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La pareja ideal, bajo contrato

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¿Busca la novia ideal para presentarle a sus parientes o amigos? ¿quiere escaparse de un matrimonio arreglado? ¿ocultar su sexualidad? ¿darle celos a su ex? Este será su lugar favorito en el mundo. Solo tiene que elegir entre nuestras cientos de señoritas, firmar con nosotros y prepararse para cambiar su vida.

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Enfermedad
Estéfano —Es cáncer de estómago. Lamentablemente, ya no hay nada que se pueda hacer. —Tiene que haber algo que se pueda hacer. O invéntalo, pero no me diga que es todo. —Es todo— informa rotundo. Mis manos se hacen puños debajo del escritorio. Mi corazón duele y se rehúsa a resignarse. —y sí... ¿La llevo al extranjero? Escuché que hay un doctor en Francia que mostró avances revolucionarios en pacientes con cáncer— El médico niega y mi desesperación se hace más grande. —Sé que es difícil, Estéfano. Si la dejas en un hospital, quizás alarguen su vida por un tiempo más. Pero, no sería vida. Su condición ya es crítica. —¿Entonces, qué?— Me exaspero. Las lágrimas empujando mis pupilas para salir a borbotones —¿Debo sentarme y esperar a que la parca se la lleve? —Lamentablemente, en su estado, es lo mejor— levanto una mano para silenciarlo. El dolor me ahoga y no puedo quedarme quieto. Camino sin rumbo al rededor del escritorio, intentando comprender lo que está sucediendo. Hace una hora, Mercedes estaba de pie luciendo un vestido blanco que hasta las jovencitas envidiaban. Las mayores, halagando lo delgada y bella que se veía. Después, solo se desvaneció en su silla y ahora el idiota del médico dice y espera que acepte que le quedan pocos meses de vida. —Ya vivió más que cualquier persona promedio. Es su decisión quedarse en su casa y disfrutar lo que le queda— Clavo la mirada en el hombre y este se sobresalta al notar mi expresión de enojo. —¡Mi abuela se está muriendo! ¿Y a ti únicamente se te ocurre decir que quiere disfrutar? ¿Me estás jodiendo?— Exhalo tan fuerte que el aire lo golpea cuando llego a pararme frente a él. —¡No! Solo digo... que...— balbucea. Ya tengo una mano aferrada a los primeros botones de su camisa. Presiono y logro elevarlo varios centímetros del suelo. No es propio de mí golpear a la gente, mucho menos cuando la diferencia de tamaño es tan obvia. Pero este se lo está ganando. —Ella quiere vivir lo que le queda en paz. ¿Qué vida tendría encerrada en un hospital? Lo mejor es dejarla disfrutar, que coma y beba lo que desee, hazla feliz, sin disgustos ni restricciones. Lo suelto. Sé que tiene razón, pero mi lado egoísta se rehúsa a perderla a ella también. Mercedes es lo único que me queda. Ahora entiendo por qué en los últimos meses se la veía triste. Incluso hoy, en su cumpleaños número noventa. Parecía más interesada en que conociera a las hijas de los empresarios más acaudalados del país en lugar de que le hiciera compañía como es costumbre. Su voz dulce y compasiva escondía más que comprensión. Ella estaba ansiosa por verme casado, echando raíces y no había día en el que no me preguntara el por qué aún no encontraba a la indicada. La cuestión es que no quiero atarme a una mujer a esta altura de mi vida. Todavía me considero joven, demasiado potente para una sola pareja. Mujeres no me faltaban, el sexo es un deporte diario para mí, puedo alardear de tener una sonrisa fácil que baja bragas en cualquier lugar, pero la mayoría de las mujeres terminan más interesadas en conocer mi cuenta bancaria que la persona que hay dentro de mí cuando notan que no interesa algo estable. Por eso, me gané el título de amante de una noche y con el tiempo aprendí a separar la cama de mis sentimientos provocando que cada vez se me hiciera más difícil entablar una relación. Las mujeres vienen, pero soy bueno en encargarme de no regresen nada más que para sexo. Claro, que soy bastante generoso. Ellas obtienen un buen polvo, algunas (las más astutas) se llevan algún regalo costoso, pero ninguna llegó a interesarme lo suficiente como para dejarla entrar en mi vida. A mis treinta y dos años, con un futuro prometedor, dinero y buen porte, jamás he tenido una novia devota. Mujeres, si y de sobra. Pero ninguna que quisiera estar conmigo más de una semana sin intentar atarme la soga al cuello con artimañas impropias de una persona enamorada. No las culpo, nadie con un poco de amor propio podría enamorarse de un tipo como yo. No soy fiel, me gustan las mujeres y no puedo decirles que no. No me importa la edad que tengan o si están casadas, todas son potenciales a tener sexo conmigo. —¡Oh! Estéfano, estabas aquí— respiro profundo antes de encarar al dueño de la voz. El doctor me hace señas para librarse de mí y lo dejo huir porque golpear