su sentido de audición con el fin de saber la razón de la misma
–¡Eres una maldita bruja! –Reprendía severamente el joven.
–¡Controla tus palabras, hijo de Anabelle! –Ariana también alzó la voz.
–Deja de llamarme así. –Jaen mostró un rostro de haber recibido el peor insulto de su vida–. Esa basura no es mi madre.
–No fue lo mismo que dijiste cuando viniste aquí por voluntad propia. –Se burló la arpía.
–Vine aquí porque pienso acabar con todo esto a mi manera –aclaró el humano asqueado–, no porque me interese trabajar con escorias como ustedes.
–Quieras o no, lo estás haciendo. –La sonrisa en los labios de Ariana hacía enfadar a Jaen.
Los puños del chico se cerraron y de estos brillos de escarcha comenzaron a aparecer
–No soy como tú, engendro de Lucifer. –Soltó entre dientes.
–¿Crees que me insultas? –bufó–. Es a ti a quien catalogaron de traidor, es en ti en quien nadie confía, es a ti a quien el Fénix de hielo abandonó. –Cada palabra era como una puñalada a Jaen… pero nada era falso. El tono de Ariana lo hacía parecer incluso más doloroso, como punzadas venenosas siendo asestadas en su costado una y otra vez–. Eres tú quien no tienes a donde ir, niño desdichado. Te guste o no has perdido y tus amiguitos morirán. No solo eso. Perderán su vida pensando que has sido tú quien los asesinó porque para ellos no eres más que una escoria, un traidor que ni siquiera merece vivir.
–No… –Musitó Jaen retirando la mirada con un vestigio de dolor en ella–. No son mis amigos porque no confiaron en mí.
–Exacto. Eres un mísero crío en quien no se puede confiar. –Ariana alzó la mano mirando al castaño cabizbajo con rostro de victoria. Acababa de destruir la poca dignidad que el chico tenía y aquello la hacía sentir gloriosa–. Fefíl, nos vamos. Esto fue más divertido de lo que pensé.
El Fénix recogió a su portadora y ambos se retiraron de la escena.
Jaen estaba destrozado. Ariana era una mujer que sabía cómo dar golpes con sus palabras lo suficientemente fuertes como para derrumbar cualquier motivación. Apretó con fuerza el fragmento del Zafiro Congelado antes de musitar un intento fallido de invocación a Fehila.
–Creí… –Dijo soltando una lágrima–. Creí que siempre contaría contigo, Fehila. No pensé que tú también me abandonarías como todos lo han hecho… –Sujetó su rostro con ambas manos sintiendo como estas se humedecían por las lágrimas. Su corazón dolía mucho. Estaba solo y las palabras de la reina Firex no se equivocaban al recordarle que todos aquellos en quienes confió le miraban como un traidor tan solo por ser hijo de una villana–. Pero en tan solo dos días esto acabará. Me aseguraré de dar un final a todo esto. –Y luego de limpiar sus ojos comenzó a correr rumbo al palacio.
–Jaen… –Mike lo observó alejarse sin decir nada, dándose cuenta de que siempre estuvo equivocado. Tragó saliva recordando todas las acusaciones realizadas al chico–. Creo que al final me equivoqué.
–¿A qué te refieres? –Inquirió Andrea.
–A que dudé de sus motivos… –Mike tragó saliva–. Nuevamente alejé de mí a alguien de corazón honesto.
–Te lo dije. –Soltó Scarlet sin pensar, sintiendo la satisfacción de pronunciar aquellas tres palabras–. ¿Ahora qué?
–Ahora vendrán con nosotros. –La voz habló de su espalda. Alcanzaron a ver los rubios cabellos de Mei acompañada de dos guardias de oscura armadura. Se dispusieron a defenderse pero la chica pronunció palabras desconocidas… y todo se hizo oscuro para ellos.
Se sumieron en un profundo sueño.
***
Jaen caminaba a zancadas tras haber entrado al palacio de la noche. Su rostro expresaba absoluta ira.
–¡ANABELLE! –Gritaba al abrir con fuerza la puerta al salón del trono. Miró a la mujer quien conversaba con Mei–. Lárgate de aquí, Mei. –Siseó entre dientes sin quitar los ojos de su madre.
–¿Qué te pasa? –La rubia abrió la boca para continuar pero fue interrumpida por otro grito.
–¡Largo! –La respiración del humano era agitada–. Soy tu superior y te lo ordeno
La rubia abrió los ojos y contuvo las palabras. No podía rebatir una orden de la persona a quien la propia Anabelle había dado el título de príncipe. Se dio la vuelta y salió de la sala del trono sin decir nada más.
–Has sido tu ¿no es así? –Soltó sin rodeos mirando nuevamente a Anabelle.
–¿De qué hablas, mi niño? –La mujer parecía divertirse al ver esa faceta de Jaen. Era todo un dictador, un buen reflejo de lo que ella demostraba.
Jaen no tardó en alzar su mano y lanzar una bofetada a su madre. Esta le miró incrédula
–No te hagas la estúpida, Anabelle. –Reclamó.
–¿Qué estás haciendo? –La sonrisa había desaparecido para convertirse en un gesto de asombro mientras sujetaba su rostro.
–Tú has sido quien convocó a Ariana para que Fefíl y Fehila pelearan… –Jaen entrecerró los ojos.
–Eso forma parte del destino. No intentes culparme por las casualidades que te trae el futuro, Jaen Kuze. –La mujer palpaba el lugar donde había recibido el golpe haciendo algunos gestos de dolor–. Te has vuelto mucho más fuerte, mi niño.
–¿Tu niño? –El chico no tardó en asestar un segundo golpe, a lo que Anabelle le miró indignada. Definitivamente no permitiría que realizara aquella misma acción una tercera vez–. No soy tu hijo y en el momento en que me llames así nuevamente, te mataré.
–¿Me matarás? –Anabelle se carcajeó–. ¡Ja! No me hagas reír. Adelante. ¡Mátame ahora! –sonrió–. Pero no puedes, porque en el momento en que lo hagas tus amigos morirán.
–¿A qué te refieres? –Jaen inquirió con cautela.
–Vinieron por ti, querido. –Se burló–. Pero antes de encontrarte fueron encontrados.
–¿Qué les has hecho? –El chico sonaba asombrado y el temor comenzó a salpicar sus palabras.
–Están bien –la mujer esbozó una sonrisa de triunfo–. Al menos por ahora.
–Déjalos ir. –Solicitó Jaen.
–Creí que ya no te importaban…