a Martin es una opción más atractiva en este momento. —Pasa, Martin. El doctor ya se iba. Los hombres se saludan, mientras que yo finjo elegir una botella de champán. Lo cierto es que prefiero morir a qué el recién llegado me vea vulnerable. Odio a Martin, por si no lo notaron. Es un ser nefasto, un matón que se jacta de intimidar a pequeños empresarios como si fuera el capo de la mafia. Yo conozco a la mafia desde adentro y les juro que Martin se orinaría en los calzones si llegara a verlos de cerca. Él es solo un prestamista que al principio puede parecer accesible, pero sube sus intereses tan rápido que la gente queda en la ruina mucho antes de saber por qué. ¿Por qué lo soporto? Bueno... No quiero parecer hipócrita, pero hace años, cuando íbamos a la universidad y nuestra relación no era mala, planeamos abrir un casino al estilo las Vegas en las costas del mar. Lo hicimos y aunque fue difícil, hoy en día se convirtió en el punto turístico más emblemático y visitado del país. La cuestión es que ya me cansó y planeo comprarle su parte. Pero el hijo de puta se niega porque sabe que gana mucho más sin tener que mover un pelo. —Hermosa fiesta, espero que Mercedes ya se sienta mejor— controlo mis emociones antes de encararlo, pero el asco que siento al oírlo tan burlón, me convierte en un violento. —Lo está— aseguro, aunque ni yo me lo creo. —a su edad, es normal que hasta un exceso de agua le caiga mal. Mientras él habla de Mercedes como si en verdad me causara gracia su humor n***o, yo vuelvo a sentarme detrás del escritorio. Sonrió al recordar unas horas antes, justamente en este lugar, su novia de turno me presumía el escote. Sus tetas firmes y suaves acariciando mi rostro, mi boca abriéndose paso para torturar sus pezones dulces mientras amasaba su trasero a mi antojo. Mi sonrisa se hace más grande. —De verdad, pareces enamorado— comenta reventando la burbuja en mi cabeza. "Si, enamorado de las tetas y v****a de tu novia" Pienso hundiéndome de hombros. Por Cristo, esa v****a tan depilada y estrecha debería considerarse perjudicial para la salud. Esa mujer tiene dotes del cielo y sabe muy bien como utilizarlo para calentar, hasta manipular a un tipo grande y calenturiento como yo. Levanto mi copa de champán en señal de brindis. "Por la mamada de infarto que me hizo tu chica" Vuelvo a pensar. Está vez, no puedo evitar sonreír de manera pedante y burlona. —De verdad, me asustas— comenta con cierto nerviosismo y es que quizás, el hecho de verme enamorado no le hace gracia. No me sorprende que su envidia llegue hasta esos aspectos de mi intimidad, y es que él siempre fue así. Si yo tenía un auto nuevo, él debía tener dos. Y si yo podía alardear de acostarme con la más sexi de la universidad, obviamente que él debía aparecer con miss universo como novia. Lo gracioso y ridículo de la historia, es que siempre supe que hacía uso de su dinero para conseguir mujeres, porque Martin podía tener mejores notas que yo, o sobresalir en miles de cosas, pero jamás, conseguir una mujer dispuesta con la misma habilidad que yo. Entonces, si cree que ahora estoy enamorado y feliz con alguien, su ego debe estar asustado y en shock. En parte, me encanta ver que su expresión se torna desesperada y me gustaría ver hasta donde es capaz de llegar para demostrar que puede hacerlo mejor que yo. —Sinceramente, planeo casarme. Pero bueno— finjo pensar cuidadosamente las palabras, aunque no hay nada que tape el regocijo que me provoca ponerlo en una nueva meta. (Enamorarse) —Ya viste lo sensible que está Mercedes, no quiero darle una emoción tan fuerte justo ahora que no está bien de salud. Sus ojos escanean la habitación, con una desesperación digna de un drogadicto en busca de sustancias. Por un momento, me permito relajar la mente a costillas de la desgracia de este hombre y si, me encanta verlo derrotado antes de tiempo. Entonces, cuando creí que se tragaría sus comentarios, él tenía que hacerme ver lo absurdo de mi situación. —¿No opinas que las mujeres son unas interesas? Estéfano, en verdad me asombras. Tú siempre fuiste el primero en cosificarlas, porque según decías, las mujeres son solo un adorno para el brazo y un agujero para la polla. Carcajeo. Martin me mira como si en verdad me hubiera vuelto loco. —En realidad...— suspiré conteniendo la risa en lo más profundo de mi estómago. —Esta mujer es diferente. ¿Puedes creer que es virgen? El sonido de su lengua chocando contra el paladar casi me aturdió. Algo gracioso de presenciar si tomamos en cuenta de que yo era un fraude. Primero, porque él tenía razón. Yo no puedo ver a una mujer como mi igual. Sí, soy caballero y me encanta hacerlas sentir como la cosa más especial del mundo, pero esa actitud dura lo que me dura la excitación. Una vez que logro correrme, sonrió, prometo llamarlas después y eso casi nunca sucede. Segundo, porque casarme significaría firmar y jurar fidelidad ante la ley. Eso sonaba aterrador. —Quizás, si logro convencerla, me case a escondidas. Jadeó. Sus cejas espesas se juntaron en medio en una expresión de incredulidad enorme. —Verte así...— alarga la última vocal. Sus manos inquietas delatan lo nervioso que le puso mi confesión. —¿qué?— levanto el mentón, listo para desafiarlo. —¿Verme enamorado, te hace querer formalizar con Ana? —En realidad, estaba pensando en la última vez que estuve con una virgen— Me sorprende su punto. Siendo sincero conmigo mismo, no puedo imaginar meterme con alguien así. Las mujeres son delicadas, una que jamás sintió una polla, mucho más. Estar con una virgen implica tiempo y paciencia que no tengo. Paso. —De todas formas, te felicito. Aunque no te imagino casado, mucho menos follando todas las noches con la misma mujer. Sonreí, solo para no mostrarle el horror que sus palabras provocaron en mí. *** Esa noche la había pasado en vela junto a la cama de Mercedes, mirándola y comprobando si respiraba como si fuera un maniático. Únicamente pude relajarme cuando despertó y vi sus pestañas moverse molesta por la luz que entraba por la ventana abierta. —¿Qué haces aquí?— golpeó mi brazo con la mano libre. La otra la tenía atrapada entre las mías. —Si me entero de que te perdiste la fiesta por estar al pendiente de esta vieja, te desheredo— Sentencia con una bronca que me hace reír. —Estuve con los invitados hasta que la gran mayoría se fue. Tranquila— consolé su corazón siguiendo firmemente las indicaciones del doctor. (No darle disgustos, hacerla feliz y consentirla) —Iré a despedir a los que queden para que podamos desayunar juntos. Me regaló una sonrisa triste, de esas que escondían pensamientos profundos. Quizás viéndome como el perdedor que no consigue una cita ni siquiera en sábado. Lo cierto es que no hay mujer, ni persona más importante para mí que ella. Vivo gracias a ella, sonrío y respiro por ella. Entonces, pasar tiempo a su lado no es una perdida de tiempo. Todo lo contrario. Cuando llego a la sala, me encuentro con Magui recogiendo copas y acomodando los muebles en sus lugares. Cuando esta se percata de mi presencia, me señala la puerta de mi despacho con un fastidio digno de una ama de llaves cansada de lidiar con invitados que no terminan de irse. —Me haré cargo— prometo. Y bueno, esperaba encontrar algún borracho tirado en mi sillón, pero esta vez, el hombre pasado de copas, no está dormido. —¡Solo dame una cifra!— gritó y sonreí anticipando lo que estaba sucediendo. Era Martin discutiendo con su nueva novia. Seguramente, ofreciéndole dinero para casarse, o al menos para que fingiera estar enamorada. —No, Martin. ¿Estás loco? El contrato decía un mes, no puedes cambiar las cosas ahora, mucho menos exigir casamiento. —¡Solo ponte un precio, maldita sea!— El golpe que le dio, aunque no lo vi por estar husmeando detrás de la puerta, fue tan fuerte que la tumbó. Pude oír como algo pesado caía contra la madera del escritorio. —¡Estás loco! ¡No me casaría contigo ni por todo el dinero del mundo! Otro golpe. Ana chilló adolorida y tuve entrar. Por más que me hubiera gustado escuchar más sobre su extraña relación para mofarme después, no iba a permitir que la siguiera golpeando. Cuando Martin me vio, escondió la mirada y salió corriendo como alma que lleva al diablo. Sostuve a la mujer entre mis brazos por largos minutos. Cuando pudo tranquilizarse limpió sus mejillas y me miró como si fuera su héroe. —No puedo casarme con él, no después de conocerte. okey... y aquí empieza la manipulación femenina a la cual jamás me podré acostumbrar. —Ana, la pasamos bien. Eso es todo— aclaré, odiándome por no haber sido sincero desde el primer momento. —No eres la primer novia de Martin que me provoca. Incluso creo que él lo pone como condición para salir con él. —En realidad, en el contrato está prohibido siquiera mirarte. Vaya, vaya, vaya. —¿contrato?— quiero saber. La mujer más astuta que yo, se para de puntitas de pies para llegar a mi boca. —Bésame si quieres saber— manipula. Mi polla está de acuerdo con sacarle información a base de gemidos. Sin esfuerzo, la senté sobre el escritorio y levanté su vestido corto para dejarlo enrollado sobre su cadera. Los besos no eran mi fuerte, pues me daba un poco de asco imaginar en donde había estado esa boca antes de mí, pero a mi polla no le interesaba compartir amante. Para eso siempre había protección. En esta ocasión no había llegado siquiera a buscar un condón porque la mujer se tensó y su expresión se volvió miedosa mirando la puerta. Esperaba encontrarme con un Martin furioso. En su lugar me encontré con una Mercedes y me odié al ver la mirada llena de disolución con la me juzgaba.

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